Bolsonaro: Brasil y la articulación neoliberal-fascista en ascenso

Bolsonaro fascista
Lunes 10 de Octubre de 2018

En las elecciones federales del día de ayer en Brasil, el ex militar y candidato presidencial del Partido Social Liberal (PSL), Jair Bolsonaro, obtuvo el 46% de los votos frente al 29% de Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadoras (PT). A pesar de que habrá segunda vuelta el próximo 28 de octubre, con 17 puntos porcentuales de ventaja, Bolsonaro queda a poco de presidir la economía más grande de América Latina. Ante semejante escenario, y después de un proceso de corte popular como el encabezado por Lula Da Silva, la gran pregunta que resuena es ¿por qué aparentemente el neoliberalismo toma fuerza?

Para empezar a contestarnos es preciso señalar que el país se encuentra, desde hace dos años, en una profunda crisis política, institucional, económica y social. Luego de la caída de los precios de las commodities -que puso en jaque a todos los gobiernos progresistas de la región- y de la destitución de Dilma Rousseff como presidenta de la nación, el gobierno ilegítimo de Temer no ha dudado un segundo en desbaratar todas las conquistas sociales alcanzadas, no sin contradicciones, por los gobiernos del PT. Fiel a los sectores de poder que lo colocaron y sostuvieron todo este tiempo al frente del Ejecutivo, se encargó, entre otras cosas, de congelar la inversión social por 20 años, flexibilizar las leyes laborales y dar rienda suelta a las exigencias del “mercado”.

Con la crisis internacional y la profundización de un programa de ajuste, el deterioro de los índices económicos y sociales se aceleró. En tal marco, la pobreza aumentó, la desigualdad recrudeció, y hoy más de 13 millones de brasileños no logran encontrar trabajo. Así, la violencia social y los índices de delincuencia se dispararon, especialmente en las grandes ciudades. En respuesta a esto, tal y como todo gobierno neoliberal necesita, Temer se encargó de reprimir el conflicto social, darle más poder a las fuerzas de control e incluso, militarizar Río de Janeiro algo que no se veía desde la última dictadura que tuvo el país. En ese contexto, y como un hecho concatenado con lo que sucedía en otros países de la región, Marielle Franco, mujer activista, de la favela, lesbiana y negra, fue asesinada por denunciar los abusos del Estado en los barrios marginados de la “Ciudad Maravillosa”. Se trataba del síntoma de la consolidación de un proceso signado por el intento de la despolitización de la sociedad y la criminalizar la protesta.

Por supuesto, los primeros afectados por las decisiones económicas y represivas fueron los sectores más vulnerables de la población. Por otro lado, como siempre y al mismo tiempo, los discursos mediáticos señalaban que la razón principal de todos esos males, especialmente el del “derroche” fiscal que necesitaba ser ajustado, se explicaba por los escandalosos hechos de corrupción que involucraban a toda la clase dirigente del país. Así, las clases medias y los “sujetos emprendedores” veían como el cobro ilegítimo de los impuestos a “su esfuerzo” iba a parar a los bolsillos de unos pocos privilegiados. El Lava Jato aparecía, al mismo tiempo, como articulación de la indignación de excluidos, precarizados, asalariados y profesionales, motivo clave de la judicialización y deslegitimación de la política, proscripción del principal líder político opositor del país y habilitador del brutal ajuste como condición sine qua non de una supuesta, futura y dolorosa recuperación.

Pero, a todo esto, las acciones de gobierno del PT no solo derivaron en la enemistad de todos estos sectores sociales. Otro actor, en ascenso en toda la región, clave para la destitución de Dilma y la reproducción del discurso mediático hegemónico, entraría en juego: las iglesias evangélicas. Con una representación política considerable -formada, entre otras cosas, por más de 80 diputados en la Cámara Baja nacional- fueron tomando cada vez más fuerza y enfrentando a todo intento de reconocimiento de las demandas de las diversidades sexo-genéricas. A favor de los principios de “Dios -sacerdotal-, Patria -para pocos- y Hogar –tradicional”, aparecerían en la escena política en franco combate contra la “ideología de género”.

Tal escenario de crisis y descontentos múltiples constituyó condición de posibilidad para la emergencia de una articulación de la cual Bolsonaro es expresión: el neoliberalismo fascista. Si bien se podría decir que desde los años 80 los neoliberalismos no tienen nada de democráticos, nunca como en este caso sus principios confluirían con tanto éxito en el rechazo y la exigencia de la eliminación del otro. De hecho, el neoliberalismo, ha podido reabsorber ciertas reivindicaciones, como el matrimonio igualitario, en un sentido “progresista” o “multicultural”. Así, y a diferencia de esta alternativa, la articulación en ciernes (además del apoyo de los mercados para desregularizar la economía y hacerse del patrimonio público del país) cuenta con el respaldo de: las iglesias evangélicas para que, en nombre de Dios, se proteja a la familia “tradicional”; las fuerzas armadas y policiales, para hacer primar el orden; y de buena parte de los sectores históricamente marginados y de clases medias al recuperar el discurso de la “honestidad” y proponer una política de “mano dura” contra la delincuencia y la corrupción. De tal forma, sería posible extirpar el caos suscitado por el desmadre del populismo castro-chavista y ateo: “Brasil por encima de todo; Dios por encima de todos”.

Bolsonaro, entonces, logra capitalizar enemistades, enojos y hartazgos hacia un nuevo horizonte que, en el marco de una orientación similar a ambos lados del Atlántico, esperemos, no llegue a cristalizar. Pero no se trata de pensar este emergente como una irracionalidad o una monstruosidad. Es preciso entender la lógica de lo que sucede, la subjetividad que está de fondo y la interpelación discursiva que enormes sectores de la población consideran legítima para brindar su apoyo. Sin embargo, el asunto está en entender que no existe un una subjetividad acabada, permanente, reconciliada consigo misma y coherente. Se trata de disputar la conformación de sentidos que siempre están allí, a partir de los cuales se interpreta el mundo y de nuestro lugar en él.

Con todo, la alternativa, además de estar atentos a las vicisitudes electorales, es una nueva construcción política en la que confluyan todas las formas de subalternidad en un sentido popular y democrático, que pueda enfrentar a lo que está emergiendo en nuestra región. Es que, al mediano plazo, no se pueden disputar solo porcentajes de participación política en términos de género o cupos laborales trans mientras no se rechaza el ajuste en los sistemas previsionales de nuestros países, los cuales, aseguran las condiciones materiales de autonomía de la población feminizada de la de la tercera edad. Y, al mismo tiempo, no se puede pensar solo en un esquema redistributivo del ingreso que no discuta el problema de la matriz productiva y no tome en cuenta las formas de dominación en clave interseccional. Hay que reconstruirnos desde los sectores populares hacia la conformación de un nuevo sujeto globalmente relacionado. Si el fascismo procura nuestra enemistad, en vez de esforzarnos por tratar de sobreponer y privilegiar una lucha sobre otra, es momento de reencontrarnos en una nueva forma política capaz de enfrentar al macho emprendedor, clasista, homofóbico, colonizado/r, racista y reaccionario.

 

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