¡Levántense con Cuba, pueblos del mundo!
«Me hirieron. ¡Viva Cuba!»
Primer Coronel Lázaro Evangelio Rodríguez
«El aire toma forma de tornado y en él van amarrados la muerte y el amor…»
Silvio Rodríguez Domínguez, «Preludio de Girón»
Después de que la invasión imperialista a Venezuela, el pasado 3 de enero, arrancara del seno de su pueblo al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, la jauría fascista de la política cubanoamericana ha vuelto a salivar por Cuba.
El fin de la Revolución se descorcha, otra vez, con la esperanza de que el brindis no quede solo en la resaca.
La caída de 32 héroes cubanos, en feroz y desigual combate contra los carniceros del despojo yanqui, no anticipa — como algunos piensan — la derrota de Cuba. Su sacrificio anuncia otra cosa: la activación de la fibra mambisa, que es la fibra madre de la patria: «quien intente apropiarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha».
Llegado este punto en que los portaviones yanquis acechan las costas de Cuba, en que los rumores de incursiones aéreas del enemigo sobrevuelan el carácter y las conciencias, ¿qué falta por explicar? Con el bloqueo naval a la entrada de combustible, coronando el meticuloso sistema de guerra económica orientado a hacer colapsar nuestro país, ¿qué dudas quedan por responder?
Ahora que el derecho internacional exhibe como nunca antes de quién es ese derecho y entre quiénes se disputa… cuando casi todos los gobiernos «no alineados», o de retórica «progre» miran a otro lado; cuando los bloques de la supuesta integración, las alianzas, los foros, las comisiones mixtas y congresos eluden el compromiso práctico y material con Cuba y ofrecen, a lo sumo, declaraciones de su consternación e impotencia; ¿a quiénes acudir en primer lugar sino a los pueblos para enfrentar este cerco imperialista que más se arrecia cuanto más sola y abandonada a su suerte descubre a Cuba?
Los campos se deslindan. De una parte, simpatizando o no con el gobierno cubano, siendo o no comunistas, viviendo en Cuba o donde sea, creyendo en cualquier Dios o en ninguno, se han agrupado quienes entienden que está amenazada la Patria, y que con ella hay que cerrar filas. Nada valen en estos días las diferencias entre patriotas. Insistir hoy en ellas, con la bestia delante, es un crimen de lesa patria.
De otra parte, se han situado los oportunistas, sin posibilidad ni deseo de ocultarse o de disimular sus intenciones, respaldados como se sienten por el imperio que los organiza. Es preferible que así sea: nos ahorra desenmascararlos y nos permite pasar directo a la confrontación.
En las horas decisivas, donde toda bruma se disipa y la luz permite ver mejor, ha quedado más claro para quiénes la perspectiva de agresión contra Cuba no es motivo de angustia, indignación o rebeldía, sino una oportunidad para mendigar.
Los personeros de la derecha fascista cubanoamericana — con sus patéticas sucursales en Latinoamérica y Europa — mendigan al emperador Trump que les gane el poder que no han tenido la audacia ni el valor de conquistar por sí mismos, y que complete luego la revancha sobre el pueblo que hizo la Revolución, y que nunca los ha respetado.
No consiguen siquiera sentir vergüenza de que los vean celebrando una posible agresión militar o pidiendo que Cuba sea gobernada por un virrey gringo, por un renegado de sus orígenes filiales que se disfraza de cubano cuando el cabildeo del sur de la Florida se lo exige. Ya nadie podrá escandalizarse cuando les llamemos «anticubanos» o «apátridas».
Pero en la acera del oportunismo no se pasean solo los MAGA-cubanos. El arco del oportunismo se mueve de los herederos de Batista a los albaceas morales de Carlos Prío. Esos que aprovechan este momento de peligro extremo para, lejos de cerrar filas con el frente de la patria, andar mendigándole -ellos creen que le exigen, pero en realidad le mendigan -al Estado cubano alguna prebendilla, algún favor económico, alguna concesioncilla, alguna cuotica de poder, como si el poder se pudiera mendigar -¡o regalar!-¿Qué son esos? ¡También oportunistas! Porque hoy ninguna agendita particular o de grupo debería estar por encima de la supervivencia de la nación.
El problema de los imperialistas yanquis no es con el gobierno cubano; no es con tal o cual característica de la administración pública; no es con la desigualdad o la pobreza existentes. Su problema no es con «la situación del pueblo cubano», sino con que ni el país ni esa situación — a pesar de los costos de su tenaz y fracasado bloqueo — les pertenezcan. El problema de los imperialistas yanquis no es de nombres, es de contenidos. Por eso hubo en Cuba “República”: de ellos; “Libertad”: para obedecerles a ellos; “Democracia”: para que se turnaran en el festín del alquiler nacional los servidores de ellos. No les preocupa si hacemos el capitalismo o el socialismo -como lo demuestra su ofensiva en el momento de mayor entronización de la propiedad privada en Cuba- . Les preocupa que seamos nosotros quienes hagamos aquí las cosas y no ellos. Les irrita que nos atrevamos a ser y que hayamos descubierto los arcanos de nuestra identidad: para ser, tenemos que ser contra ellos, los imperialistas yanquis. No hay otra forma. Por eso nación y antimperialismo se presuponen. Por eso justicia social y libertad están cosidas juntas en la misma bandera.
Los activistas de redes sociales, díscolos e iconoclastas ante el agredido, pero siempre cautos y bien portados ante el agresor; ¿por qué le demandan voluntad negociadora a Cuba? ¿Qué debe y cómo puede negociar con un asesino quien vive siendo emboscado por su séquito de perseguidores?
Con la mira en la sien, «entiéndanse», «dialoguen», «negocien», son recomendaciones que en realidad se parecen mucho a un «ríndanse». En medio de la aguda lucha ideológica que acompaña esta batalla por la sobrevivencia de todo un pueblo, debemos impedir que el miedo se vista de sensatez. Esta última cabría aconsejarla, en todo caso, a los jefes espirituales de la cobardía para quienes la vida y la muerte son créditos de un videojuego que programan desde la seguridad y el confort de su cuarto de máquinas.
Los que se han apurado a pedirle reformas al gobierno cubano, con la ilusión vana de que nos perdonen la revolución que hicimos — aunque la dignidad no sobreviva al «favor» de dicho «perdón» — , sepan que la revolución tuvo que ser socialista para ser de liberación nacional. Fue esa la única forma histórica en que pudo realizarse la idea que obsedió durante más de cien años a los patriotas cubanos y que Diego, el personaje de «Fresa y chocolate» resumió de modo inmejorable: «tampoco quiero que vengan los americanos, ¡ni nadie!, a decirnos lo que tenemos que hacer».
La voluntad de alcanzar la soberanía para la persona esclavizada y la nación en ristre ha jalonado la historia de Cuba desde hace dos siglos. Una identidad que se ha abierto paso contra todo pronóstico, que ha pugnado por existir a contrapelo de poderosas fuerzas disolventes de ayer y hoy. Los gendarmes del «norte revuelto y brutal que nos desprecia» se afirman en tanto poseen, en tanto someten, en tanto destruyen, en tanto compran y venden, en tanto saquean. Los cubanos y cubanas, en cambio, nos afirmamos en tanto somos, no lo que han querido hacer de nosotros, sino lo que hemos querido ser por nosotros mismos.
La saña contra Cuba esconde el terror que les provoca nuestra promesa, tan asediada e incompleta como irrenunciable. La derrota de esa promesa, la aceptación definitiva de la posición colonial y subordinada no sería otra cosa que el suicidio de la nación: la muerte de lo que Cuba ha sido, no desde 1959, sino desde hace más de ciento cincuenta años.
Con el imperialismo no hay arreglo posible. Su existencia y la nuestra son antagónicas y seguirán colisionando. La agresividad del imperialismo yanqui hacia Cuba -sus bloqueos, sus formas institucionales oscilantes entre el garrote y la zanahoria, sus chantajes al resto del mundo- solo tiene dos vías para desaparecer: la derrota en toda la línea de ese imperialismo o la rendición en toda la línea de Cuba. La relación bilateral entre los dos Estados no agota tamaña disyuntiva: está inserta en ella.
Frente a este escenario, los dirigentes del Estado cubano, para liderar la nación y cumplir sus deberes sagrados con ella, no pueden ser presa de vacilaciones ni debilidades. Conceder iniciativa al enemigo -externo o interno- no traería paz ni estabilidad, sino derrota. La defensa de la soberanía exige decisión política, claridad estratégica y conducción firme: o dicho en otros términos que conocemos bien: «desafiar poderosas fuerzas dominantes… luchar con audacia, inteligencia y realismo».
El bloqueo naval vigente y los chantajes arancelarios a terceros, que impiden la llegada a Cuba de suministros de petróleo indispensables para sostener la vida cotidiana, profundizan un escenario de crisis impuesto y planificado, frente al cual nuestra capacidad para gestionar el estrecho margen de maniobra se convierte en un factor de seguridad nacional. De manera simultánea, se despliega una secuencia ininterrumpida de operaciones psicológicas encaminadas a producir miedo, angustia, desesperación e ilusión con un futuro nacional halagüeño bajo la tutela yanqui. Lo anterior combina rumores y amenazas difusas con prefiguraciones de la inteligencia artificial sobre cuán prósperas y hermosas lucirían nuestras ciudades si se acaba este «martirio» de 67 años.
Cuba no es «la siguiente» en la lista, siempre ha sido la primera. Desde Honduras en 2009 hasta Venezuela en 2026, pasando por Paraguay, Ecuador, Chile, Brasil, Argentina y Bolivia, se golpearon los eslabones más débiles de la cadena con un objetivo final, harto conocido, aislar y asfixiar a la Revolución cubana. La intervención imperialista en Venezuela no fue solo contra ese pueblo, sino contra toda América Latina y el Caribe, y muy especialmente contra Cuba. No se trató de un exceso ni de un desvío, sino del punto de condensación de una estrategia regional.
El contexto actual de la solidaridad efectiva de otros gobiernos con Cuba es vergonzoso, en contraste con la solidaridad que se manifiesta persona a persona y pueblo a pueblo. Queda México como único proveedor de petróleo y ya se ejercen fuertes presiones para que esa ayuda expire. No es un escenario descartable si se tiene en cuenta el estilo de Donald Trump, que entrelaza agresiones brutales, chantajes directos y presiones abiertas de distinta índole.
China y Rusia expresan acompañamiento y denuncia discursiva, pero ninguno de ellos ha mostrado disposición a correr la misma suerte del pueblo cubano ante una agresión directa. Apoyo simbólico, cálculo estratégico, y una isla empujada a enfrentar casi sola la escalada bélica cuidadosamente provocada. De potencias externas nada esperamos. Como expresó Antonio Maceo: «mejor subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con vecinos tan poderosos». Ya habíamos aprendido desde hacía tiempo que en las horas decisivas, Cuba solo cuenta con su propio pueblo.
A la soledad se suma el silencio de los grandes dispositivos diplomáticos en la región y el mundo. Estructuras que existen en el papel, pero de las que no se reciben gestos de apoyo concretos, capaces de alterar el curso de los acontecimientos.
Todos aquellos que abandonan a Cuba a su suerte -por cálculo geopolítico, por pragmatismo diplomático o por simple y llano temor- deben saber que no son neutrales y que, por tanto, se convierten en colaboradores de facto. Su silencio o inacción no evitan la guerra, sino que despejan su camino a la distancia. Cada gesto que no llega y cada apoyo que se dilata contribuyen con el montaje del escenario de una invasión contra Cuba o de una conmoción social, resultado de la desesperación popular, que se lo lleve todo por delante.
A quienes hoy, por acción u omisión, se colocan al servicio de una agresión contra su propio país, debe quedarles claro que no habrá impunidad histórica ni política. Los pueblos tienen memoria, y las responsabilidades asumidas en horas cruciales no se borran ni con el tiempo ni con el exilio.
Abocados al enfrentamiento del plan para convertir a Cuba en la Gaza del Caribe, te hablamos primero a ti, pueblo de los Estados Unidos, en tu infinita diversidad. A cada ciudadana y ciudadano que no soporta ya el desvarío dictatorial que gobierna la Casa Blanca. A ti, que vives asediado, asediada por los incontables problemas de una sociedad que dista mucho de ser «grande de nuevo». Te hablamos a ti, que recuerdas cada una de las guerras en las que los ricos se volvieron más ricos y los pobres, más pobres, y en las que lo único que regresó a tu casa -cuando algo regresó- fueron los cuerpos inermes de tus hijos. Guerras ajenas, decididas en despachos, hechas por jóvenes que, para ganarse la vida, se vieron obligados a segar otras.
Le hablamos, además, a la numerosa comunidad de cubanos y cubanas que reside en los Estados Unidos y que no es presa del odio del «exilio histórico». Muchos fueron educados en el humanismo y la fraternidad de nuestras escuelas y calles, y no están dispuestos a consentir en silencio una agresión contra su propio pueblo. No dejes que tus hijos vayan a otra guerra. No los dejes despedirse para ir a morir enfrentados en Cuba a otro pueblo que no es tu enemigo.
Son muchas las formas de movilizarte. Convocamos a los múltiples grupos académicos que mantienen relaciones con Cuba, a los Pastores por la Paz, al Consejo Mundial de Iglesias, a personalidades de la cultura, actores y actrices que se han manifestado con fuerza contra el atropello a los derechos y la deriva fascista que Trump representa. A congresistas y senadores que durante mucho tiempo han exigido una modificación de las relaciones con Cuba, sin pretensiones de sometimiento ni afanes guerreristas.
A todos quienes se sientan interpelados por este llamado para evitar la muerte segura e inevitable en el asalto que se prepara a sus espaldas. Ayuden a detener la barbarie. Solidarícense con Cuba.
A los pueblos hermanos de Cuba, a las organizaciones solidarias, a quienes saben que la guerra imperialista nunca trae democracia ni libertad: es el momento de la movilización eficaz, sostenida y visible, por todas las vías posibles, contra la guerra y en defensa de la vida. Cada país y representación diplomática deben convertirse en escenarios de hermanamiento y compromiso. Cada embajada de los Estados Unidos debe sentir el peso de la solidaridad de masas.
Si alguna vez fuiste atendido en las misiones médicas cubanas; si alguna vez aprendiste a leer con el método «Yo sí puedo», o si estudiaste en esta tierra, te decimos: ¡Levántate con Cuba!
Pueblos del África que a su llamado contaron con nuestros soldados, combatientes, médicos y maestros: ¡llegó la hora crucial de la solidaridad con Cuba!
Pueblos de América con quienes quedó sellado nuestro destino en aquella mirada postrera del Che: ¡movilícense ahora!
Pueblos del mundo, Cuba les ofrece un lugar para pelear.