La independencia de ayer y hoy

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Lunes 12 de Agosto de 2019

La América de 1800 se desarrollaba en un momento histórico distinto a la modernidad capitalista, y en paralelo a las revoluciones burguesas de Europa. En estas tierras se gestaba, por primera vez en el mundo, el fin del colonialismo clásico. En África, Asia y Oceanía, los procesos anticoloniales empezarían bastante más tarde. Las revoluciones independentistas de la región americana, a diferencia de las revoluciones burguesas en Europa, fueron promovidas principalmente por criollos, terratenientes, militares e intelectuales políticos, que se convirtieron en los ideólogos de la independencia. Se insistía en conceptos como libertad, constitucionalismo y soberanía, mientras se utilizaban a conveniencia las reivindicaciones de las revueltas populares organizadas por indios e indias sublevadas y negros y negras libres.

A diferencia del discurso hegemónico que se ha tratado de implantar, las luchas independentistas en Latinoamérica, si bien se pudieron gestar únicamente por el apoyo popular, distaron de ser revoluciones populares. Tanto en cuerpo y persona, en las revueltas y los ejércitos; así como en tácticas políticas, por medio de la rapidez de la palabra como instrumento movilizador de la insurrección, lo popular, las mujeres, indígenas, negros, negras, mulatos y mulatas, jugaron un papel importante y poco reconocido en la historia. Por ejemplo, las revueltas  indígenas en San Blas y San Roque, gestaron un hito importante en la independencia con el asesinato al Conde Ruiz de Castilla en 1812. En años posteriores, decenas de mujeres populares, “indias, mulatas y negras” fueron sentenciadas a la horca, a la cárcel o al exilio por ser incitadoras a la rebelión. Ellas capitaneaban emboscadas contra el ejercito realista, armaban a la gente, retomaban tierras y liberaban presos de las cárceles.

Sin embargo, los ideólogos y en quienes recayó el poder político y económico de las nuevas  repúblicas, desconocieron como sus pares a las dirigencias y organizaciones populares y les excluyeron de la vida política de la nueva historia. Si bien en las campañas militares, los bandos patriotas liberaron esclavos y esclavas, y trataron de recuperar demandas populares para el campesinado y trabajadores y trabajadoras de la ciudad, hubo un real descuido de estos sectores por parte de los independentistas después del triunfo. El único escenario auténtico en que negros, negras, mulatos y mulatas populares tomaron las armas e hicieron una revolución en América, fue en Haití en 1804, cuando este país se convertía en el primero en el mundo en hacer una revuelta popular en contra del régimen colonial francés.

En este sentido se contextualiza claramente la famosa frase que se tomó las paredes de Quito después del triunfo de la independencia: “Último día de despotismo y primero de lo mismo”. Para las bases, los sectores populares, para las mujeres e inclusive intelectuales mestizos, el triunfo de la independencia no significó un cambio real es sus condiciones de vida. Se utilizó el poder de convocatoria popular de las ideas revolucionarias indígenas, negras, afros, mestizas y mulatas, pero se les excluyó de la vida política y económica una vez conformada la república. Tanto así, que existen décadas de distancia entre la proclamación de la independencia y la abolición de la esclavitud en varios países de las Américas.

A 210 años del primer grito de la independencia, la cuestión de la revolución permanece vigente. Aun se plantea, torpemente, al Estado como el gestor del cambio, y el poder popular es dejado de lado, o peor todavía, utilizado por las élites políticas, para sus mezquinos intereses. La pinta de “último día de despotismo y primero de lo mismo”, bien podría volver a las calles de Quito, mientras la organización popular no se logre. ¿Qué nos queda? Volver a las calles, volver a las bases, organización popular.

 

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