A un año de Junio

Junio nunca se fue
Lunes 12 de Junio de 2023

En términos estratégicos, tanto Octubre 2019 como Junio 2022 se constituyen como mitos fundadores de una izquierda anticapitalista renovada y clasista, con una comprensión fundamental de la necesidad de la articulación de las luchas del campo y la ciudad.

Junio y Octubre sentaron las bases de lo que el pueblo y la clase trabajadora estaba en falta: un mito fundador, una esperanza de transformación, una forma colectiva de encarar la vida. Durante el proceso progresista, por más de una década el poder sostuvo que toda acción colectiva debía ejecutarse por medio del Estado como institución reguladora, década en la que la organización popular no solo sufrió desprestigio, sino penalización social y política. La restauración neoliberal iniciada en el 2014 se enmarca claramente dentro del reacercamiento a los organismos crediticios multilaterales, la firma de tratados de libre comercio y una arremetida del Estado en contra de la organización popular. El 2019 llegó con una intensificación de la agresividad del sistema capitalista: un paquetazo desembocó en una revuelta popular que no solo logró revertir la implementación del decreto 883, sino que se convirtió en una semilla movilizadora en gran espectro del campo popular.

Junio en cambio llegó en un momento histórico distinto. La pandemia por la Covid-19 había sentado los cimientos de una reestructuración neoliberal profunda, y una regresión conservadora. A nivel occidental un conservadurismo social y político se irguió como tendencia: Vox fue ganando espacio en España, Le Pen estuvo a punto de lograr la presidencia, Meloni, orgullosa heredera de las camisas negras, conquistó el poder en Italia, Milei se convierte en un cuadro cada vez más fuerte de la ultraderecha argentina, en el Perú la dictadura se sostiene desde la embajada yanqui y en Ecuador específicamente se materializó en el triunfo electoral de la banca. En otras palabras, el poder que es, es el poder que se ve. No existen “mediaciones” bienestaristas -que inevitablemente devienen en fascistización, como consta en la gráfica- y por lo tanto se intensifica la presión sobre el pueblo y la clase trabajadora, en pos de acrecentar los márgenes de acumulación de la burguesía local y transnacional.

Junio se convirtió en la respuesta organizada en contra de la arremetida de la burguesía. Un episodio en el que el tiempo lineal de la pre-historia de las élites es abruptamente puesto en pausa, para dar paso a la construcción de la historia de los pueblos libres. Los hitos o mitos que se fundan al calor de las revueltas populares, de los momentos de insurgencia momentánea, de rebeliones acaloradas, representan la puesta en escena de sentidos colectivos que las lógicas del capitalismo patriarcal colonial especista, nos roba a la clase trabajadora. Sentidos de supervivencia que están naturalizados como individuales, pero que solo se pueden resolver efectivamente desde la colectividad, desde el común y comunitario. Es decir, tanto en Octubre como en Junio, el tiempo -la era- del capitalismo se fracturó por la fuerza de la revuelta, y se constituyeron en momentos de estructuración de una organización popular con vocación normativa.

En este contexto y en la actualidad, una mayoría absoluta de la clase trabajadora -más del 70% tanto de la campesina como la urbana- se encuentran en la miseria absoluta, el desempleo, la precariedad, el empleo inadecuado y el empleo informal. La capacidad de acumulación de la clase trabajadora -en términos históricos como actuales- se encuentra reducida a su mínima expresión. El negocio y la ganancia bajo el sistema capitalista, le corresponde únicamente a la burguesía.

Los más de 200 acuerdos a base de las mesas de negociación -traicionadas por la clase dominante- representan únicamente un recurso simbólico de convenir a los explotadores a sentarse a negociar. Ninguno de los más de 200 puntos acordados, se cumplió a un año del Paro de Junio. La sinvergüencería y codicia de la burguesía, nada tiene que ver con los supuestos acuerdos, que solo fueron irrespetados y violentados, vejados y pisoteados por la clase dominante. Estos constituyen los límites nefastos a los que la clase dominante convoca, para efectuar la traición más frontal y franca, característica de su carácter de clase.

Mientras supuestamente se materializaban los acuerdos entre el pueblo y la burguesía enquistada en el poder, tras la insurrección de Junio 2022, la segunda pasó a violentar su propia palabra y firma, afirmando efectivamente que el dictado del capital se encuentra por encima de la vida de cualquier persona -individual como colectivo-. La aprobación del gatillo fácil -disfrazado de “Ley de Uso Legítimo de la Fuerza Pública- se maquilló como instrumento de supuesto combate al crimen organizado, cuando la única clase que se beneficia de aquella masacre al pueblo, son los grandes grupos exportadores e inmobiliarios, beneficiarios directos de la exportación de dineros ilícitos y del blanqueamiento de capitales. No nos confundamos: los únicos que ganan con el narcotráfico, son banqueros, constructores y exportadores -de cocaína, se entiende-.

El Narcoestado se extiende a absolutamente todos los ámbitos de la vida social, encaminado a dominar al pueblo de forma estratégica, en lo económico y financiero, como en términos de seguridad y territorialidad. El crimen organizado, del que se beneficia la clase dominante, incluidos sectores inmobiliarios, agroindustriales y financieros, imponen la guerra frontal en contra del pueblo, encaminada a su exterminio directo y a la imposición del libre mercado por sobre la vida.

A un año del gran Paro de Junio de 2022, la burguesía se fascistiza sin precedentes, además de una violencia más directa y frontal del Estado en contra del pueblo trabajador. Ecuador cerró el 2022 con un récord de alrededor de 5.000 homicidios y 200.000 personas exportadas como mano de obra barata al máximo en el Norte global. El Ecuador, hoy por hoy, exporta dos bienes de capital: cocaína y “capital humano”, mercancía viva para su explotación directa.

Como le corresponde al poder, pero con especial énfasis en los momentos posteriores a Octubre y Junio, la respuesta del Estado fue reforzar su capacidad represiva, mutando a un Estado policial como expresión del orden en el momento neoliberal. Muy al contrario del relato que se ha intentado posicionar desde el progresismo -siempre contrarrevolucionario y mediocre- el gobierno del banquero presidente no fracasó. Todo lo contrario: ha logrado justificar desde la realidad material más básica, una reorganización total de la estructura del aparato de poder: instituir un Narcoestado. Esto ha significado una precarización permanente y multidimensional de las condiciones de vida para la clase trabajadora, que inevitablemente resulta una fortuna para la burguesía: por un lado se engrosan las filas del ejército industrial de reserva, y por otro lado se argumenta como necesaria la militarización del mundo de la vida, como la intervención de instituciones desde el seno del imperio yanqui, como el FBI, la DEA y la NSI. Además de colocar sobre la mesa un marco de gobierno bien delimitado hacia la criminalización y persecución a la pobreza y la organización popular, sea quien fuese el binomio ganador de las próximas elecciones extraordinarias.

Es este precisamente un momento de transformación histórica, como el comunista y teórico marxista Antonio Gramsci describe: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. La grieta irreparable que Octubre inició y que Junio reafirmó en la psique colectiva, se convertirá inevitablemente en un movimiento telúrico con la potencialidad de, finalmente, superar al capitalismo como modo de producción y ordenamiento de la vida, pero que puede ser, solo y solo sí el campo popular se decide a construir una voluntad colectiva de transformación. Una voluntad que supere los temores individuales en pos de un bienestar colectivo que no solo es posible, sino urgente y necesario. Invocar a la organización popular clasista y combativa desde Octubre/Junio ha dejado de ser un recurso discursivo para convertirse en una tarea urgente con intención histórica: construir la sociedad de lxs trabajadorxs, el mundo mejor posible. 

En términos históricos, la clase trabajadora del Ecuador se enfrenta a una diatriba del capital: o sacrificar tanta mano de obra como sea humanamente “necesaria” para que el libre mercado triunfe, figurando como primer país exportador de cocaína a nivel mundial, permitiendo que la esclavitud moderna se expanda a las zonas francas y los demás mecanismos de explotación absoluta del factor humano dentro del capital, o constituir el Poder Popular Plurinacional en contra del capital, formando una clase para sí, capaz de sobrepasar y desechar de una vez por todas, las lógicas caducas de explotación, que se imponen desde los imperialismos yanqui y chino.

A un año del Paro de Junio, parecen vislumbrarse dos lecciones en términos políticos para la clase trabajadora: el claroscurso se presenta como lo que es: o nos desecha el capital, o desechamos al capitalismo, de una vez por todas. Ambos sistemas de vida y anti-vida, jamás podrán coexistir.  En términos generales, ni la democracia burguesa ni la palabra de la clase parasitaria en el poder, podrían ser confiables. Vencer o perecer, en eso consiste es la tarea histórica.

Solo de nosotrxs y nuestra capacidad de construir una organización popular con vocación normativa, depende la historia nuestra y de lxs que vendrán, de nuestrxs hijxs y hermanxs. Como clase, debemos entender que somos infinitxs y que en esto radica nuestra fuerza. Porque fueron somos, porque somos, serán.

 

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