Los Soviets y el quiebre de la izquierda actual

Soviets
Viernes 26 de Octubre de 2018

En un mundo cambiante, en donde la antigua moral y religión van perdiendo su valor para entender e interpretar el mundo, con mujeres y hombres expuestos a un flujo de información inédita a través del internet, el hablar de propuestas organizativas que ya cumplieron más de un siglo puede parecer un anacronismo sin sentido para tratar los problemas de la liberación de la humanidad del yugo del fetichismo capitalista en el 2018.

Y lo son, ya que reducidos al minúsculo campo de acción y pensamiento de los partidos comunistas y socialistas, los que se han encargado de generar discursos tan rimbombantes como inútiles para anclarse al poder del estado burgués mientras continúan difundiendo sus áridas letanías llenas de posturas románticas; han disminuido el estudio serio de las contradicciones a la exaltación heroica, la dialéctica a mecanismo dogmático y la historia a una interminable elegía proletaria, quitando la posibilidad de estudiar de manera crítica el fenómeno que es sustituido por el dogma de la represión y de construir la base de acción revolucionaria amplia del bloque de los explotados de la sociedad.

Todas estas posiciones de los partidos de izquierda que responden más a la metafísica cristiana, que a la aplicación rigurosa de la dialéctica y al desarrollo del pensamiento popular, no entienden que el proceso de ascenso de la lucha social, no tiene necesariamente un representante claro, diáfano u organizado, como nos lo demuestra la experiencia de los Soviets durante la revolución de febrero, la de octubre e incluso en el periodo entre estos dos hechos que cambiaron al mundo.

Los Soviets, en su forma original y posicionamiento político, es un tema de amplio estudio por las lecciones históricas que nos deja, que no debe pasar por el filtro reduccionista de quienes se consideran como herederos de la tradición Bolchevique como único punto de análisis, sino, y fundamentalmente, de cómo estos fueron base del proceso revolucionario en Rusia desde 1905 (Nin, 1932), entendiéndolos en su verdadera dimensión superadora, incluso del mismo rol del partido, ya que son la primera organización de nuevo tipo generada a partir de la toma de conciencia en si por parte del pueblo explotado y las contradicciones sistémicas.

Por tanto hay una diferencia entre partido, como una expresión instrumental, y los soviets, como la forma original que asume el poder popular alrededor de nuevas maneras de entender el gobierno del pueblo, como posibilidades que no existen dentro del esquema de gobierno burgués o sus instituciones. Es claro que el partido solo, sin el soviet, no hubiese logrado destruir al gobierno burgués “Sin los soviets, la organización del partido no hubiera podido arrastrar a las masas a la lucha armada ni crear aquella atmósfera de combate y solidaridad que alentó a inmensas masas obreras” (Nin, 1932, pág. 3)

 Al analizar críticamente la revolución Rusa, Rosa Luxemburgo sostiene que en la contradicción entre democracia o dictadura, donde se posicionan Kautsky contra Lenin y Trotsky, estos últimos se definen por la dictadura de un “puñado de gente” lo que es un modelo burgués (Luxemburgo, 1976), lo que quita el carácter de clase al gobierno revolucionario ya que “dictadura de la clase significa, en el sentido más amplio del término, la participación más activa e limitada posible de la masa popular, la democracia sin límites” (Luxemburgo, 1976, pág. 214). Esto nos abre el cuestionamiento, ¿no es acaso entonces un error la concepción de una vanguardia minúscula que puede direccionar los destinos de la mayoría? 

El Soviet, como experiencia histórica concreta, no fue controlado por comunistas o las distintas facciones o camarillas, de hecho, no fue sino hasta el arribo de Lenin que se pudieron limar las fuertes asperezas con las que los dirigentes bolcheviques conducían sus relaciones (Nin, 1932). En estos espacios, coexistían campesinos, pequeños burgueses, socialistas y anarquistas, a pesar que el que sería Partido Comunista después de la revolución, no aceptaba con facilidad su presencia o el hecho de que no asuman de manera integral su programa. Es en este marco que su valor fue la diversidad, por cuanto “agrupaba a todo el proletariado” no únicamente a una facción que estaba de acuerdo, por otro lado, su limitación fue la vacilación de la pequeña burguesía, elemento que llevó al fracaso a varias de las iniciativas de los soviets (Nin, 1932).

Por eso es que en esta fórmula amplia se proyectó la primera revolución de la clase trabajadora de la humanidad, ya que logra consolidar una base social autónoma, que con prestigio y capacidad de acción representó por mucho tiempo el verdadero terror de la burguesía, es de hecho, este elemento, y no los gobiernos que se asumen como revolucionarios, hacia donde la reacción oligárquica apuntas sus armas. No es hacia los sindicatos o partidos, es hacia las organizaciones autónomas de base que construyen otras formas de poder que no pueden ser encuadrados en un dogma, como nos lo enseña Gramsci en su texto, “el partido y la revolución” cuando señala que esa fijación por dominar la historia destruye la organización popular (Gramsci, 1973).

La acción revolucionaria desde lo diverso, no desde lo único o mesiánico, emerge como una contradicción con los postulados de unidad ideológica del centralismo democrático y el rol de la vanguardia, ya que la férrea disciplina de la técnica burguesa con la que opera el partido sobre el quehacer popular deviene en intervencionismo de sus organizaciones en base al idealismo de manual, quitándole no solo el elemento espontáneo con el que actúan las masas, sino inclinando su accionar al oportunismo dentro del sistema burgués, quitándole sus cualidades contra sistémicas, domesticándolos, como fue con el movimiento proletario internacional.

En el texto antes señalado de Gramsci sostiene que “la sociedad comunista puede ser concebida únicamente como una formación natural, adherente al instrumento de producción y cambio; y la revolución puede ser concebido como el acto de reconocimiento histórico de esta naturaleza” (Gramsci, 1973, pág. 64) Y es esta naturaleza la que se le escapa al análisis de los actuales partidos, como por ejemplo, las contradicciones emergentes entre el PSUV y el movimiento de comunas, reflejo justamente de esta falta de diferenciación entre el espacio vital de desarrollo del movimiento popular –la organización de nuevo tipo basado en la experiencia histórica del soviet, de la solidaridad y la autonomía- y el partido, que finalmente es un instrumento, el que, lastimosamente, ha sido secuestrado, como nos enseña el caso de los partidos comunistas en nuestro continente, por camarillas de notables que se dedican a minucias y no a las tareas históricas con la finalidad de fondearse sus vidas de gran burgués.

Es por esto que Gramsci acota que: “el partido socialista, con su programa revolucionario, toma del mecanismo del Estado Burgués su base democrática del consenso de los gobernados” Este consenso, es muchas veces impuesto a la fuerza, como por ejemplo el EPL (de tendencia maoísta) en el Catatumbo colombiano, o el mismo PCMLE (fracción del PCE-maoísta) causa que la gente se aleje porque no hay una conexión con su cotidianidad, sino una visión idealista que pretende homogenizar bajo un molde a la acción revolucionaria, convirtiéndolo en algo un poco menos atractivo que una secta y que además justifica la violencia extrema en contra de quien dice defender. Esto causa anquilosamiento, ya que el tratar de dominar la historia, paran la capacidad creativa y espontanea con la que se desarrolla el proceso de contradicción de las clases dominadas versus las dominantes, domesticándola.

Ciertamente el accionar de las masas por mejorar sus condiciones de existencia necesita una conducción efectiva, pero la pregunta es ¿Quién y cómo se lo debe hacer? ¿Es acaso el partido, un instrumento que se valida en un momento dado de la historia, pero que a la postre sigue siendo una institucionalidad de características burguesas, el espacio de convergencia para la conducción del proceso socialista? La respuesta que empieza a ser evidente es no, y el caso de las comunas en Venezuela ratifica que la forma del Soviet es, sin lugar a duda, la forma inicial de proceso revolucionario en contra del Estado en su formas burguesas.  

En este momento no existen partidos revolucionarios en el Ecuador, todos naufragan entre el maniqueísmo radical de carácter idealista, como las plataformas basadas en el maoísmo, cuyo postulado es eliminar a quienes no poseen la ciencia sagrada del materialismo dialéctico, y por otro lado, quienes vienen del tradicional partido Comunista, que son a la postre kautskianos trasnochados con fraseología leninista, asumiendo en la práctica debates torpes –por inútiles y oportunistas-  que subyugan la clase al estado, como el materialismo vulgar y burgués de Kautsky (Korsch, 1980).

Es por aquello, que la táctica de la izquierda actual, después de los gobiernos progresistas, está condenada al fracaso, toda ella, les guste o no, porque no hemos sabido cómo generar los espacios de construcción del poder popular, y nos hemos anclado al desarrollo del Estado burgués, asumiendo sin una base teórica, que dentro de este se puede generar una lucha por el poder direccionando políticas públicas con carácter popular. Esto es mentira, porque se sigue manteniendo el instrumento de dominación, que en casos como el del Ecuador, se pone rápidamente en manos de los operadores políticos de la oligarquía.

O buenos o malos, o amigos o enemigos, olvidando, que como indica Gramsci al tratar el tema de la revolución pasiva, ninguna forma social desaparece mientras las fuerzas productivas que se encuentran en su interior encuentran posibilidades de movimiento progresivo, y que, la sociedad no se plantea objetivos para cuya solución no se hayan dado ya las condiciones necesarias (Gramsci, 1978). Si no se construyen nuestros propios organismos de poder popular, amplios, sin captaciones de vanguardias, asumiendo la experiencia histórica de los soviets, de las comunas en Venezuela, y nuestras formas de organización colectivas originarias. De otra manera estamos perdiendo el tiempo con sueños de perros.

Referencias

Gramsci, A. (1973). Consejos de Fábrica y Estado de la Clase Obrera. México: Roca.

Gramsci, A. (1978). La Política y el Estado Moderno. México: Premiere.

Korsch, K. (1980). La concepción materialista de la historia y otros ensayos. México D.F.: Ariel.

Luxemburgo, R. (1976). La Revolución Rusa. Bogotá: La Pluma.

Nin, A. (1932). Origen y carácter de los Soviets. Valencia: Cuadernos de cultura.

 

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