Una mirada interseccional al sujeto revolucionario

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¿Es posible ser de izquierda y no ser feminista? Fue la pregunta incendiaria con la que las conductoras de un programa radial al que asistí hace unos meses, pretendieron confrontar fracciones del movimiento de mujeres ecuatoriano, representadas por sus voceras, en ocasión de las jornadas del 8 de marzo.  Lamentablemente las condiciones de dicho programa no permitieron profundizar la temática abierta, dejando un torrente de argumentaciones a desarrollar.

Concluida la emisión, compañeras y compañeros manifestaron sus posturas al respecto, tanto para corroborar la necesidad imprescindible de la perspectiva política de género para la izquierda, como para señalar que en las condiciones actuales el feminismo de corte liberal (burgués) se había funcionalizado al capitalismo, erradicando su potencialidad revolucionaria.

El hilo que apenas alcancé a desenredar en ese momento, y cuyo cauce continuo aquí, tenía y persiste en su objetivo de señalar la necesaria introducción de un enfoque interseccional en toda postura que se pretenda transformadora, pues su omisión no hace más que entorpecer el análisis y las posibles estrategias políticas. En este sentido, la formulación misma de la pregunta se revelaba tramposa y limitada, si bien fue útil para mostrar que fuera de un muy estrecho margen de sujetos convencidos, esta disyuntiva enuncia un debate anulado, por haberse asumido resuelto o irrelevante.

La crítica al tinte liberal que ha cubierto a cierta facción del feminismo, nos devuelve a la eterna disyuntiva entre la posibilidad de acceder al Estado y demás aparatos ideológicos para mejorar las condiciones de vida del pueblo, o la renuncia a la lucha desde la institucionalidad, como alternativa radical que prevenga cualquier “desviación” de los ideales que la orientan.

¿Cómo evitamos la pérdida de la cualidad radical del feminismo? ¿Se puede hablar de liberación femenina sin atacar a las condiciones materiales-ideológicas que sostienen la reproducción del capital? ¿Aún es posible hablar del sujeto revolucionario únicamente como una masa desposeida? Son el tipo de preguntas que emergen en ese debate y para cuya respuesta el planteamiento de la interseccionalidad es fundamental. Esta categoría analítica acuñada en 1989 por la activista y académica Kimberlé Williams Crenshaw, es útil para mostrar las conexiones y superposiciones entre distintos sistemas de dominación; exponiendo la ocupación simultánea, en un mismo grupo social, de posiciones de privilegio y de desventaja. En consecuencia, volviendo necesario complejizar lo que hemos identificado como sujeto revolucionario.

Algunas reflexiones vitales sobre lo que aquello supone, se han manifestado desde el feminismo, la perspectiva decolonial y sus múltiples enlaces. La intención es superar la pregunta de cuál es el eslabón que sostiene al castillo de naipes ¿capitalismo o patriarcado? (¿el huevo o la gallina?) Preguntándose más bien por las formas históricas en las que los distintos sistemas de dominación se combinan y sostienen entre sí.

En la actualidad, donde el capitalismo parece estar logrando lo que ya consiguió el patriarcado, permearse a todas las dimensiones del mundo de la vida, para la izquierda resulta más estratégico apelar a la multidimensionalidad de las opresiones, renunciando al monopolio de la interpretación desde el marxismo dogmático, para poder construir una alternativa emancipatoria en la era de la postpolitica, entendida desde la pérdida de los grandes relatos. 

Por su parte, las acusaciones a la liberalización del feminismo dejan de reconocer la notable victoria de esta apuesta política en la transformación de la vida cotidiana (una capacidad envidiable de construir sentido común, muy ligada a su tinte liberal) y sus consecuencias en la sostenibilidad del movimiento; pero son útiles al enviar una señal de alarma sobre las limitaciones de la apuesta por la equidad de género dentro de los marcos del sistema capitalista. De ello se desprende la necesidad de profundizar las conexiones del feminismo con la izquierda, porque en clave interseccional, el objetivo de establecer formas de hacer la vida más equitativas, no puede sostenerse en el privilegio sobre las otras, en mecanismos como la externalización de las tareas de cuidado hacia mujeres de sectores populares, en vez de equilibrarlas entre hombres y mujeres  o mejor aún socializarlas, lo cual implica un esfuerzo de radicalidad cercano a las lecturas del marxismo.

En esta lógica, el accionar revolucionario no puede pretender desmontar una opresión contribuyendo a sostener otra, porque la neutralidad no existe en ningún frente. En la batalla por la hegemonía, ni a la izquierda ni al feminismo le queda sobrando el otro. Ambos desplegaran su verdadera potencialidad en cuanto puedan volverse conjuntamente herramientas útiles a la organización de los sectores populares.

 

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Samanta Andrade Moreno

Socióloga, activista feminista comprometida con la erradicación de todas las formas de discriminación. Su accionar se ha sostenido en el movimiento de mujeres, desde la militancia política y el teatro como herramienta emancipatoria.  Miembro de la Plataforma feminista VivasNosQueremos desde 2016.