En el ojo del huracán

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Miércoles 18 de Septiembre de 2019

Noticias desconcertantes procedentes del nor-este de Alemania hacían titulares el pasado 1 de septiembre. Como indican los resultados de las elecciones seccionales de los dos estados federales de Berlín-Brandenburgo y Sajonia, comenzó a cristalizarse lo que amplios sectores de la población temen y a lo que aludían desde hace años movimientos antifascistas: la ultra derecha nacionalista se encuentra en auge. Como en 1933, cuando el Partido Nacional Socialista de Alemania (NSDAP, por sus siglas en alemán) tomó el poder por sorpresa -luego de más de una década de militancia clandestina- los partidos de extrema derecha a lo largo de Europa se encuentran calentando motores para pasar de la defensiva a la ofensiva, de la oposición a querer volver a tomar el poder y formar gobierno en tan solo unos años.

Con la mirada puesta en las elecciones seccionales en cuestión, en Berlín-Brandenburgo, bastión histórico de la socialdemócrata SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania), la Alternativa para Alemania (AfD) se constituye así en la segunda fuerza, con 23,5% del voto. Esto supone una mejora ante las últimas elecciones de 11,3 puntos porcentuales. La SPD le lleva la delantera con un margen menor a 3%, con un total de 26,2%. En Sajonia, la AfD también arrasó en comparación a los comicios de 2014, posicionándose con 27,5% también como segunda fuerza política en el parlamento del estado federal. Este partido pudo ser contenido, al igual que con la SPD en Berlín-Brandenburgo, únicamente por la fuerza política que hasta ahora ha formado los últimos gobiernos, siendo en este último caso el partido de centro derecha de la canciller Angela Merkel, la CDU (Unión Democrática Cristiana).[1] En ambos estados federales, la Izquierda (Die Linke, La Izquierda) alcanzó un resultado atroz, con 10,7% en Berlín-Brandenburgo y 10,4% en Sajonia. Este movimiento político se encuentra atravesando una crisis de falta de liderazgo político sin precedentes, después del cambio de su cúpula política, representada por Gregor Gysi hasta el año 2015.

Los resultados de los últimos comicios seccionales en Alemania denotan una clara tendencia que comienza a aglutinarse en torno a la nueva y extrema derecha, pues a pesar de la pérdida significativa en votos tanto para la SPD y CDU, en ambos estados federales, la mayoría de lxs nuevxs votos de la AfD corresponden a votantes que sufragaron por primera vez. Este hecho da ejemplo de una reorientación del electorado joven hacia la ultra derecha, a la cual se aduce un importante porcentaje de votación como forma de protesta hacia los partidos tradicionales. El descontento se materializa en un apoyo masivo a un partido abiertamente fascista en el nor-este en las elecciones del pasado 1 de septiembre.

Los comicios, más allá de representar una instantánea del momento político que puede estar atravesando Europa, connotan y profundizan la crisis generalizada en la cual se encuentra el capitalismo. Esta se expresa en una crisis financiera de carácter estructural, además de una crisis política, ligada estrechamente al problemático concepto de Estado-nación en un primer plano y a la misma crisis social. Esta última es el fiel reflejo de la última crisis financiera de 2009, la cual se produjo bajo preceptos neoliberales y un proceso violento de reacumulación de capital, materializado en despidos y privatizaciones masivas a nivel continental y una condicionalidad férrea promulgada por la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Se suma también la crisis ambiental, que se exacerbará en los siguientes años y que conllevará -por si misma- a una agudización del resto de fenómenos descritos anteriormente.

Después de estas últimas elecciones, la izquierda institucionalizada en Alemania pasó a reconocer el triunfo parcial de la ultra derecha como su propia derrota, ya que los estados federales sobre todo del este de Alemania constituían hasta ahora su bastión histórico en términos electorales. Es posible aludir una culpabilidad directa del partido La Izquierda en este proceso y en términos más generales, se vislumbra un estancamiento de los movimientos políticos a nivel institucional en la mayor parte de Europa, con la clara excepción de Portugal. La historia parece repetirse ante las miradas impávidas de los sectores que se enarbolan con la defensa de la democracia y el Estado de derecho. Parece que las dinámicas sociales y políticas actuales exceden su potencial de respuesta conceptual, ante una clase obrera europea en descomposición, como también de los partidos que pretenden representarlos en términos históricos.

Las elecciones a nivel federal en Alemania y Países Bajos en 2021 y en Francia en 2022 seguirán sin duda las tendencias que ya se establecen a nivel regional y que se vislumbran a nivel europeo en un futuro próximo. El Reino Unido cuenta ya en la actualidad con su Trump británico, encarnado por Boris Johnson. Adicionalmente, España se encuentra sumergida en un nuevo dilema político que les imposibilita a los partidos políticos a formar una mayoría legislativa y por ende, gobierno. Parece inevitable que se convoque a comicios adelantados nuevamente, los cuales podrían volver a catapultar a España a un limbo político. Este mismo círculo vicioso se prolonga en el Estado español desde el gobierno minoritario de Rajoy en 2016 y los escándalos de corrupción que lo acompañaron.

Para sectores que se autodenominen como progresistas, antifascistas, anticapitalistas, o que se encuentren -en lo mínimo- en favor de la supervivencia de la humanidad, el avance de la extrema derecha, sea en Europa, América Latina, o cualquier otra latitud, debe ser inadmisible en cualquiera de sus formas. Los sectores antifascistas necesitan organizarse tanto en Europa como en América Latina. El antifascismo puede y debe constituirse en un nuevo frente de oposición a estas corrientes, las cuales deshumanizan a personas para mantenerlas oprimidas, divididas y enfrentadas entre sí. Esta alianza, como lo reconocía el recientemente difunto Immanuel Wallerstein, tiene que ser genuinamente internacionalista, sobrepasando las lógicas divisorias de los Estados-nación. Yo añadiría que una corriente que realmente combata el fenómeno del fascismo necesitaría una espina dorsal fundamentalmente antinacionalista y antimperialista. Un movimiento global antifascista sin duda reuniría suficiente poder contestatario para enfrentar las fuerzas que yacieron dormidas durante una buena parte del siglo XX, comenzando siempre por lo local. Retomando las palabras de Martin Luther King, “lxs que aman la paz deben aprender a organizarse igual de efectivamente que lxs que aman la guerra”. Y finalmente, tanto el capitalismo como el nacionalismo terminan siendo la misma cosa ¡No pasarán!

 

Referencias bibliográficas

[1] https://www.tagesspiegel.de/politik/afd-erfolge-bei-den-landtagswahlen-sachsen-waehlten-aus-ueberzeugung-afd-die-brandenburger-aus-protest/24967128.html

 


 

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