El Poder Dual en Bolivia y los nuevos horizontes para la región

ACAB
Martes 26 de Mayo de 2026

Hay conceptos que reaparecen cada vez que una sociedad entra en crisis. El poder dual, una categoría desarrollada por el sociólogo boliviano René Zavaleta Mercado para explicar las fracturas profundas del Estado en América Latina, vuelve hoy a cobrar vigencia. No como una referencia académica del pasado, sino como una herramienta para entender la nueva realidad sociopolítica en América Latina.

Zavaleta entendía el poder dual no como una simple disputa entre dos bandos, sino como el momento en que el Estado formal deja de ser el único repositorio de autoridad legítima. Cuando otro poder —una clase, un movimiento, una estructura paralela— ocupa también el espacio de la soberanía, el sistema entra en una crisis constituyente que o se resuelve con la victoria de uno de los polos, o produce una catástrofe institucional. Bolivia exhibe hoy esa tensión.

Bolivia: el poder dual como herida abierta

En Bolivia, la categoría zavaletiana tiene una genealogía propia. El propio Zavaleta la aplicó para leer la Revolución de 1952 y, décadas después, este concepto volvió a surgir durante la crisis de 2003 y 2005 que precipitaron la llegada de Evo Morales al poder. El MAS fue, en su origen, la expresión institucionalizada de ese polo social plebeyo que había desafiado al Estado oligárquico.

Lo que observamos entre 2019 y 2025 es la inversión trágica de ese proceso: el MAS se fracturó, y el poder dual ya no enfrentaba al Estado con la sociedad organizada, sino que dividió al propio campo popular entre dos facciones —evistas y arcistas— que compitieron por la misma base sin que ninguna logre hegemonía.

Esta forma de poder dual es especialmente peligrosa porque no produce síntesis. No hay un movimiento ascendente que amenace al orden con un proyecto alternativo: hay una parálisis donde ambos polos se debilitan mutuamente mientras la crisis económica —caída de reservas, escasez de combustible, devaluación informal— avanza sin conductor.

La máxima expresión de esta parálisis sufrida en Bolivia fue la victoria electoral de Rodrigo Paz. Aunque contaba con una extensa trayectoria política, Paz logró proyectarse como una figura ajena al ciclo político dominante y capitalizar el descontento social acumulado tras 20 años de gobiernos del MAS. Su gobierno, similar a lo que sucede en la Argentina de Javier Milei o en el Ecuador de Daniel Noboa, escogió la política del servilismo a los mandatos de Washington bajo el ya conocido lema de la cooperación. Su error fue pensar que la historia movimientista de Bolivia, herencia de la Revolución de 1952 y de la Asamblea Popular de 1971,sería neutral ante sus políticas de restauración conservadora. Lo cierto es que, tan solo unos meses luego de su investidura, el pueblo boliviano como sujeto político homogéneo dentro de la diversidad propia de su sociedad se ha levantado frente a una política de desestatización, reconcentración de la tierra en manos de los agroindustriales y pérdida de soberanía nacional. Hoy, una vez más, el pueblo boliviano es ejemplo de dignidad.

Gobernar con el pueblo o no gobernar

Lo que podría parecer una frase trillada y vacía de un discurso socialdemócrata es hoy en Bolivia un principio político elemental. Bolivia no reclama hoy la derogación de un decreto ejecutivo o el aumento de sueldos simplemente, las calles confirman que el Estado como centro de poder de las élites económicas, políticas y sociales del país ya no es una opción. En diciembre de 2005 la realidad sociopolítica se transformó definitivamente en Bolivia, cuando los sectores subalternos invistieron al primer presidente indígena de la nación luego de una larga tradición movimientista capaz de recuperar las luchas del pasado.

Autores como Silvia Rivera Cusicanqui o Mario Rufer han señalado la persistencia de una memoria de larga duración asociada a la continuidad del orden colonial y a las genealogías de resistencia indígena, en tensión con memorias más inmediatas vinculadas a la acción sindical, campesina y urbana contemporánea. La articulación entre ambas temporalidades constituye un recurso fundamental para comprender la construcción de identidades políticas y la legitimación de proyectos de transformación en Bolivia.

En ese punto es donde la noción de poder dual elaborada por René Zavaleta Mercado vuelve a adquirir actualidad. No se trata únicamente de una disputa electoral o de una crisis de gobernabilidad, sino de la coexistencia conflictiva entre un Estado que conserva estructuras históricas de exclusión y unas mayorías populares e indígenas que ya no aceptan volver al lugar subordinado que ocuparon durante décadas. La crisis boliviana expresa, una vez más, que ningún proyecto político puede sostenerse únicamente desde las instituciones si pierde su vínculo con las fuerzas sociales que hicieron posible la transformación abierta en 2005. Gobernar en Bolivia implica, todavía hoy, resolver esa tensión constitutiva entre Estado y pueblo; ignorarla equivale a reabrir una fractura histórica que el país nunca terminó de cerrar.

Lo que ocurre hoy en Bolivia también anticipa un debate que empieza a recorrer a otros países de la región. En sociedades atravesadas por la desigualdad, el agotamiento de las élites tradicionales y la crisis de representación, la emergencia de nuevas formas de conciencia popular y organización subalterna deja de ser una excepción boliviana para convertirse en una posibilidad latinoamericana. Allí donde amplios sectores sociales comienzan a disputar no sólo gobiernos, sino también legitimidad, memoria y poder real, las categorías de René Zavaleta Mercado vuelven a ofrecer una clave incómoda pero vigente para pensar el futuro político de América Latina.