Los peligrosos modales liberales de cierta izquierda

antifa
Miércoles 7 de Enero de 2026

La batalla por la hegemonía en el capitalismo tardío del siglo XXI no se libra únicamente en el terreno de la economía política ni en la disputa institucional por el control del Estado; se juega, sobre todo, en el plano del sentido, en la definición misma de aquello que se entiende por democracia, libertad y emancipación. En nuestro tiempo, varios sectores que se ubican en el espectro de la izquierda han optado por abandonar la confrontación ideológica de fondo para refugiarse en un progresismo de modales liberales, cómodo en las formas de la democracia representativa burguesa y renuente a cuestionar sus límites estructurales. Una renuncia que no resulta inocua ya que implica el abandono del fundamento crítico que observaba en la democracia liberal no el horizonte de la emancipación, sino uno de sus principales obstáculos.

Uno de los síntomas más evidentes de este desplazamiento es la aceptación acrítica de la democracia liberal representativa como única forma posible, e incluso necesaria, de organización política. Sectores que se autoproclaman de izquierda asumen como punto de partida incuestionable los valores, procedimientos y rituales de la institucionalidad liberal, clausurando de antemano cualquier discusión sobre la modificación del patrón de representación. En ese gesto, la consigna de poder popular queda neutralizada por la propia ingeniería institucional que se presenta como consenso democrático propio de los estados burgueses modernos. La política se reduce así a la administración de lo dado, y la democracia deja de ser un campo de disputa para convertirse en un dogma estandarizado según lo que las potencias occidentales se permiten autorizar como estado democrático.

Disputar el sentido de la representación implica, necesariamente, discutir los alcances reales de la participación popular en la toma de decisiones. No basta con la alternabilidad en el poder ni con los mecanismos plebiscitarios que legitiman, cada cierto tiempo, a élites políticas desconectadas de las dinámicas materiales de la sociedad. Sin una participación efectiva del pueblo en la definición de los rumbos económicos y sociales, la democracia se vacía de contenido y se transforma en un dispositivo de legitimación del orden existente. La izquierda que renuncia a esta discusión abdica, al mismo tiempo, de su capacidad para interpelar las formas contemporáneas de dominación y, lo más complicado de esto, termina siendo parte funcional de un régimen político y económico neoliberal

A la luz de los hechos, resulta evidente que buena parte del progresismo latinoamericano ha ingresado, voluntaria o ingenuamente, en el juego democrático liberal sin comprender dónde radica realmente el poder. Gobernar el Estado no equivale a controlar las palancas fundamentales de la economía, especialmente en un contexto marcado por la financiarización y por la existencia de megaestructuras postestatales y supranacionales (tanto corporaciones trasnacionales como grupo de delincuencia internacional). El gran capital no se siente amenazado por eventuales triunfos electorales de sectores progresistas porque dispone de mecanismos suficientes para desbordar, condicionar o vaciar de contenido cualquier intento de regulación estatal. De cierta forma, es incluso beneficioso para el sostenimiento del capitalismo que existan partidos ubicados “a la izquierda” a quienes sea posible establecer como presuntos contradictores ideológicos. Incluso, la derecha más reaccionaria tensa esta discusión a tal punto de presentar estas posturas, que realmente no menoscaban el funcionamiento del sistema, como radicales en la estrategia de adjetivar a todo como “marxismo cultural”.

Esta incomprensión se agrava cuando sectores que se autodenominan soberanistas o integracionistas desprecian, con sorprendente ligereza, el concepto de imperialismo. No se trata de una cuestión semántica ni de un nostálgico anacronismo teórico, sino del reconocimiento de una estructura de poder que articula dominación política, económica y cultural a escala global. Despojar a la acción política de un horizonte antiimperialista no amplía su base social; por el contrario, la vuelve incapaz de explicar las causas profundas de la desigualdad y la dependencia, dejando el terreno fértil para las narrativas simplistas y reaccionarias de la extrema derecha que, ellas sí, se trepan al unísono de una estrategia de colonización del deseo y la subjetividad para fragmentar la unidad política de los sectores populares y frenar también cualquier posibilidad de agendas comunes de lucha por la autodeterminación de los pueblos.

El vaciamiento de contenido ideológico no ha fortalecido a la izquierda; ha contribuido, más bien, a la radicalización fascista de sectores populares que perciben una traición a la promesa de mayor equidad. Cuando las reformas se limitan a redistribuciones parciales que no alteran la estructura de acumulación, la frustración se convierte en resentimiento. La extrema derecha y el fascismo han sabido capitalizar ese malestar mediante un discurso polarizante que señala enemigos falsos y desplaza el conflicto social hacia el terreno identitario, cultural o moral.

Deliberadamente hablamos de discurso polarizante, porque otro de los elementos abandonados por el progresismo es la noción de lucha de clases. No se trata aquí de reivindicar un dogmatismo ortodoxo ni de repetir mecánicamente categorías del siglo XIX, sino de reconocer que toda pretensión de tomar el poder exige saber para quién se lo toma. Sin una comprensión clara de la centralidad de la clase trabajadora en la producción de valor, los sectores progresistas han terminado administrando el capitalismo, sin cuestionar la apropiación privada del plusvalor ni la lógica de explotación que la sostiene. Al respecto, no se trata de desconocer la necesaria acumulación de fuerzas que se requiere para avanzar en procesos de eliminación de la enajenación capitalista, pero si de advertir que resulta completamente diferente tener en cuenta los momentos históricos concretos para la acción política y otra la de construir la política desde falsas ilusiones de convergencia de clase en las que, según la experiencia, los únicos beneficiarios son los sectores oligárquicos y residualmente sectores de la pequeña burguesía que no tardan en abandonar los proyectos políticos de este tipo para alinearse con los grupos que los representan ideológicamente.

Así, la sustitución de una agenda emancipatoria por una agenda meramente reivindicativa ha generado equidistancias ficticias entre proyectos antagónicos. Las luchas por derechos , por legítimas y necesarias que sean, han ocupado el centro de la acción política, pero despojadas de una articulación estratégica con la transformación del orden civilizatorio. El resultado es una política que demanda inclusión dentro del capitalismo, pero renuncia a imaginar y construir alternativas más allá de él. En ese marco, los modales liberales funcionan como coartada moral para evitar el conflicto estructural.

Este desplazamiento ideológico no ocurre en el vacío. Durante las últimas dos décadas, una estrategia sistemática de blanqueamiento mediático y político del fascismo ha corrido los límites de lo decible y lo aceptable en el espacio público. Narrativas abiertamente neoliberales, autoritarias y excluyentes se presentan hoy como opciones razonables, mientras que posiciones que históricamente se ubicaban en la centroizquierda adoptan, de facto, los marcos discursivos del capital. La moderación se confunde con responsabilidad política, y la radicalidad con inmadurez o extremismo.

La apuesta por el extremo centrismo como vía para disputar la gobernanza institucional ha demostrado ser profundamente nociva. Al concebir la política como una acumulación de subjetividades electorales y no como una disputa por las capacidades reales de determinar el curso de la creación y distribución del valor, la izquierda liberal se vuelve un actor más del orden. La gestión sustituye a la transformación, y la eficacia administrativa reemplaza a la voluntad emancipatoria.

No puede ignorarse el papel que han jugado los relatos mediáticos en esta deriva. La extrema derecha ha sido particularmente eficaz en convertir la política en un ejercicio de repetición performativa, donde la verdad se legitima por saturación y desborde y no por correspondencia con lo real. Sin embargo, sería un error atribuirle todo el mérito de esta distorsión. La izquierda progresista liberal ha adoptado, por conveniencia, esa misma lógica comunicacional para asegurarse un lugar en la representación democrática burguesa, aceptando las reglas de un juego diseñado para neutralizar cualquier amenaza sistémica.

Es cierto que resulta sencillo, a posteriori, señalar los errores y erigirse en crítico de lo ya acontecido. Este texto no pretende instalarse en la comodidad del reproche retrospectivo, sino proponer una lectura honesta de un ciclo político que mostró sus límites y que no hacerse dicho análisis es condenar la acción política al mero ritual de una resistencia estéril. Hoy, más que nunca, se vuelve imprescindible abandonar las administraciones cosméticas del capitalismo y avanzar hacia la construcción de alternativas que enfrenten de raíz las causas de la desigualdad y la dominación. De lo contrario, cada concesión liberal seguirá alimentando la radicalización fascista de quienes quedan fuera de la promesa incumplida.

Construir una izquierda revolucionaria en el siglo XXI no implica refugiarse en la nostalgia ideológica ni en un radicalismo del ideal deber ser. Exige, por el contrario, recuperar los fundamentos críticos para elaborar una estrategia eficaz en las condiciones actuales. La ideología no es el problema; la renuncia a ella es lo que ha permitido que la propaganda liberal erija un mundo invertido, donde los explotadores se presentan como héroes morales. Reconocer esta inversión es el primer paso para desmontarla y para reabrir, sin complejos ni modales prestados, la disputa por una emancipación real de los pueblos.

Queda claro que, para las y los marxistas, la primera tarea es dar el ejemplo: converger estratégicamente para incidir efectivamente en la política y poder recuperar la posición como alternativa real y posible. La posibilidad de criticar e interpelar los “modales liberales” no pretende hacerse desde la asepsia del “animal puro” sino desde el reconocimiento de lo que la izquierda revolucionaria ha dejado pasar y que corresponde hacerse cargo.

Concomitantemente a lo anterior, reconocer la diversidad y pluralidad de sectores que podemos articularnos en la lucha contra el neoliberalismo y plantarle cara a la amenaza fascista requiere también saber ideológicamente entre quienes estamos hablando, puesto que, bastará ver la historia y la realidad concreta actual para advertir que estas concesiones ideológicas han sido campo fecundo para fragmentar el tejido social y entregar al enemigo a los sectores populares.

Entender la crítica como herramienta para profundizar la unidad; para comprendernos desde las diferencias; para reconocer los límites estratégicos y también para saber definir las batallas fundamentales que hoy tenemos. Porque queda claro que enfrentar al fascismo sólo es posible reconociéndolo como instrumento del capital y por ello es menester recuperar el horizonte socialista como alternativa histórica.

Tal como señalaba Marx: "Nuestra tarea es la crítica despiadada y mucho más contra aparentes amigos que contra enemigos abiertos" y eso requiere tener la calidad moral, refrendada en la efectividad del trabajo político, para hacerlo.

No es momento de “guardar las formas”. Si la izquierda quiere cambiar el mundo tendrá que reconocer que no hay que disculparse con nadie por las molestias causadas.

Gráfica de @earthliberationstudio

 

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