El sentido de ser brasileño a través del fútbol y la selección

Garrincha

Puede parecer un tema repetitivo o redundante, casi a veces una desesperada tentativa por “salvar la significación” del mundo del balón para el pensamiento crítico o, por qué no, un intento desesperado, a medias, de salir del lugar común. Pero, en épocas del Mundial de la FIFA (sí, la competición es organizada por la URGH, FIFA) percibo que existe algo más allá de una transmisión monopolizada – en la TV abierta – o en el duopolio de las transmisiones radiofónicas o en los canales por suscripción.

El entorno del Mundial implica un gigantesco movimiento económico, cuotas astronómicas de patrocinio y el intento de adhesión acrítica a la emisora líder sin competidores en red abierta. Luego, podemos afirmar que los descaminos del capitalismo ayudan a perder el impacto del juego. Por ejemplo, en el mundial de México de 1986, la cadena Globo en Brasil disputaba audiencias con la cadena Bandeirantes, con el consorcio SBT-Record y la extinta TV Machete. Aún vivíamos el período de la canción “papo da esquina” sin caer en la mismísima asepsia social – estudios “clean” – con un paquete de Mauricinhos (estéticamente hablando, personas de la alta sociedad que se preocupan por la apariencia), conversando con “seriedad” y en cadena abierta, el proceso tétrico de leiferização de las transmisiones deportivas, en donde la magia y la poesía del más abrasilerado de todos los deportes se encuentra rehén de la disputa en la base del “vale todo por la audiencia”.

Es decir, la falta de competencia aumenta el abuso de fórmulas consagradas, en donde reducir la aleatoriedad del cambio de telespectadores termina siendo lo más importante. Y, al mismo tiempo, conducir el debate en las segundas pantallas – las “las redes sociales” del embate contra quien trabaja en los medios “deportivos” – es la garantía de navegación multiplataforma, manteniendo la audiencia en el sentido de seguimiento y subordinación.

Por otro lado, es un hecho, la crónica deportiva es tan constitutiva de juego y de entorno como las instituciones clubistas, la dirigencia y la matriz africana de la forma de moverse del fútbol brasileño. Por otro lado, la misma asepsia de los estudios de TV se verifica en la “falta de amor a la camiseta”, donde una carrera rápida y muy arriesgada puede implicar la salvación financiera de una familia, o la condena a la sobrevivencia perenne, considerando que el país dejó atrás el periodo de bonanza del boom de las materias primas y del pacto interno de clases.

Es importante anotar que varios aspectos de la crónica deportiva brasileña eran puntos de contacto con el lenguaje popular, en la simbiosis de las óperas del pueblo en estadios abarrotados a través de un ingreso barato. Todos sabemos – y criticamos – la euforia de la dictadura con el fútbol y la creación de gigantescos estadios después de la conquista del tricampeonato en 1970. Pero hay que reconocer que los templos futbolísticos como “Coliseos” modernos contenían todas las clases y por algunas horas, incluso con todos los conflictos inherentes a una sociedad esclavócrata y poscolonial, el “pueblo” ganaba forma, con las élites rindiéndose a las masas, en todos los aspectos. Al salir del “espectáculo”, la salida de los partidos ya demarcaba pertenencias, haciendo de la ida al juego una aventura y del retorno –en especial de las partidas nocturnas – una lotería.

Con la elitización del acceso a los estadios y la receta vinculada a los derechos de transmisión, más que la renta de la venta de los ingresos, el público pasa a ser parte de lo que se vende. Pasteurizaron demasiado, no al punto de matar la pasión o la espontaneidad,  pero sí en la exageración de las formas de control privatizado. Para quien juzga puede ser exagerado, reconozco que nadie deber sentir falta del riesgo permanente de “tomar un baño de orina” con vasos de cerveza llenos con el líquido caliente.

No sirve solamente reclamar, pero si es preciso una constatación realista para apuntar salidas, o incluso las críticas necesarias. En fin, la manipulación política grosera, como la hecha por la dictadura en 1970, o el ufanarse in extremis, es irresponsable y antiatlético, como la “invasión de la concentración” de Brasil en 1950, son fenómenos execrables. Bajezas así, creo que no deberá repetir más, al menos no de una forma tan clara. La mayor crítica resulta incluso en la forma mercantil del acceso a los estadios y en la insistente sobrevida de la dirigencia bajo mucha sospecha por la grande red de corrupción FIFA-CBF. Estando la Confederación Brasileña en desgracia, la Federación Internacional sigue capitalizando al máximo,  pero sin tanta participación de los herederos políticos tanto de João Havelange como de José María Marín y del impagable Nabi Abi Chedid.

Además de la economía política del deporte más entrañado en la cultura del pueblo brasileño, es necesario reconocer el sentido de ser brasileño, gestado por medio siglo o más, consagrado en 1958, pasando el trauma de 1950. Falta mucho para reivindicarse. Destaco la estética brasileña y la identidad colectiva basada en el gesto de las masas, en el lenguaje corporal afro-brasileño con o sin balón en los pies y la crónica futbolística como la forma de industria cultural tangible de la mayoría. Diariamente todo eso es maculado por fuerzas muy poderosas y empeora cada vez más. La camiseta de la selección brasileña, fruto de la elección popular tras el Maracanazo, fue blasfemada por la nueva-vieja derecha en el trance político reaccionario iniciado en el tercer turno de 2014, culminando en el golpe coxinha de 2016. La blasfemia de la coxinha y el síndrome del viralatismo (acomplejamiento) merecen un texto exclusivo el cual saldrá pronto. Reconozco que es difícil hablar solo del balón y es más complicado aún, ver poesía más allá de la nostalgia. Pero es preciso resistir, y la alegría del pueblo en el patrimonio inmaterial de la mayoría de Palmares y Pindorama (tierra libre de todos los males) es innegociable.

Traducción: Gustavo Sandoval

 

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