La nostalgia por un octubre que no volverá

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Lunes 3 de Agosto de 2020

De la aparente calma, de la normalidad con la que enfrentamos lo cotidiano de la brutalidad del capitalismo salvaje; la revuelta de octubre rompió, cortó como una navaja, el curso de la historia. Este tiempo fue episódico, en cuanto tuvo valor en sí mismo, más allá de las consecuencias posteriores del acto de la revuelta en sí.

La lucha de clases se manifiesta idealmente a través de la insurrección popular. La desobediencia al orden jerárquico estructural: al capitalismo, al patriarcado, al colonialismo reinante; se miden por medio de la capacidad de resistencia de las barricadas populares, a manera de autodefensas, en ejercicio de violencia, cómo derecho legítimo a la resistencia. La violencia vista como un hecho histórico expresado de múltiples formas, cómo violencia estructural destructiva o violencia creadora; algo que existe, ni con la intención de hacer apología alguna, ni con la intención de desacreditarla, simplemente como una descripción de una realidad.

La relevancia del sentido de la revuelta se crea en la noción de comunidad, de común, de comunitarismo, de colectivo, de cuerpo articulado: de consciencia de clase. La revuelta se convierte en un llamado espontáneo a colectivizar una lucha que de todas formas cada sujeto, cada cuerpo está dando por sí mismo, cómo individuo enajenado de su entorno, que es la lucha constante por la supervivencia. Esta lucha se entrelaza en la revuelta para formar una acción colectiva dirigida hacia un cambio en las relaciones de poder.

La revuelta se construye como una serie de narrativas comunes de afectos, identidades e identificaciones, en una dislocación del sistema hegemónico de creencias, que pasa por el cuestionamiento al capitalismo como modelo económico idóneo y al patriarcado y colonialismo como injusticias estructurales inaceptables. La participación en una revuelta se vuelve la expresión máxima de la materialidad de la lucha reivindicativa sobre el cuerpo de cada sujeto, que supera cualquier expectativa táctica a futuro, cualquier proyecto político; porque en ese momento, en ese tiempo episódico suspendido de la historiografía, se tienen que defender la vida, la dignidad, la justicia, el todo por el todo. Un sentido común-comunitario, compartido por cada integrante de la revuelta, y un deseo incontenible por un mundo mejor posible.

Como todo y cualquier momento histórico, la revuelta es irrepetible y es indirigible, desde su propia estructura y lógica inherentes. Al ser de dinámica autodetonada de la lucha de clases en su expresión más pura, en que desposeidxs, oprimidxs y subyugadxs intentan con violencia, destruir los aparatos de poder, o tomarlos. La agenda de una revuelta en realidad no está clara y al mismo tiempo las dirigencias pierden poder sobre la actuación de sus dirigidxs. Desborda cualquier cálculo y supera la moral militante. En realidad no hay instante histórico que no traiga consigo su propia oportunidad revolucionaria, sólo que esta tiene que ser definida en su singularidad específica; esto es como la oportunidad de una solución completamente nueva ante una tarea completamente nueva.

No es que nos hayamos encaprichado con repetir una y otra vez que octubre no volverá, es que insistimos en una teorización y aprendizaje de la historia, precisamente para no repetirla y demostrar su carácter contingente. Parafraseando a Lenin: “La praxis revolucionaria solo es posible sobre la base de una teoría revolucionaria”. Bajo esta premisa, más nos vale, como clase heterogénea de oprimidxs, desposeídxs y subyugadxs, empezar a mirar a la revuelta popular de octubre desde una perspectiva crítica, y alejarnos de una romantización y nostalgia que bien podría dirigirnos más a una derrota definitiva, que a una reagrupación de clase.

Entonces, ¿qué aprendimos de octubre? Refresquemos la memoria.

En cuanto al Estado, recordar enfáticamente el carácter de dominación de clase que lleva inscrita esta figura. Básicamente en octubre se reafirmó y fortaleció el Estado burgués capitalista que finalmente logró disolver, mediante la imposición de una violencia brutal contra el pueblo, la protesta social. De octubre nos llevamos un blindaje nunca antes visto de las fuerzas represivas del Estado: Policía Nacional y ejército. Se logró también instaurar el discurso de la opinión pública, la noción del “enemigo interno”, y así justificar inversión de presupuesto y acuerdos de inteligencia, como con el departamento de estado yanqui. Por otro lado, con un brillante Acuerdo Ministerial No. 179, se legitima la militarización de las calles y el uso letal de la fuerza al ejército. Así mismo, después de agotar sus reservas sobre nuestros cuerpos, la Policía Nacional cuenta con armamento, municiones e indumentaria reforzadas, además de una reciente reforma del Art. 14 del COIP que ampliaría también el uso letal de la fuerza a miembros de esta institución.

En términos reales, se logró la derogación del decreto 883, que virtualmente detonó la revuelta. Pero en las calles el calor era suficiente para sostener el episodio hasta destruir los aparatos de poder, o tomarlos, que son el fin último de cualquier insurrección popular. Sin embargo, después del alto sacrificio que significó en términos humanos y políticos, nos conformamos con la vuelta a una normalidad de injusticia social y una redoblada persecución política: dirigentes y periodistas militantes encabezamos la lista negra del Estado. Ahora en medio del inicio de la carrera electoral, ni siquiera se reconoce desde sus propios partidos y organizaciones nacionales, la labor y liderazgo que protagonizaron figuras como Iza en el Paro Nacional.

Tanto fue octubre una derrota táctica y simbólica, que entre la aprobación de la Ley Humanitaria y la Ley de Finanzas Públicas, se le quitaron al pueblo décadas de conquistas, y aun así no hemos podido “repetir octubre”. Inclusive se pasó a la eliminación de los subsidios a los combustibles, un 883 reformulado, sin ninguna respuesta popular relevante. Por otro lado, se aceleró la reducción del Estado, al punto de no tener sostén efectivo de la vida por parte del sector salud en medio de la pandemia más indolente que ha vivido la humanidad en su historia más reciente. Pagos multimillonarios de deuda, recortes a salud y educación, despidos masivos en sector público y privado, escándalos de corrupción, y toda una fanesca de injusticias y descaros, sin que estos sean el detonante de ninguna revuelta. Simplemente no están dadas ni las condiciones para sostener una nueva explosión popular, ni existen las ventanas de oportunidad adecuadas.

En todo caso, bajo la misma lógica y apelando a la posibilidad de transformación que cualquier revuelta tiene, insistir en la vuelta de un escenario específico (e irrepetible) como el de octubre pasado, puede caer en su propia destrucción. El intento de institucionalizar y normativizar la revuelta como un episodio manufacturable, sería una traición a la posibilidad revolucionaria de la misma revuelta. Quizás sea más esperanzador para la construcción de mundos mejores posibles, evocar a la permanencia de acciones de resistencia continua, organizada y de hormiga.

Recuperar, ahora sí, de la experiencia de octubre, la suerte de sujeto colectivo que desmontó desde sus bases la individuación capitalista y revalorizó al sostén de la vida y los trabajos de cuidado. La necesidad que impera en la actualidad es la de construirnos como sujetos colectivos que se superen en un proyecto colectivo que resuene desde todos los frentes: una clase. Por el momento, la explosión no es posible (o es muy difícil), es el momento de sostener la vida de manera colectiva, desde abajo y desde el cuidado, desde la acción feminista anticapitalista, desde la lucha de clases.

Fotografía: Iván Castaneira

 

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