Pasar al contenido principal

El turno es de los pueblos

CUBA_LIBRE
Martes 29 de Septiembre de 2026

Los Estados Unidos han invadido Venezuela y nuestra voluntad de transformar el mundo, aunque hayan obtenido, hasta ahora, más réditos con el primer objetivo que con el segundo. Los halcones quieren demostrar -con su democracia de portaaviones y helicópteros de doble rotor, con la cobardía alfombrada de las salas de mando desde donde monitorean a buen resguardo sus decretos de muerte- que nada puede resistirse a su voluntad de dominación, que son los amos del mundo, de Nuestra América.

Quieren hacernos pagar con miedo las deudas de su pánico. Pero — ¡oh error de cálculo!— somos acreedores de otras deudas.

La Tizza habla y hablará de Venezuela porque no creemos en la «no intromisión en los “asuntos internos” de otros países», un recurso burgués que presta servicio al imperialismo y al capitalismo. Si estos últimos no conocen fronteras, ¿por qué habríamos nosotros de parar mientes en ellas?.

Al mundo lo definen dos asuntos fundamentales, y ninguno es, en rigor, «interno» -en virtud de la universalización que han alcanzado las relaciones sociales-: el del sometimiento de la Humanidad -de unos Estados-Nación a otros, de unas personas a otras, de unas ideas, unos modos de pensar y concebir la vida a otros, etc.- y el de la lucha contra dicho sometimiento. Bien mirados, todos los demás asuntos, matices y escalas gravitan en torno a esas dos grandes masas de la acción histórica.

Treinta y dos combatientes cubanos asesinados son nuestra fuente de derecho para hablar. De su postrer sacrificio y heroísmo somos deudores.

La metralla que segó la vida de un centenar de personas el 3 de enero no atañe solo al pueblo venezolano, sino al conjunto de América Latina y el Caribe.

Venezuela se ha convertido en un epicentro simbólico y material de la disputa por el orden mundial en un contexto de transición hegemónica. Y fue, desde Chávez, un revés enconado para los Estados Unidos, pues demostró que sin desarrollar una insurrección popular y siguiendo en lo esencial las reglas de la democracia liberal podía ascender al gobierno un proyecto revolucionario. Se trata de un hecho que destruye la defensa ideológica del modelo liberal como inmune a las apuestas revolucionarias. Pero a diferencia de la Unidad Popular chilena en el siglo pasado, el proyecto chavista ha sabido ser duradero en el tiempo y construir un poder estable.

A contrapelo también de los progresismos en la región, el chavismo logró una fusión compleja entre movimiento popular, instrumento político y fuerzas armadas.

De ahí que los Estados Unidos necesiten destruir la evidencia, anular a la Venezuela que superó sucesivas pruebas de resistencia en las condiciones del asedio económico más feroz. El ejemplo pone en jaque la actualización de la estrategia de poder de los Estados Unidos.

Si la dominación es consustancial al imperialismo, parte de su naturaleza; las formas de concretarla se ajustan siempre al momento histórico. Ya no son los tiempos de la «guerra contra el terrorismo» de Bush, una estrategia que relanzó el poder yanqui en el mundo, con un énfasis muy claro en el control de las reservas de hidrocarburos -por medio de la imposición de gobiernos lacayos- y en el aumento de la represión.

Trump ha lanzado una nueva línea de dominación que se alimenta de la oleada fascista global y busca liderarla. La invasión a Venezuela forma parte de una estrategia de control regional, tanto como la victoria electoral de las nuevas derechas al estilo Milei. El objetivo es recuperar el terreno perdido, imponer la mayor coerción sobre las clases populares, tanto en lo político como en lo económico. En pocas palabras, una nueva oleada represiva y la reinvención simbólica de las derechas, con el regreso del fascismo como herramienta geopolítica. No se trata solo del control directo del territorio, sino de la instauración de un clima ideológico de sometimiento, donde cualquier alternativa al capitalismo sea presentada como inviable, castigada con el aislamiento, el colapso económico y finalmente intervenida, si nada de lo anterior funcionase.

La invasión a Venezuela es una operación militar y psicológica que, al desplegar su aparato de violencia y terror armamentístico, busca convencer a los pueblos del mundo de su impotencia. El mensaje es uno: «nuestro poder es irresistible». Pero tales amenazas son el anverso de un profundo pavor. El momento de mayor demostración de fuerzas revela angustias estructurales. El sistema sabe que funciona sobre un campo minado. El imperio sabe que los pueblos pueden vencer, ¿pero, lo saben los pueblos?

En días como los que corren, cuando la rabia impide a veces reflexionar con hondura, las grandes potencias se reparten y distribuyen viejas y nuevas zonas de influencia. Dos veces, en la historia del siglo XX, ese reparto se decidió en el terreno militar. El momento actual no parece ser diferente, pero durante demasiado tiempo, los pueblos y las fuerzas revolucionarias se han sometido al rechazo abstracto del uso de la violencia, como un mecanismo de dudosa disculpa o defensa propia. Con consecuencias traumáticas, el orden mundial que emergió en 1945 murió con la estrepitosa caída de la URSS. En un fino juego geopolítico las grandes potencias de hoy tratan de dirimir sus antagonismos históricos sin acudir al teatro de operaciones. Las reservas de petróleo de Venezuela constituyen un factor ineludible de esa contienda, que quiere resolverse contra los pueblos y dándoles la espalda.

Tres rasgos han mostrado los Estados Unidos en el manejo de la nueva situación. El primero, fabricar un enemigo externo «narcoterrorista», con una narrativa mediática impuesta al mundo, y convertida en sentido común dentro de los análisis que difunde un amplio arco de medios de derecha. En segundo lugar, la realización de ataques relámpagos «quirúrgicos» televisados con espectacularidad para infundir temor y producir control y disciplinamiento. Tercero,

Mostrar sin filtros ni culpa -al estilo del «pusimos la bomba, ¿y qué?» que los cubanos conocemos bien- el propósito verdadero: la apetencia geopolítica, su metodología de cambios controlados de regímenes que no obedecen al mandato norteño y que son clave para la recomposición orgánica del capital.

Por otro lado, dos actores de peso en ese nuevo reparto mundial no han respondido a la altura del reto que les ha impuesto Trump: Rusia y China. Sí han estado, sin embargo, dispuestos a resguardar sus tradicionales intereses geopolíticos: Ucrania en el caso de Rusia, Taiwán en el de China. Pero no han mostrado la misma disposición y agresividad para salirse de su espacio de pertenencia y entablar una disputa real con los Estados Unidos, como sí lo ha hecho este último al contender sin ambages por convertir a Ucrania y Taiwán en actores funcionales del debilitamiento de los dos hegemones eurasiáticos.

En lo fundamental, Rusia y China proveen respaldo diplomático, venden armas y ofrecen algún tipo de blindaje económico -siempre parcial-, pero evitan una confrontación directa y sistémica. La entrega de Siria, el abandono de Gaza, la ausencia de respuesta contundente ante los ataques quirúrgicos y selectivos contra Hamás y Hezbollah en el Líbano, y la ofensiva contra Irán, que comenzó con el asesinato impune de Soleimani, y se coronó con el ataque a las instalaciones nucleares, muestran un peligroso «dejar hacer» que ha tenido en Venezuela su punto culminante. Acaso, algunos olvidan las consecuencias de las políticas de apaciguamiento a Hitler, o los graves efectos del Pacto Ribbentrop-Molotov.

Tenemos la obligación de recordarles que la paz que se consigue en arreglos entre Estados es siempre precaria, y no puede sustituir a aquella que se arrebata con la lucha sin cuartel a favor de los pueblos y de la mayor suma de justicia social posible.

Nos enfrentamos a la realidad de un nuevo reparto mundial entre las grandes potencias, en el que la soberanía de los pueblos representa el peón intercambiable. Una pax interestatal -provisional, como antes-, que sacrifica la emancipación y el derecho a ser de los pueblos.

Nada le fiamos a estos actores, tradicionalmente identificados como contendientes de los Estados Unidos. No serán ellos ni sus estrategas sesudos quienes defiendan nuestra autodeterminación. No lo han hecho por Palestina, ¿lo harán por Venezuela? ¿Lo harán por Cuba? ¿Lo harán por todos nosotros?