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Perú: el peligroso retorno del fujimorismo

Nazimori
Lunes 15 de Junio de 2026

El papel del Imperialismo, el neofascismo y el movimiento popular en el Perú

Los resultados de la segunda vuelta electoral en el Perú aún no se oficializan hasta el cierre de este artículo, tras este proceso que ha estado marcado por una fuerte polarización y un alineamiento de las clases dominantes con la candidatura fujimorista. Todo hace pensar que se consumará la victoria de la candidata de la ultraderecha, Keiko Fujimori de Fuerza Popular, sobre el candidato progresista Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. A continuación, plantearé algunos elementos del escenario internacional y nacional que hay que tener en cuenta para comprender lo que está pasando en el país.

La coyuntura internacional: el imperio en crisis y la ofensiva neofascista mundial

Lo que viene pasando en el Perú no se puede entender, sin analizar lo que está pasando en el mundo. El imperialismo estadounidense atraviesa una crisis orgánica de hegemonía. La declinación relativa de su poder unipolar, frente al ascenso de potencias como China y Rusia -el bloque de los BRICS-, no ha significado un repliegue pacífico, sino una ofensiva desesperada por mantener su control geopolítico y acceso a fuentes de energía y recursos. Esta fase se caracteriza por la militarización de la política exterior, guerras comerciales, y, sobre todo, el apoyo sistemático a movimientos neofascistas, como últimos garantes del orden capitalista actual.

El neofascismo mundial -representado por figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Daniel Noboa, Giorgia Meloni, José Antonio Kast, Javier Milei, entre otras- no es una anomalía, sino la “solución de emergencia” del gran capital cuando el consenso democrático-liberal ya no puede disciplinar a la sociedad. Estas expresiones comparten: represión abierta al movimiento popular, alianza con sectores militarizados del Estado, neoliberalismo extremo -ajuste fiscal, privatizaciones, desregulación-, y una política exterior alineada con los intereses de Washington, contra cualquier intento de integración soberana latinoamericana.

La creciente injerencia estadounidense en diversos procesos políticos y electorales en los países latinoamericanos es una muestra de la estrategia de retomar el control en la región. El clímax de este injerencismo fue el burdo secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, mediante una ilegal operación militar en suelo venezolano, pero también se ha expresado en las presiones e injerencia en las elecciones de varios países, como ha sido el caso de Honduras, o los anuncios de medidas contra Brasil frente a las elecciones que se vienen, donde Lula sigue siendo el favorito, por mencionar solo 2 casos. El gobierno de Trump está apoyando abiertamente a los candidatos de la ultraderecha para que puedan vencer a los candidatos de la izquierda o el progresismo.

En este marco, Estados Unidos ve en el Perú un espacio estratégico por sus recursos minerales -cobre, litio, oro- y su posición en el Pacífico sur, como una pieza clave para contener la influencia de China y asegurar el dominio sobre lo que llaman su “patio trasero”. La inestabilidad peruana y una fragmentación política crónica, resultan el escenario perfecto para implantar un proyecto neofascista subordinado a los intereses imperialistas.

Keiko Fujimori: el neofascismo nacional

Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular en la segunda vuelta del 2026, no es una política advenediza, pues se trata de la cuarta vez en que postula. Su proyecto encarna un liderazgo autoritario que se presenta con el discurso del “orden frente al caos”, pero que en realidad está subordinado al gran capital transnacional y los sectores más reaccionarios de la burguesía nacional. Su padre, Alberto Fujimori fue el exdictador que impuso del neoliberalismo tras el autogolpe de Estado de 1992, además de las esterilizaciones forzadas, privatizaciones salvajes, y una Constitución de 1993, hecha a la medida del gran capital.

Keiko representa la continuidad de ese legado. Su precaria victoria en esta segunda vuelta implicaría un mayor debilitamiento de la institucionalidad democrática del país, pues el fujimorismo y sus aliados de ultraderecha han ido copando buena parte de las principales instituciones del Estado. La profundización del extractivismo minero-energético con concesiones a empresas transnacionales, en detrimento de los ecosistemas y las comunidades; un retroceso en materia de derechos humanos y la represión sistemática de las protestas y la criminalización a líderes sociales. La entrega de la soberanía nacional con una mayor presencia militar estadounidenses y el alineamiento total con Washington en su disputa por retomar su influencia en la región, y finalmente, un mayor control de los medios de comunicación mediante las presiones y el acoso legal a periodistas críticos.

Por su parte, el candidato Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, pudo pasar a segunda vuelta en buena medida, porque supo representar la voz de los sectores sociales que quisieron reivindicar al defenestrado expresidente Pedro Castillo, que sigue cumpliendo prisión. Sánchez logró aglutinar una amplia gama de sectores democráticos, de centro y de la izquierda en torno a su candidatura para la segunda vuelta, pero incluso así parece haber sido insuficiente para alcanzar una mayoría holgada. Por su parte, la izquierda tradicional, que viene ya desde hace varios años en un proceso de dispersión y debilitamiento, ha quedado muy rezagada en la primera vuelta y le toca repensarse y reorganizarse de cara a los procesos de resistencia que se vienen.

La necesidad de un gran frente popular 

Frente a este escenario, no se puede caer en la pasividad. El mapa de la votación es claro: la mayoría de las regiones del país, sobre todo las andinas, y las regiones del centro y sur, votaron por Sánchez. Mientras las regiones costeras, y la mayoría de la ciudad de Lima votó por la candidata Fujimori. Esto revela que la división del país tiene fuertes componentes culturales y tiene que ver con la postergación histórica de algunas zonas del país.

El movimiento antifujimorista, que en años anteriores pudo convocar a una gran amplitud de ciudadanos, esta vez ha sido insuficiente. Por ello, la tarea urgente es reconstruir un gran frente popular que sea antifujimorista, antifascista y democrático, pensado como una articulación de base que integre a ciudadanos en general. Así como a organizaciones sociales como los sindicatos, rondas campesinas y comunidades indígenas, movimientos feministas y de diversidades, colectivos de jóvenes y estudiantes, así como a los partidos y movimientos de izquierda, progresistas y todos los sectores democráticos posibles de aglutinar.

La batalla contra el fujimorismo y la ultraderecha peruana está enmarcada en el escenario internacional que señalado al inicio. Debemos comprender que esta lucha no pasa solo por lo electoral, si no radica en la disputa cotidiana de sentidos comunes, por ganar espacios de influencia, a una guerra de posiciones y una batalla contrahegemónica, desde una perspectiva gramsciana. La izquierda y el movimiento popular deben comprender la magnitud de esta batalla, en la que está quedando rezagada en relación con los sectores neofascistas. 

En el país está en juego el poder recuperar la institucionalidad democrática, hoy capturada por el pacto mafioso que lidera el fujimorismo, pero hay que ir al fondo de las reglas de juego que el pacto ha ido modificando a su favor. Por eso uno de los temas que se deben de trabajar a mediano plazo es la convocatoria a una Asamblea Constituyente que pueda superar la Constitución neoliberal de 1993.

La eventual victoria de Keiko Fujimori no sería el fin de la historia, sino el comienzo de una nueva fase de la lucha política y social por transformar el Perú. El pueblo peruano tiene la misión de demostrar que el fujimorismo y neofascismo imperialista pueden ser derrotados, pero solo si nos organizamos conscientemente y desde abajo.

 

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