Luces y sombras

VIVA CUBA LIBRE
Miércoles 20 de Septiembre de 2023

Cuando se ama a una persona, se le ama con sus virtudes y defectos. Los seres humanos, tan distantes de la perfección, cometemos errores y a veces mostramos nuestro peor rostro. El amor no va de idealizar a ese otro con el que decidimos compartir nuestra vida, sino de sopesar en una balanza aquellas cosas de valor que nos aporta contra todo lo demás. Nadie es la pareja idónea: se trata de decidir con quién hemos de construir algo en conjunto, con quién compartir las cargas de la vida; se trata de elegir a alguien que trate de ser mejor a nuestro lado, alguien que nos permita intentar ser mejores a su vez.

Los revolucionarios, guiados inexorablemente -al decir del Che- por sentimientos de amor, nos enfrentamos ante la misma disyuntiva cuando se trata del proyecto colectivo a cuya construcción intentamos aportar. En tanto obra humana, la Revolución ha sido y seguirá siendo un camino lleno de errores. Idealizar el rumbo tomado, limpiarlo en la memoria de cualquier dislate, nos impide mejorar, cambiar todo lo que deba ser cambiado; se torna vínculo fundamentalista lo que debiera ser un compromiso emanado del deber y de la conciencia.

Hacer la Revolución, abrir ese camino, es también una decisión que se toma a partir de ponderar lo que se ha hecho bien y lo que no. Cada vez que en nombre de la Revolución se comete una injusticia o se agrede a una persona inocente, cada vez que la causa del socialismo se usa para justificar sectarismos y deslealtades, cada vez que con buena intención se coloca un adoquín en la rúa hacia el averno, los hay quienes se bajan del carromato. Usando el yerro o la perversidad ajena como excusa, abjuran de sus pasadas creencias, de su credo laico en la factibilidad de una sociedad alternativa. Deciden no seguir el camino iniciado y desandar los trillos del “mundo normal”, se rinden.

Y claro que hacen daño los errores y las injusticias. Que mucha gente haya gritado, hace muchos años, insultos a quienes decidieron abandonar el país; que se haya discriminado a seres humanos por su orientación sexual o por sus posturas religiosas, en una época hace tiempo rebasada; que en cierto momento histórico, remoto o reciente, se aprobara una política que, buscando progreso, potenciara la desigualdad: todo eso tiene un impacto, todo eso implica un desgaste. Pero las virtudes, los aciertos de la Revolución, son mucho más, tienen más peso; lo que se ha logrado -que es lo que se ha podido hacer, no lo querido o soñado- es mucho más valioso y trascendental.

Escuelas, vacunas, tranquilidad, soberanía… coloquemos en una balanza lo logrado, en tan difíciles circunstancias, ante adversarios tan poderosos, e inexorablemente llegaremos a la conclusión de que, con sus luces y sombras, la Revolución ha valido la pena, sigue valiendo la pena. Sin idealizaciones absurdas -y nocivas-, sin desmemoria ni impunidad, aprendamos a perdonarnos los errores cometidos, entendamos que lo que defendemos es, en última instancia, la oportunidad de ser mejores como individuos y como nación.

Tenemos el derecho a equivocarnos y el derecho a rectificar. Aquel que decida rendirse, habrá tomado su decisión; aquellos que sigamos siendo tozudos enamorados continuaremos batallando.

 

Artículo publicado el 18.09.2023 en Cubadebate