Arte urbano y gráfica política: Una mirada al arte callejero y su contenido

toxicos
Miércoles 14 de Agosto de 2019

Quito al igual que muchas ciudades del mundo, se encuentra atravesado por el fenómeno del arte urbano, que tiene expresión a nivel cultural con diferentes matices. A la vez que proyecta diferentes ideas y propuestas, se materializan en los espacios públicos. No resulta una novedad encontrarse con todo tipo de imágenes, con estilos distintos y varios contenidos.

Sin embargo, llama la atención encontrarse con mayor frecuencia en la ciudad, varias piezas artísticas con contenido político de denuncia y critica, de forma implícita como explicita, que sirven  de elementos comunicativos colectivos. En este sentido vale preguntarnos ¿Qué es lo que busca proyectar el arte urbano y qué relación tiene con la política? En primer lugar, cabe argumentar sobre el uso del espacio publico y la importancia que tiene para el “Street Art”.

Los espacios públicos son por excelencia constructores de identidades colectivas, y el Arte Urbano construye la suya sobre las paredes de la ciudad. Bajo la consigna de “transgresión a la propiedad privada y pública”, la acción que promulgan muchos artistas como: “Toxicómano Callejero” (COL), HTM (ECU), APITATÁN (ECU), SERES TÓXICOS (UIO), es vista como un acto artístico y político a la vez. 

Lo político en el Arte Urbano no solo queda reducido a la apropiación del espacio, sino que trabaja también sobre las ideas de crítica y denuncia, dirigidas a varios actores e instituciones políticas de nuestro país. Son los casos de las denuncias hechas en contra del desentendimiento del Gobierno Nacional en torno al caso de Michelle Montenegro desaparecida en el año 2018, como también las críticas y denuncias hechas contra las políticas de ajuste del FMI en el Ecuador; en ambos casos se hizo el uso de dispositivos visuales artísticos.

La gráfica política tiene su propósito, que es proyectar una posición respecto a la política y los diferentes temas de coyuntura que atraviesan el país. Entender la posición que toma cada artista respecto a lo que proyecta, resulta mucho más fácil cuando su contenido es claro y explicito. Esto es evidente en  grafittis, stencils, carteles y consignas que desaprueban la gestión del gobierno y que condena a la clase política ecuatoriana.   

La valoración que tiene el arte urbano respecto de la mirada del publico espectador, es reducida en términos económicos, puesto que este no atraviesa los mecanismos del arte convencional. Por el contrario, este busca una valoración subjetiva y no económica en sus espectadores, al proyectar contenidos que pretenden sensibilizar a los sujetos a través de lo estético.

De esta manera podemos situar al arte callejero al otro lado del arte convencional hegemónicamente establecido, y de su falsa proyección, producto de su reproductividad técnica y propio de las relaciones capitalistas. (Benjamín, 2003). La contrahegemonía que plantea el arte callejero, es en el plano comunicativo, donde busca espacios de expresión no convencionales, lejos de las galerías y museos, lejos de los esquemas convencionales desde donde se entiende al arte, y con un apego hacia lo público y común.

La importancia de lo político en el arte, se determina desde el rol de este en su producción, ¿cómo, y para que se ejecuta?, ¿donde se lo produce? Y ¿para quien esta dirigido? A su vez permite generar perspectivas entorno a la apreciación del arte y sus contenidos.

En Quito el arte urbano con contenido político no es una novedad, pero se vuelve una tendencia en su uso, tanto desde artistas independientes como de colectivos populares, que buscan en este, una herramienta para construir comunicación en espacios de concurrencia masiva.

Varios son los casos de espacios intervenidos y que han generado un debate público entorno al arte urbano y el grafitti, y sobre las sanciones que se deben tomar en contra de los que practican este arte. Entre las intervenciones más destacadas están: “Grafiti en el metro de Quito” (VANDALS, 2018), “El amor no tiene género” (Apitatán, 2019), “Nos falta Michelle” (Sublevo 2019)

Pese a que el municipio a destinado lugares para que artistas callejeros puedan producir su arte, la demanda de un mayor control sobre esta actividad, no se hace esperar por parte de los habitantes de la ciudad, quienes, en gran parte, sienten rechazo que va determinado por los costes materiales que produce esta actividad.