A propósito del 29 de marzo: Día del Joven Combatiente

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Jueves 28 de Marzo de 2019

“Tomamos una decisión, una opción hace años, como tantos otros, el deber es aportar a que esta lucha crezca, que el pueblo confíe en sí mismo, en sus propias fuerzas”

Carta de Pablo Vergara Toledo, julio de 1987.

 

Villa Francia.

Ocho de los más intensos años de mi vida los pasé entre los pasajes y los bloques de 5 de abril, entre Quemchi, Yelcho y Aeropuerto. Un puñado de amistades y camaradas entrañables e imprescindibles, estuvieron brindándonos la mano cuando deambulábamos visitando sus casas para buscar una excusa para tomar once: éramos unas ratas con poco dinero en los bolsillos que nos alimentábamos en base a té, sopaipillas, papas fritas y fideos blancos. Unos vegetarianos precarios, pero en toda regla. Colándonos en la micro, vendiendo CDS de películas-documentales piratas y comida, alquilando nuestra fuerza de trabajo los veranos en supermercados de mierda y multitiendas de mall, liberando de su valor de cambio todas las mercancías que podíamos. Privaciones, inestabilidad, vivir al día. Como mucha gente. Así sobrevivíamos, ¿cómo pretenden que tengamos paciencia o respeto por este orden inhumano?

Algunas y algunos se han ido lejos, fuera del país o se han mudado de ciudad. A otros no los vi más, optaron por profundizar su compromiso y desaparecieron en el anonimato, tanto en la metrópolis como en el Wallmapu. Unos cuantos están en prisión, pagando duras condenas o esperando un juicio que sabemos que jamás será justo. Otros, que conocí de niñas y niños y los vi crecer, se hicieron revolucionarios, algunos se perdieron y atraparon en las drogas duras, o se dedicaron a ganarse la vida a su manera contra el sistema: robando cajeros automáticos, blindados o autos.

Controles de identidad habituales, hostigamiento cotidiano. Tener piel morena, haber nacido en una población y ser proletario, por si no lo saben, no es ningún privilegio. Siempre se es sospechoso de algo. Para quien no se ha criado en un barrio periférico, es imposible que lo pueda comprender. Por eso, no podemos ver a un paco sin sentir el fuerte deseo de gritarle algo, escupirlo, intimidarlo, arrojarle cualquier cosa. Odiamos la burguesía, quienes han tenido todo siempre al alcance de su mano, que no han tenido que pelear para conseguir nada en su vida y encima más, tienen el descaro de decirnos como actuar y darnos clases de moral. Nos quieren domesticar, pero el mundo ya nos ha enseñado a defendernos con lo que tengamos a mano.

Detenciones en manifestaciones, saliendo de madrugada machucado con las zapatillas sin cordones de una comisaría, pero con la frente en alto y orgulloso. Afuera, siempre alguien esperando para hacer más ameno el retorno a casa. Conversaciones políticas y personales con camaradas toda la noche. Vínculos que aún perduran, que se forjaron en medio de la complicidad, cuando se arriesga la vida y la libertad. “La Solidaridad no es solo palabra escrita”: aquí no importan las diferencias de partido. La mano siempre tendida a quien la necesita y está siendo perseguido. “Hoy por ti, mañana por mí”. “Antes de razonar, las cosas se sienten”.  

Noches de fuego y revueltas. Cócteles molotov, peñascazos – un poco absurdos – a tanquetas, parkour saltando rejas, balaceras y heridos llenos de perdigones en charcos de sangre, defender una esquina, hacerse el invisible, seguir el instinto cuando las cosas se complicaban. Honrar a nuestras muertas y muertos en las fechas; bloquear la ciudad de madrugada en las jornadas de Paro Nacional por la reivindicación que sea; coordinar las pegas de intervención territorial, reuniones, asambleas; la Biblioteca Libre Rodrigo Cisterna, las Colonias Populares Chaquita, el Comité de Allegados. Están también los talleres de Hip-Hop, la autoformación teórica colectiva, repartir el boletín en la feria todos los domingos sagradamente, participar en la organización de los actos.

 

2011.

Cesante y viviendo de escasos ahorros e inocentes ilegalismos por varios meses. Hastiado del mundo, asiduo al alcohol, sin perspectiva de futuro, tendencia a la autodestrucción. Pena, desaliento, depresión, aburrimiento crónico, al borde del abismo. Un engranaje más en una fábrica, patrones despóticos – no hay de otro tipo –, agotamiento físico, dormir poco y mal. Monotonía, fracasos personales, uno tras otro, malas decisiones e ilusiones rotas. Depositar la confianza en personas que no lo valen. Duele tener corazón cuando vives en este mundo, pero no encajas en este mundo. Imposible cerrar los ojos y “salvarse solo”: esa es una opción solo para los cobardes, renunciantes y traidores. Todas y todos o ninguno. Ganas de ir a la montaña, para como dice un camarada, ir matando poco a poco toda la civilización que tenemos dentro.

De repente, sin que nadie pueda preverlo, todo explota, por todas partes. Marchas gigantescas, ocupaciones y tomas, murales, rayados nocturnos y pegatinas de afiches, enfrentamientos campales en el centro de Santiago: el retorno de la alegría de vivir, existir tiene un sentido. Es indescriptible, fue un renacer, salir del hoyo. Al fin había un destello. Ese 4 de agosto glorioso. Capuchas improvisadas en medio de los disturbios, todo el mundo odia a la policía y repleta las calles. Es una fiesta. El sabor de un helado expropiado en un saqueo sabe mejor cuando tienes la oportunidad única de ver salir la luna por sobre las barricadas incendiadas. 

 

2013.

Un error, ignorar las señales y hacer caso omiso a los presentimientos. Una mala noche y el GOPE desbocado: pésima combinación. Una golpiza monumental de cinco o seis policías, arrastrado por el piso varios metros sangrando, asfixiado en un carro policial hasta quedar inconsciente, la nariz quebrada y mi olfato disminuido para siempre – ahora me río; ahora soy algo así como inmune a las lacrimógenas y eso se transforma en un superpoder bastante útil –. Guardar silencio, pensar bien cada palabra. Rozar la cárcel. Un largo proceso. Un año amarrado a su legalidad de clase. Mi hogar convertido en prisión: arresto domiciliario total, luego nocturno, firma mensual, prohibición de ir a marchas, arraigo regional. Devorar montañas de libros. Al final de la historia, absuelto.

Este tipo de cosas te marcan, nada vuelve a ser igual. Uno pierde todo respeto o se somete. Yo no me doblegué. Quiénes estuvieron ahí y no miraron para otro lado, son mis hermanas y hermanos hasta el día de hoy, tienen mi incondicionalidad, respeto y amor, aunque la distancia nos separe y nuestros senderos no se crucen tan seguido. Son de verdad, no apariencia de realidad, con todos sus defectos y fallos.

Tatuajes que me recuerdan quien soy y de dónde vengo, personas que ya no están pero que permanecerán para siempre. “Reciprocidad”, “Omnia sunt communia”, “Weuwaiñ”, “Stay Free”, “ελευθερία”, etc. Cruzando fronteras – y a veces rebotando en ellas – no para hacer turismo, sino para encontrarnos con otras y otros que han elegido vivir libremente, compartir experiencias, intercambiar textos, estrechar lazos, pasar un tiempo valioso con ya viejos hermanos y hermanas.

Inmediatismo, relaciones banales, laxas, superficiales y mediadas por la satisfacción de necesidades individuales; descompromiso y miedo a echar raíces; hedonismo y mero gozo de sí, sin importar lo que pase al resto; utilizar y desechar cuando las cosas se complican, obsolescencia programada que ha penetrado hasta la médula nuestras relaciones cotidianas y se presenta como libertad, empoderamiento y algo progresivo. El ser humano reducido a una cosa. Pero también el esfuerzo por vivir con y para los demás, unificar las voluntades, convertirnos en comunidad. La satisfacción en medio del caos de saber que tienes la certeza de contar con un lote de vándalos en todas, hasta entregar la vida. Proletarios, marginales, subproletarios, con consciencia de clase e historias de vida similares. El abrazo en el momento justo, cuando todo se ha puesto cuesta arriba y es un desastre. Nos cuidamos la espalda en las revueltas y en el devenir del tiempo. Basta una mirada de reojo para saber qué hacer, ponerse alertas, protegernos y trenzarnos a golpes con nuestros enemigos si es necesario. Lo hemos vivido, no una vez. Escuchando hardcore punk, rumba española, yaravíes, trap, rap, afro o cumbia villera hasta que sale el sol. Brindando porque seguimos con vida y no estamos solos, nos hemos cruzado y eso ya es un milagro. Viviendo con pasión, intensamente, apostando todo, ganando tiempo. Alguien que ha sido muy importante, pero con quien ya no nos llevamos y aun admiro muchísimo, me enseñó que el primer trago siempre va a la tierra, en ofrenda a nuestras y nuestros muertos, a quiénes respetamos y jamás olvidamos.

Han pasado los años. Muchas y muchos, con quienes alguna vez estuvimos codo a codo, están de lleno enfrascados en las disputas de lo que llaman la Política Real, así con mayúsculas. Peleando por cuotas de poder, sacándose los ojos entre sí mismos, instrumentalizándose oportunistamente, creyendo que son capaces de ¿gestionar? de forma distinta la maquinaría asesina de Estado en favor de los intereses de nuestra clase. Soberbia y vanguardismo extremo. Vendedores de peligrosas ilusiones democráticas en tiempos de crisis y de aumento del fantasma de la reacción que está a la vuelta de la esquina. Por apurar por arriba, corren el peligro trágico de arrastrarnos a todas y todos a un desastre de proporciones. 

En la reconstrucción de la comunidad y la asociatividad proletaria están dedicados las y los menos. Subvertir las relaciones cotidianas, crear contrapoder, vivir el comunismo y la anarquía, transformar las condiciones objetivas y también lo íntimo que habita en cada ser humano proletarizado, con todas las contradicciones, rupturas e incertidumbres que esto trae consigo. Lanzarse a lo desconocido. Eso que es lo que es determinante para cambiar la correlación de fuerzas, lo estratégico. Yo les admiro por su porfía, coherencia y persistencia, por apostar a la prefiguración del reino de la libertad, aunque sea de forma difusa y limitada. Compartimos un presente común, en donde la necesidad material y espiritual de superar este estado de cosas guía nuestra actividad, porque no tenemos nada, hemos sido despojados de todo, y por lo mismo tenemos todo por ganar. Aún somos una pequeña pero decidida minoría, que se prepara para el retorno del miedo. Los estaremos esperando cuando se desaten y devolveremos cada golpe. Cultivamos la memoria y no cometeremos los mismos errores de las generaciones pasadas ¡La memoria es un arma cargada de futuro!

Rafael y Eduardo, pero también Paulina Aguirre y Mauricio Maigret tenían las mismas convicciones. Fueron asesinados un 29 de marzo. Ejemplos de dignidad y arrojo, cuando pocas y pocos se atrevían a hacer algo, a poner el cuerpo y la vida. O todo o nada. Como dice una canción de rap: “un mundo extremo exige posiciones extremas”. La vida es dura y seguramente pronto se pondrá peor, pero estamos curados de espanto y ya no tenemos miedo, vivimos en los guetos, y aunque alguna vez intentamos salir, estamos atrapados en ellos y ya no nos parecen tan malos, vislumbramos su potencialidad estratégica para la guerra de clases abierta que se aproxima. Quienes tenemos más de treinta y tantos años, hace tiempo que pasamos el punto de no retorno, no somos niñatos jugando a la rebeldía en la universidad para después integrarnos al sistema, contar con un alto salario, comprarnos un auto y una casita, y olvidarnos de nuestra etapa super loca. El antagonismo irreconciliable es lo que da sentido a nuestras existencias. Jamás aceptaremos pasivamente la servidumbre, no transamos, no claudicaremos, no nos integraremos, no nos comprarán porque no tenemos precio. Hemos optado por el camino difícil, pero el único posible. Sabemos que terminaremos en la cárcel o el cementerio, tarde o temprano, ese siempre ha sido el destino de las y los auténticos revolucionarios. De todas formas, al final del camino habremos vivido realmente, más que el promedio que se resigna a soportar esta realidad insufrible. La lucha continúa, y continuará, aunque no estemos nosotros hasta que el viejo mundo sea derribado de cabo a rabo y no queden más que cenizas. Se han plantado semillas, las y los cabros más jóvenes, son mejores que nosotros cuando teníamos su edad. Mientras tanto, seguiremos resistiendo y combatiendo en todos los frentes a la modernidad capitalista y su no-vida que nos impone. Nos tenemos los unos a los otros, las unas a las otras, lo que, en los tiempos de guerra que corren, no es poco.

 

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