Comunistas del Ecuador… uníos
178 años atrás, dos jóvenes revolucionarios, Karl Marx y Friedrich Engels, capaz sin dimensionar lo que provocarían, veían salir a la luz un pequeño documento: “El Manifiesto del Partido Comunista”; documento encargado por una de las primeras organizaciones de trabajadores -la Liga de los Comunistas para mostrar al mundo las ideas en las que se sostenía un proyecto político de emancipación total de los trabajadores mediante una revolución capaz de acabar con la sociedad burguesa.
No fue un texto académico y su redacción no fue un ejercicio literario sino una toma de posición firme y clara. Fue la declaración abierta de que la clase trabajadora debía reconocerse como sujeto histórico y organizarse para transformar la sociedad. Y ciento setenta y ocho años después, el manifiesto sigue siendo una herramienta vigente, llena de potencial político para argumentar la necesidad de dar el salto dialéctico en esta sociedad de clases.
Eric Hobsbawm realiza una retrospectiva crítica respeto a la historia del Manifiesto Comunista, donde da cuenta de cómo su devenir es también una evidencia de los aciertos, errores y desafíos del movimiento comunista en el mundo entero. Su análisis, que comparte mucho de lo que los propios autores del Manifiesto señalan en sus diferentes prefacios respecto a la rápida “obsolescencia” en la que muchos pasajes del texto cayeron para los primeros años posteriores a su publicación, concluye con una afirmación de suma importancia: el Manifiesto Comunista es más vigente para el siglo XXI que, incluso, para su propia época, en tanto que las condiciones estructurales del capitalismo, que apenas eran un vaticinio para mediados del siglo XIX, hoy se han desarrollado de forma plena y la explotación (enajenación de la que Marx profundizará en otros textos de su madurez intelectual) ha llegado al punto de radicalizar la lucha de clases a un punto de quiebre en el esquema civilizatorio.
Mucho más allá de analizar el contenido en sí del Manifiesto, así como lo que falta, sobra o requiere actualización; su potencialidad política e ideológica más radical, probablemente radique en la proclama final: “Proletarios de todos los países del mundo, uníos”.
En este 2026, conmemorar un aniversario más del manifiesto adquiere un tono especial, ya que coincide con el año del centenario de fundación del Partido Comunista[1] en el Ecuador. 100 años de luchas, de persecuciones, de clandestinidad, de organización obrera y popular. Cien años en los que mujeres y hombres asumieron que ser comunista no era únicamente una práctica política, sino un compromiso ético integral con la transformación de la sociedad. Sin embargo, debemos decirlo con serenidad y firmeza: hoy las y los comunistas del Ecuador no estamos siquiera cumpliendo íntegramente con aquella proclama con la que, en teoría, deberíamos organizar nuestra acción, en tanto que los esfuerzos de organización, por importantes que sean, aún son parciales y poco articulados. Y debemos decirlo con claridad, sin intensión de flagelarnos, pero si con la voluntad y convicción de que no podemos continuar de esa manera.
A pesar de que hay militancia, estudio y convicción revolucionaria en muchxs camaradas; la falta de un programa de acción unitario que exige el momento histórico y la acción fragmentada en partidos parcelados o en iniciativas colectivas no orgánicas nos ha condenado a pugnas interminables y estériles por elementos lejanos a lo ideológico, a enfrascarnos en diferencias, muchas veces secundarias frente a la magnitud de los desafíos que enfrenta nuestro pueblo y sobre todo a perder el horizonte respecto a la necesidad de construir un instrumento político real y capaz de disputar el sentido de la política desde la perspectiva de clase y desde los fundamentos del marxismo, lo que ha conducido a muchas organizaciones autodenominadas revolucionarias a estar a la cola del mal menor sin posibilidad de incidir en la política real, tanto en lo institucional y hasta en la movilización social -donde más gravemente se constata, como la ausencia de direccionamiento estratégico en clave de organización popular condena cualquier manifestación social al mero acto performativo en tanto que no existe punto de convergencia estratégica más allá de la coyuntura.
En los tiempos que corren, la unidad no es una consigna nostálgica ni un romanticismo retórico. La unidad de las y los comunistas es una necesidad política. Cuando el neoliberalismo avanza desmantelando derechos, precarizando el trabajo y debilitando lo público; cuando el discurso autoritario y conservador gana terreno y la amenaza fascista ha dejado de ser una hipótesis lejana para convertirse en posibilidad concreta que nos sopla la nunca; cuando amplios sectores populares sienten que no tienen representación real, la dispersión de las fuerzas revolucionarias no es un problema táctico: es una irresponsabilidad histórica.
No podemos refugiarnos en el purismo estéril ni seguir instalados en la comodidad de la razón del nicho, mientras el país se desliza hacia mayores niveles de desigualdad y violencia. No podemos confundir firmeza ideológica con aislamiento. El marxismo no es una corpus ideológico para dividir a quienes comparten el mismo horizonte emancipador sino para dotar de claridad a la lucha de clases. Y esa claridad exige organización. Ser marxista y ser comunista nos exige ser militantes y esa militancia nos exige encontrarnos y tener claro quién es el enemigo.
No necesitamos más comentaristas del marxismo. No necesitamos influencers que conviertan la crítica al capital en una marca personal. Necesitamos militantes comunistas. Necesitamos mujeres y hombres dispuestos a asumir disciplina consciente, trabajo colectivo, responsabilidad política y sobre todo, encontrarnos en la camaradería de los principios de organización leninista. Así como no hay comunista sin partido; tampoco podemos mantenernos es este absurdo de atomizar las estructuras por no ser capaces de aplicar responsablemente el centralismo democrático y mucho menos sostener posiciones románticas de marxistas errantes que utilizan el método para criticar al capitalismo sin comprender que el principal objetivo de un revolucionario es organizar la revolución. Tal como menciona A. Cunhal, el Partido es un intelectual colectivo y en línea con Gramsci el intelectual orgánico es el que comprende al marxismo como la filosofía de la práxis y que se comprende marxista dentro de la estructura de organización.
Por su parte, la moral comunista, es la moral de quien reconoce errores y los corrige. Es la moral de quien practica la crítica y la autocrítica no para destruir al camarada, sino para fortalecer el proyecto común. Es la moral de quien entiende que sin unidad no hay fuerza suficiente para enfrentar al poder organizado del capital y que hoy sostenernos en esta estupidez sin fin, es complicidad con quienes explotan a nuestra clase.
La historia nos enseña algo elemental: el fascismo solo pudo ser derrotado cuando las fuerzas comunistas fueron capaces de organizarse con claridad estratégica y arraigo popular. No fue la improvisación la que venció; fue la organización. No fue el individualismo; fue la disciplina colectiva. La única posibilidad de vencer al fascismo es un Partido Comunista fuerte, cohesionado, capaz de enfrentar al fascismo y también a sus cómplices.
Frente a la amenaza autoritaria y al avance de un modelo que subordina cada esfera de la vida al mercado, no podemos seguir jugando a que los cambios estructurales vendrán únicamente desde las instituciones de la democracia liberal. Esas instituciones responden a una estructura de poder concreta. Participar en ellas puede ser parte de una táctica, pero no puede sustituir la construcción de poder popular organizado. Pero, incluso, participar tácticamente en la disputa de las instituciones, tal como dijo Lenin, nos requiere con capacidad de representar una posición ideológica; lejos de las derivas del progresismo, la socialdemocracia y los demócratas (neo)liberales.
Ecuador necesita una alternativa revolucionaria seria, realista y movilizadora. Seria, porque no puede basarse en consignas vacías ni vanguardismo utópicos. Realista, porque debe partir del análisis concreto de nuestra realidad y de las condiciones objetivas desde las que la organización funciona. Y, movilizadora, porque debe convocar a trabajadores, campesinos, jóvenes y sectores populares a ser protagonistas de su propia historia.
Esa alternativa no aparecerá por generación espontánea. Solo será posible si somos capaces de encontrarnos. Si somos capaces de debatir, acordar un programa mínimo único y construir una referencia política unitaria que coloque en la agenda nacional la perspectiva de la clase trabajadora y de las clases explotadas.
Hoy, la consigna es: Comunistas del Ecuador, uníos.
Uníos no para diluir convicciones, sino para hacerlas eficaces. Uníos no para renunciar al debate, sino para orientarlo hacia la construcción. Uníos no por cálculo coyuntural, sino por responsabilidad histórica. Uníos porque será la única alternativa para no ser aplastados. Uníos porque nuestro país necesita un Partido Comunista con marxistas leninistas capaces de aplicar creadoramente la ideología para dar las batallas que nuestro tiempo nos enfrente.
Si somos capaces de superar la dispersión, si asumimos la crítica y la autocrítica como método, si reconstruimos la organización con disciplina y compromiso, entonces el centenario del Partido no será una conmemoración. Será el punto de partida de una nueva etapa. La historia no espera. El pueblo no puede esperar. La unidad es la condición para estar a la altura del momento que nos ha tocado vivir.
Comunistas del Ecuador… uníos.
[1] En rigor con la historia, el 23 de mayo de 1926 se referencia como fecha de fundación del Partido Socialista. Sin desmedro de que el proyecto y línea ideológica de quienes fueron sus promotores estuvo orientada a la configuración de una estructura organizativa marxista y de orientación comunista. Y que haya sido en septiembre de 1925 la fecha en la que se funda la primera célula de acción comunista “Lenin”.