Solo el pueblo salva al pueblo: Lula, la batalla cultural y el tecnofascismo en América Latina
El pasado domingo en Brasil, en medio de un proceso electoral que prometía convertirse en un trofeo más de la ultra derecha continental comandada por el gusano Marco Rubio y su amo naranja, Luis Ignacio Lula da Silva fue elegido presidente por cuarta vez. El poder del algoritmo y la maquinaria de propaganda política de los Cerimedo y los Negre, propulsado por pasquines ideológicos como la Derecha Diario y financiados por el imperialismo sionista, fueron vencidos en su propio juego, marcando un revés y una derrota política histórica para la ultra derecha.
Es necesario entender lo sucedido en términos categóricos: una victoria progresista en Brasil, en el contexto actual de tecnofascismo e imperialismo de recursos, no significa en ningún caso haber vencido al fascismo, sino que representa un freno momentáneo a una tendencia política que se encuentra marcando el ritmo del actual momento histórico. El fascismo no se vence en las urnas ni se discute, sino que se combate y se destruye.
Uno de los principales factores que permitieron una victoria de Lula en Brasil, consiste en tomar la batalla cultural como eje central en el momento actual de la lucha de clases, centrándose en la construcción de sentidos en la pugna por la hegemonía y en específico, el sentido común.
Lula indiscutiblemente ganó las elecciones en Brasil este 25 de octubre, dándole un giro de 180 grados a la tendencia regional, que mediante elecciones ha llevado al menos a 13 mandatarios de ultraderecha en América Latina al poder, siendo Abelardo de la Espriella y Keiko Fujimori los más recientes ejemplos. Y aunque los más entusiastas se llenan de esperanza, y sectores más cautos llegan al entusiasmo o por lo menos al alivio, es importante desmenuzar esta victoria de la izquierda latinoamericana, su escenario de calle como también virtual, y el cambio o tensión en la correlación de fuerzas en toda Latinoamérica, entre el Escudo de las Américas –o el Ministerio de las Colonias- y los pocos territorios y países que resisten a contracorriente.
Por un lado, es imperante mantener la cautela frente la alianza entre los diversos sectores del campo popular de toda Nuestramérica, que hemos llegado casi unánimemente al acuerdo de apoyo a Lula en Brasil para estas elecciones de octubre de 2026. ¿Por qué? Porque su amplitud nos enfrenta a disparidades en la correlación de fuerzas entre los mismos aliados, que contempla desde las barriadas y los campesinos de organizaciones de base, hasta progresismos que conservan espacios de poder en el Estado. Es fundamental prestar atención y no negociar nunca, ni con amigos temporales, ni nuestros intereses de clase.
Sin embargo y más allá de las legítimas reservas frente a los progresismos y su papel en la historia reciente de la región, la victoria de Lula en Brasil demostró la importancia del voto para la salud democrática de América Latina, en un contexto de pérfida alianza entre la tecnocracia de Silicon Valley y el imperialismo yanqui sionista para la implementación del tecnofascismo como su proyecto civilizatorio. El triunfo de Lula en las elecciones de Brasil, se traduce a una verdad irrefutable: la única fuerza que podemos acumular colectivamente los pueblos, es la fuerza de la masa.
Materialmente tenemos la posibilidad de ejecutar y construir poder popular gracias a nuestra condición de ser la inmensa y descomunal mayoría. De la población mundial de aproximadamente 8.300 millones de personas, solo 3.000 son billonarios. Esto representa el 0,000036% de la población mundial, y solo el 1.6% de la población mundial es millonaria. Ahora, dar el salto de movilizar a las masas electoralmente a movilizar a las masas para que construyan una voluntad colectiva de transformación, bien puede depender de como manejemos la batalla cultural en las redes sociales.
¿Por qué volver a las cifras? Porque en un escenario electoral que se define en las redes sociales, mismas que están controladas por ese mismo puñado de billonarios que son la más desvergonzada minoría, demostramos una vez más que solo el pueblo salva al pueblo. Es decir, si la tecnocracia fascista no logra transmutar la simulación del consenso a las masas y su ejercicio electoral, entonces no logran hacerse del poder vía electoral. Asimismo, estas elecciones demuestran que la batalla cultural es inefectiva si no nos tomamos con brutalidad las redes sociales, contrarrestando orgánicamente las granjas de bots que sujetos como Cerimedo, financiados por el Departamento de Estado de los EE.UU y el Estado de “israel”, manejan a lo largo y ancho del continente.
Brasil es el país con el mayor territorio perteneciente a la cuenca del Amazonas, albergando un total de más del 60% del pulmón del mundo. Recordar que durante la presidencia de Bolsonaro padre entre 2019 y 2023, la Amazonía brasilera sufrió los incendios más devastadores registrados históricamente, con un incremento del 400% respecto al periodo de gobierno anterior -un total de alrededor de 7 millones de hectáreas-. Este pérfido método mal llamado en lenguaje técnico como “cambio de uso de suelo” refleja la imposición de lógicas de expropiación y apropiación exportadas por el Estado de “israel”, mismo que comete este tipo de crímenes durante décadas en contra de la población campesina palestina. Una vez arrasado por el fuego, el antiguo Amazonas se convierte en tierra fértil para vacuno y megamonocultivo de soya.
En el contexto de Brasil, luchar en contra del imperialismo, del cual la catástrofe climática provocada por el sistema capitalista es una de sus bases, implica también organizar un ecologismo clasista. En palabras de Chico Mendes, líder histórico de las luchas ecologistas brasileras, el ecologismo sin lucha de clases no es más que jardinería. Actualmente asumir una posición de clase en cualquier trinchera resulta imperante para vencer el tecnofascismo.
La victoria de Lula en Brasil, no solo genera por sí misma una especie de antiescudo frente al Shield de Rubio, sino que además debería considerarse el último llamado de emergencia a la activación irreductible de una militancia que se encuentre realmente a la altura de la historia. Es decir, que reconozca que nos encontramos en un momento extremadamente agudo de la lucha de clases, no porque la ebullición en las calles –que aún es escasa e insuficiente-, sino porque nos enfrentamos a una fuerza destructora nunca antes vista: el tecnofascismo. Es precisamente por la disparidad abismal en la correlación de fuerzas entre las capacidades de la ultraderecha tecnócrata y la mayoría de los pueblos, que esta lucha en efecto nos enfrenta al destino que Antonio Gramsci ya había profesado:
“El incendio revolucionario se propaga, quema corazones y cerebros nuevos... La revolución prosigue, hasta su completa realización... Y la vida es siempre revolución. Instrúyanse, porque necesitaremos toda nuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitaremos toda nuestra fuerza” (1919).
En otras palabras, llegó la hora de construir el bloque histórico, un frente antifascista, antineoliberal y por la construcción del socialismo en América Latina. ¿Por qué por el socialismo? Primero que nada, por principio, porque de ninguna manera podemos imaginar y construir un mundo en el que las y los trabajadores, todos y todas nosotras, estemos enajenados del fruto de nuestro trabajo. Entonces sí, el principio de nuestro mundo mejor posible, necesariamente tiene que ser “cada quien según su capacidad, a cada quien según su trabajo”.
En segundo lugar, porque tenemos en nuestro continente y como pueblo hermano al de Cuba, que ha mostrado no solo que el socialismo es posible, sino que funciona, siendo hasta el día de hoy y bajo un bloqueo genocida que aprieta más cada día, faro de toda la humanidad, la dignidad y la libertad de los pueblos del mundo. Y en tercer lugar, y más importante, porque tenemos que aprender de la lección que la era de los progresismos latinoamericanos nos ha enseñado: o cambiamos de modo de producción y decididamente construimos el mundo para quienes somos más, o pereceremos como pueblos y territorios frente a la arremetida que preparará la burguesía internacional, la oligarquía local y la tecnocracia que las controla, si no cambiamos radicalmente de paradigma civilizatorio.
Una vez más, nos enfrentamos a la posibilidad de la extinción como especie. La construcción simbólica de la Tercera Guerra Mundial se consolida a paso acelerado cada día. El imperialismo yanqui sionista acosa con más intensidad a Irán, mientras la correlación de fuerzas en Medio Oriente parece transformarse por medio la firmeza e inteligencia de Irán, y con la victoria heroica de Ansar Allah en Yemen sobre las fuerzas de Arabia Saudita y la resistencia heroica de Hezbollah en el Líbano, de la resistencia en Palestina.
La guerra entre Ucrania y Rusia sigue escalando, las tensiones alrededor de la reunificación de China, así como la militarización total de América Latina. En este continente, Cuba que sin lugar a dudas el primero y único territorio libre de América, y su pueblo está siendo sometido a un genocidio dirigido por el gusano mayor, Marco Rubio; México y la barrera que representa materialmente entre los EE.UU. y Latinoamérica, y ahora más que nunca Brasil, que ha evitado sucumbir a la trampa electoral con masa electoral y un pacto latinoamericano antifascista.
Más nos vale reconocernos y organizarnos antifascistas, de hoy y para siempre. Y más nos vale hacerlo en las calles y en las redes.