La extrema derecha brasileña: degenerados, blasfemos y mentirosos convencidos

BolsonaroFacho
Martes 10 de Octubre de 2018

Brasil entra en la campaña electoral de segunda vuelta con una evidente amenaza protofascista a través del candidato más votado en primera vuelta, el diputado federal Jair Bolsonaro (PSL-RJ). Lo caracterizamos como protofascismo, porque ese cuasi fascismo se da con un aumento del volumen de ataques, agresiones y amenazas. Apenas cinco días después de la victoria del capitán reformado, se registraron más de setenta actos de violencia, incluyendo el asesinato de Messtre Moa do Katendê, capoerista asesinado con doce apuñaladas por la espalda. Si eso no sirve de alerta y ejemplo es porque, realmente, como sociedad, estamos anestesiados por la cruzada contra la corrupción, ignorando que puede estar en juego el conjunto de derechos conquistados con la Constitución de 1988.

Como si no bastase el peligro del discurso, los personajes que lo sustentan son de igual pavor. Como en Saló, del cineasta italiano Pier Paolo Pasolini (Itália, 1975), el fascismo protagoniza el espectáculo de horrores y degradación de la humanidad. En la escena de la “onda conservadora” que rodea a Bolsonaro, la minúscula leyenda se transforma en la segunda mayor bancada del congreso, contando con parlamentarios que están al borde de lo grotesco y lo degenerado. Tienen un actor porno, un oficial del ejército, un cabildero de la industria de armas, un fisicoculturista anabolizado, un ridículo presentador de televisión local, pasando hasta por la decadente y extinta monarquía del segundo reinado. Algunos hablan que se trata de una “renovación política”, pero yo lo veo como un juego de oportunidades, donde lo peor del país adquirió una nueva imagen. No se trata de un argumento elitista, sino de armar un rompecabeza ante lo que se ha convertido en la difusión ideológica en la octava economía del mundo.

Las subcelebridades de la nueva extrema derecha fueron también impulsadas por la estructura de las empresas de exploración de la fe, denominadas iglesias. Me refiero específicamente a los conglomerados económicos comandados por pastores que predican la Teología de la Prosperidad y una mezcla de adoración al becerro de oro y un culto al individualismo burgués como forma de sobrevivencia en la pobreza metropolitana. Tengo la certeza de que cada lector sabrá exactamente sobre los más de diez conglomerados de extracción de riqueza no tributada a las cuales me estoy refiriendo. Son aparatos complejos, porque además del culto a la adoración, estas son propietarias de canales de televisión, colonizan la radio brasilera para dar plataforma a ciertos políticos haciendo evidente su orientación del voto y participación en la guerra cultural. En esta última cuestión, estos explotadores de la ignorancia y el desespero levantan las banderas de la homofobia a través de la defensa a la heteronormatividad monogámica, del racismo cuando atacan los territorios de religiones afro-brasileñas, de la misoginia al reproducir los papeles subalternos y “femeninos” de las mujeres, y del imperialismo al naturalizar y defender las relaciones subalternas de nuestro país frente a los Estados Unidos. En Brasil, blasfemar, arrancar dinero a quien no tiene y además cometer herejías interpretando el Viejo Testamento, da la base social para que el protofascismo haga camino al Planalto.

El nuevo normal de la política es el discurso de lo sagrado, como forma de alimentar la guerra cultural y cuyo mayor ícono es un ex astrólogo auto exiliado en los Estados Unidos: el patético Olavo do Carvalho. Cabe una reserva, Olavo puede ser tolerado como intelectual, pero diría que es un pésimo autodidacta, un atentado contra la capacidad del ejercicio del libre pensamiento. Al mismo tiempo es un peligroso publicista, incansable en el internet y que se aprovechó del potencial de las redes sociales, de las formas de comunicación intermedia a través de las tecnologías de la información y la comunicación para hacer su prédica. Olavo “el astrólogo”, encontró en Bolsonaro su grande esperanza blanca, un hombre que no le teme al ridículo y se anticipa al retorno de los “meninos do Brasil”, aquellos jóvenes ultraliberales que aprendieron a hacer propaganda ideológica en los cursos de verano de Atlas Network, financiados por los hermanos Koch. Olavo es “la cosa” en forma de propaganda irresponsable, es el portavoz del disparate sin un poco de vergüenza, hasta porque su reputación es justamente no romper lo políticamente correcto, y no se compromete con la corrección en la política y menos aún con el reconocimiento de los derechos de la diversidad, la diferencia sin desigualdad y de un país pluriétnico.

Tengo muchos más elementos del horror, pero basta con citar uno más. Aunque que parezca ridículo y absurdo, también es la suma de todos los miedos venidos de la letrina de la política mezclada con la alta sociedad. Una buena parte de los especuladores y del empresariado se sumó en esta aventura restauradora y reaccionaria y hoy babean de odio contra las conquistas populares. Las acusaciones de crimen electoral por abuso de poder empresarial en los lugares de trabajo pasaron de 120 hasta el jueves anterior a los comicios del 7 de octubre. Imaginen lo que se viene.

Pero no basta constatar la horrenda cara de una derecha desvergonzada. Es preciso ir más allá del momento y organizarnos socialmente para resistir en todos los espacios donde esté el pueblo brasilero. Como dice la letra del poeta Ze Pinto: “Porque nosotros somos la mayoría y va a llegar el día de un nuevo amanecer”.

 

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