Correa, el correísmo, los correístas (I)

antes de la tormenta
Martes 11 de Diciembre de 2018

El gobierno de Lenín Moreno en alianza con la oligarquía y el imperialismo, ha posicionado hábilmente en la opinión pública una contradicción temporal con el objetivo de justificar la regresión neoliberal y el escenario fascista en progreso que vive nuestro país. Correa, el correísmo, y los correístas, son los chivos expiatorios de una gran jugada que busca eliminar todo rastro de izquierda en el país. No es que el correísmo “esté más vivo que nunca”, el Estado permite su protagonismo hasta donde le es útil.

Mientras la “izquierda” continúa en un debate estéril sobre la dicotomía correísmo vs. anti correísmo, la derecha marcha implacablemente hacia la toma del ejecutivo y legislativo. Carente de capacidad de análisis y sensatez militante, ni si quiera ha pensado el alto coste humano para sus escuetas filas, unos aspiran a una arrasadora victoria electoral comandada por el correísmo en 2019, mientras otros ponen su fe en un rápido levantamiento popular que cercará a Moreno, restituyendo la voluntad de poder al “movimiento popular”. Lo cierto es que no hay ni izquierda – entiéndase organización política, táctica, estrategia y programa definidos –, ni movimiento popular; no hay nada, salvo voluntades y emociones sin proyección hegemónica ni lectura histórica del momento.

A sabiendas de lo polémica discusión aquí mencionada, en la primera entrega de este texto desarrollaré tres categorías claves para comprender la crisis orgánica del correísmo en tanto referente popular. Se considerará como elemento contextual el problemático escenario electoral de 2019, asi como el carácter utilitario de las alianzas electorales previstas por la dirección del correísmo. Para finalmente, en la segunda parte, proponer una serie de elementos para la construcción de una izquierda revolucionaria a corto, mediano y largo plazo, en medida del análisis expuesto.

El liderazgo de Correa

Durante la historia aparecen personalidades que representan un proyecto o época, Rafael Correa no es la excepción. “Básicamente estamos haciendo mejor las cosas con el mismo modelo de acumulación, antes que cambiarlo, porque no es nuestro deseo perjudicar a los ricos”, diría en una entrevista a Orlando Pérez para diario El Telégrafo en 2012, frase que sería celebrada por la “izquierda” aliada de la derecha, y que confirmaría las “tesis” que el régimen impulsado por el líder de la Revolución Ciudadana (RC) no era más que un intento capitalista por modernizar y reprimarizar la economía ecuatoriana; habían descubierto el agua tibia.

Correa al ser producto de una época de crisis para la izquierda tras la caída del muro de Berlín, y con notables avances y limitaciones políticas e ideológicas, era quien condensaba el espíritu de la RC. Sus definiciones contradictorias, no solo animaron un momento distinto de acumulación y distribución de la renta, solucionando grandes problemas a las que habían sido conducidos los sectores populares en el neoliberalismo, sino que abrió una nueva racionalidad de contienda, que no supo ser leída por los movimientos sociales, quienes habían llegado con sus últimas fuerzas a este nuevo escenario. No es que el gobierno de Correa era capitalista y nada más, anunciaba una disputa limitada por la acción del Estado, cuyo resultado fue la superación de la izquierda y movimientos populares tradicionales, incorporándolos o desechándolos en una lógica de amigo-enemigo.

El líder de la RC tenía muy claro el guion, tras agrupar la voluntad popular en torno al proyecto modernizador, en una suerte de pacto interclasista, no necesitaba de las organizaciones, sino de un aparato estatal eficiente, cuya acción era lo suficientemente legítima para prescindir de estas.

La nebulosa del correísmo

Partiendo de las ambiguas definiciones del líder de la RC, justicia social sin tocar las bases de la acumulación privada, embestida estatal contra las organizaciones tradicionales, el correísmo se convirtió en una masa que se estiraba bajo los criterios más diversos. De allí que, para empresarios, académicos, militantes de izquierda, gente de a pie, este podía significar desde mayores posibilidades de inversión y ganancia en un régimen de acumulación regulado por el Estado o la posibilidad más cercana que nuestro país ha tenido para llegar al socialismo.

En todas estas definiciones el rol del Estado era central, tanto así que la izquierda que revivió durante los años de la RC, viejos y nuevos – que eran igual de viejos que sus predecesores – partidos comunistas, movimientos de izquierda revolucionaria, socialistas, populistas de izquierda, celebraran el “retorno” del Estado, como si el Estado en el neoliberalismo no hubiese existido; idealismo puro y duro, que no alcanzaba a comprender las formas en que este se articula con el capitalismo históricamente.

Luego de ese breve resurgimiento, el estatismo de la RC y sus aliados se han venido abajo, demostrando que las transformaciones impulsadas por el Estado tienen severas dificultades de mantenerse si el pueblo no asume las funciones que este ha secuestrado históricamente.

El correísmo no solo demostró que a su arribo no existía ni izquierda ni movimientos populares con voluntad de poder, también los superó, sin embargo, nunca estuvo en su agenda la construcción de una identidad colectiva que profundice y sostenga “el proceso”.

El pueblo correísta

Cientos de miles de partidarios del correísmo, afiliados y ni afiliados a Alianza País (AP), simpatizantes, colaboradores, vieron como a lo largo de este y el pasado año, Moreno y sus aliados estuvieron en la capacidad de quitarles no solo el partido, sus sedes, bandera, lema, sino también encarcelar al ex vicepresidente Jorge Glas e impedir la participación de Correa como contendor presidencial, sin encontrar la más mínima resistencia organizada en las calles para impedir la toma oligárquica del aparato estatal.

No es en vano que las y los correístas continúan preguntándose, si es que en algún momento eso que llamaban partido, estructura, militancia, verdaderamente lo era. Hasta el día de hoy no pueden superar el shock de “haber sido gobierno”, de allí que muchos de sus dirigentes continúen pensando que son el Estado, y que, en consecuencia, disponen de la “militancia” y la política de alianzas como si se tratasen de su feudo particular. Actualmente esta contradicción está girando con mayor profundidad alrededor de la figura de Jorge Glas, cuya hipotéticamente muerte debido a la huelga de hambre indefinida que lleva hace más de 40 días, significaría el quiebre entre algunos sectores de esa base correísta y la dirigencia, así como las ajustadas alianzas electorales que hasta ahora han mantenido en sigilo, poniendo en peligro los resultados electorales a los que aspiran en 2019.

El pueblo correísta seguirá existiendo, pese a la lejanía de Correa y la crisis del correísmo. Por lo tanto, debe apostar por construir un nuevo sentido que, si bien no niegue su sentir correísta, amplíe el vocabulario y la acción política hacia el encuentro con otros sectores. ¿Puede existir un correísmo de izquierda? No lo sabemos, pues no fue si quiera la tendencia mayoritaria dentro de AP durante la RC, de hecho, ¿qué sería un correísmo de izquierda?, ¿una nueva izquierda estatista?, ¿el alimento para crear una nueva identidad plural? Las respuestas a estas preguntas siguen estando en el campo de la especulación, sin embargo, deben ser resueltas principalmente por sus militantes, no por sus dirigencias necesariamente.

Las y los correístas han comprendido a través de tropiezos que la resistencia a la embestida neoliberal y fascista no es únicamente su patrimonio, que el ataque a la RC, Glas o Correa, no son eventos suficientes para movilizar la voluntad popular, y que, por lo tanto, deben pensar seriamente hacia dentro, si caminar en círculos en torno a un pasado que np volverá, es la mejor estrategia en estos momentos. Saben que continuar en medio de la estéril contradicción correísmo vs. anti correísmo es hacerle juego al adversario, aunque duela y afecte los apegos personales.

 

 

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