Alienación y supervivencia: los retos civilizatorios en la disputa de la hegemonía
La lucha política en el siglo XXI se desarrolla en un terreno profundamente alterado por las transformaciones del capitalismo tardío. Si en otros momentos históricos el conflicto entre clases encontraba su expresión en espacios relativamente identificables tales como la fábrica, el sindicato, el partido, la calle, hoy se despliega en un escenario difuso donde los conglomerados mediáticos, las plataformas digitales y las economías de la atención operan como los principales arquitectos del sentido común y configuradores del deseo civilizatorio. En este contexto, la disputa por la hegemonía se ha desplazado desde los espacios tradicionales de organización hacia territorios simbólicos donde el poder no solo administra recursos, sino que moldea subjetividades.
La alienación, categoría central del pensamiento marxista, adquiere en nuestro tiempo una profundidad inédita, probablemente hayamos llegado a un punto en el que lo señalado por Marx ha encontrado su posibilidad técnica para su materialización absoluta. Ya no se trata únicamente del despojo del trabajador respecto al producto de su trabajo, sino de una enajenación que penetra la propia estructura de la conciencia social. Como ha sido señalado, la aceleración tecnológica y la virtualización de las relaciones humanas han configurado nuevas formas de subordinación simbólica que transforman radicalmente la relación del individuo con su comunidad política. En esta dinámica, el sujeto contemporáneo no solo está alienado de su trabajo, sino también de su condición de ciudadano e, incluso, de persona.
Los grandes conglomerados del oligopolio corporativo mediático desempeñan un papel fundamental en este proceso. A través de narrativas simplificadas y vaciadas de contenido político, logran instalar marcos interpretativos que naturalizan las relaciones de dominación. La política se presenta entonces como espectáculo, como disputa superficial de opiniones o como un ejercicio técnico reservado a especialistas. Se desactiva así su dimensión conflictiva y transformadora. La hegemonía neoliberal no se sostiene únicamente en la coerción económica o institucional, sino en la construcción de una narrativa cultural que convierte el orden existente en horizonte único de lo posible y deseable.
En este escenario emerge un sujeto, en términos existenciales, profundamente fragmentado e instrumentalmente disociado. La fractura y antagonización entre intereses materiales y valores subjetivos se convierte en una de las características más dramáticas de nuestra época. Amplios sectores de la clase trabajadora defienden con fervor ideológico proyectos políticos que, en términos materiales, profundizan su propia precarización. Esta aparente paradoja no es el resultado de una simple manipulación mediática, sino la consecuencia de un proceso histórico de reconfiguración de la subjetividad política a partir de la ruptura del yo y el nosotros. Hoy lo social es una experiencia radical de yuxtaposiciones disfuncionales que únicamente comparten un espacio descontextualizado y disfuncionalizado, respecto a cualquier elemento común por fuera de los mínimos elementales que la reproducción de la estructura del capital requiera.
El neoliberalismo ha logrado instalar una utopía aspiracional que reemplaza la conciencia de clase por una narrativa meritocrática. El sujeto-individuo ya no se percibe como parte de un colectivo explotado, sino como un emprendedor en potencia que aún no ha alcanzado el éxito. La pobreza deja de interpretarse como una consecuencia estructural del sistema económico para convertirse en un fracaso personal. De esta forma, el conflicto social se invisibiliza y la desigualdad se naturaliza. Una suerte de reversión de la carga de prueba donde no es la estructura la que somete sino el sujeto el que no logra asimilarse a la dinámica de la real-society en tanto que la real—politik le resulta extraña y ausente.
Este desplazamiento ideológico produce un fenómeno particularmente inquietante: el sujeto contemporáneo es incapaz de pensarse políticamente desde su posición de clase. La pertenencia al mundo del trabajo se diluye en un imaginario aspiracional donde cada individuo se proyecta simbólicamente hacia un lugar que rara vez habitará. El ser queda subordinado ya ni siquiera a un deber ser sino a un querer ser configurado desde los polos hegemónicos de modelación del deseo. La existencia concreta es reemplazada por una identidad idealizada que opera como horizonte de sentido y como posibilidad performativa mediada tan solo por la voluntad individual sin que intervenga, en apariencia, ningún tipo de condicionante histórico.
La hegemonía neoliberal no solo administra los recursos económicos del planeta, sino que coloniza los imaginarios colectivos. En la medida en que los medios de comunicación y las plataformas digitales configuran las matrices narrativas de la vida social, la experiencia cotidiana se encuentra atravesada por representaciones que dislocan la percepción de la realidad. El sujeto vive entonces en una especie de simultaneidad contradictoria: experimenta materialmente la precariedad, pero interpreta simbólicamente su vida a partir de relatos que prometen prosperidad individual. Este proceso ha sido acompañado por una profunda despolitización de la vida social. La polis, entendida como espacio de deliberación colectiva sobre el destino común, se encuentra erosionada por dinámicas de individualización extrema. Las relaciones sociales se fragmentan en circuitos algorítmicos privados de interacción donde el otro -igual en condición de clase- aparece más como enemigo que como aliado potencial. En este contexto, la acción colectiva se vuelve cada vez más difícil de articular.
La alienación contemporánea no consiste únicamente en la explotación económica, sino en la disolución de los vínculos que permiten reconocer esa explotación. El sujeto aislado se encuentra atrapado en una red de significados que refuerzan su impotencia política. La saturación informativa, lejos de democratizar el conocimiento, produce una especie de ruido abrumador permanente que dificulta la construcción de interpretaciones críticas. La política se diluye en un flujo interminable de estímulos mediáticos donde todo parece igualmente relevante y, por tanto, igualmente irrelevante. La desposesión del “tiempo muerto” supone la privación del tiempo para pensar, por ello que los libertarios tengan como agenda fundamental llevar la carga del trabajo a niveles de agobio radical a fin de impedir cualquier posibilidad de cuestionamiento.
Sin embargo, esta situación no debe conducir a un diagnóstico fatalista. La hegemonía nunca es absoluta; siempre contiene fisuras y grietas en el bloque histórico. La propia crisis civilizatoria que atraviesa el capitalismo contemporáneo. expresada en la desigualdad extrema, la devastación ambiental y la precarización generalizada de la vida, abre espacios para la emergencia de nuevas formas de conciencia política. Allí donde el sistema revela con mayor crudeza sus contradicciones, también se gestan las condiciones para su cuestionamiento. Los sepultureros de los que habló Marx no han muerto, están viendo su teléfono.
El desafío fundamental de nuestro tiempo consiste en reconstruir los vínculos entre experiencia material y conciencia política. Esto implica disputar las narrativas que sostienen el orden neoliberal y recuperar la dimensión colectiva de la existencia humana. La politización de la vida cotidiana se convierte así en una tarea estratégica para cualquier proyecto emancipador.
No obstante, la politización por sí sola no es suficiente. Las fuerzas revolucionarias enfrentan un problema histórico de fragmentación que debilita su capacidad de intervención. En un contexto donde las derechas radicalizadas logran articular discursos simples pero efectivos, la dispersión de los sectores transformadores se convierte en una ventaja estructural para las élites.
Por ello, uno de los retos civilizatorios más urgentes consiste en construir espacios de convergencia ideológica entre las distintas corrientes del pensamiento crítico y de la acción política emancipadora. La diversidad de fuentes y perspectivas revolucionarias no debería ser motivo de dispersión, sino una riqueza estratégica capaz de nutrir un horizonte común de transformación.
Esta convergencia debe materializarse en la elaboración de un programa único de acción política que permita articular luchas sociales diversas en torno a objetivos compartidos. Un programa que no solo formule horizontes utópicos, sino que sea capaz de producir conquistas concretas en el terreno de la política real. Incluso en escenarios adversos, marcados por el avance del autoritarismo y las formas contemporáneas del fascismo, es imprescindible construir evidencias tangibles de que la acción colectiva puede transformar las condiciones de vida.
La política emancipadora no puede limitarse a la denuncia moral del sistema. Debe demostrar en la práctica que existen alternativas viables al orden dominante. Cada conquista social, por pequeña que parezca, constituye una fisura en la narrativa del “no hay alternativa” que el neoliberalismo ha instalado durante décadas.
Al mismo tiempo, resulta imprescindible abandonar las lógicas de equidistancia que, bajo la apariencia de neutralidad, terminan funcionando como formas de complicidad con los enemigos históricos de los pueblos. En momentos de polarización estructural, la indefinición política no representa una posición ética superior, sino una forma de capitulación ideológica.
Disputar la hegemonía en el siglo XXI implica asumir con claridad el carácter conflictivo de la historia. Implica reconocer que la lucha de clases sigue siendo el motor de las transformaciones sociales, aunque adopte formas nuevas y complejas. Pero también implica recuperar la dimensión profundamente humana de la política: la capacidad de construir comunidad, de imaginar futuros compartidos y de organizar la esperanza.
En última instancia, la batalla por la hegemonía es también una batalla por la supervivencia civilizatoria. Frente a un sistema que produce alienación, fragmentación y desesperanza, el desafío consiste en reconstruir las condiciones de posibilidad para una vida común basada en la dignidad, la justicia y la solidaridad. Resensibilizar desde los afectos, recuperar la esperanza desde la consciencia ideológica y la convicción de la militancia como ética de vida.