Afganistán y un imperio en decadencia

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Lunes 16 de Agosto de 2021

El imperialismo corresponde al momento histórico de mayor desarrollo del capitalismo. La monopolización industrial y financiera se imponen simultáneamente y a escala global, por medio de las élites oligárquicas al servicio de multinacionales, depredadoras de recursos. Es este el momento en el cual el capitalismo cae en decadencia abierta. Estados Unidos -desde sus inicios-, se constituyó como una nación imperialista, apropiándose de territorios, ocupando Estados a lo largo y ancho del globo, financiando mercenarios para forzar cambios de régimen, así como en intervenciones directas. Afganistán es un referente ejemplar de la exportación de la democracia impulsada por los EE.UU. a fuego y sangre. La realidad de Afganistán es inconcebible sin el intervencionismo yanqui, en su misión de “democratizar” al mundo. El imperialismo de EE.UU. no cuenta con paralelas ni actuales ni históricas, destacando su propia y genuina excepcionalidad.

Dos décadas de ocupación en Afganistán

El intervencionismo yanqui en Afganistán tuvo como precedente una guerra imperialista entre 1979 y 1989, resultante de la injerencia practicada por EE.UU. en contra del gobierno de la República Democrática de Afganistán -RDA-, cercano al panarabismo con influencias del campo socialista. Para forzar un cambio de régimen, la maquinaria imperialista yanqui financió un frente opuesto al gobierno del Partido Democrático Popular, los Muyahidín, antecesores de los Talibanes y Al Qaeda, férreos anticomunistas y aliados de los EE.UU. en contra de la Unión Soviética y la RDA. Así, Afganistán se convirtió en el último campo de batalla del imperialismo yanqui y soviético en el marco de la Guerra Fría.

La historia reciente de Afganistán esta marcada por las secuelas del intervencionismo, provocando una inestabilidad política continua y perfilando a los Talibanes y a Al Qaeda como mayor grupo de poder político-militar. Cuando la guerra terminó en 1989, las estructuras de poder creadas por el imperialismo yanqui ocuparon el vacío de poder que dejaron las naciones imperialistas. Una guerra civil se desató en 1992, facilitando la toma de poder por los Talibanes en 1996. Esta sería la excusa perfecta para la invasión yanqui el 7 de octubre de 2001 -tan solo 26 días después de los atentados del 11 de septiembre- en el marco de su guerra global “contra el terrorismo”. El mismo año, el imperio yanqui convida al resto de las naciones imperialistas del Norte a intervenir en Afganistán. Dos meses después del inicio de la intervención yanqui -en diciembre de 2001-, los 29 Estados miembros de la OTAN intervienen de forma conjunta en territorio afgano en el marco de la misión ISAF. La ocupación resultante duró 2 décadas, concretándose la retirada de las últimas tropas yanquis tan solo el 15 de agosto de este año.

Tras 20 años de ocupación yanqui en Afganistán, el imperialismo fue derrotado una vez más, ahora frente a los Talibanes y Al Qaeda. En un caso especial y único, el antiimperialismo de ambos grupos -Talibanes y Al Qaeda- podría entenderse como un ejercicio de liberación nacional, pero al mismo tiempo su ideologìa ultraconsevadora, definitivamente va a imponer el terror para el pueblo afgano, que ya ha resistido la fuerza del imperio yanqui por dos décadas.  El mismo día provocaron la huida inmediata del país del presidente Ashraf Ghani, ocuparon la mayoría de ciudades, más del 85% del territorio nacional, incluyendo también la capital Kabúl y el palacio presidencial, en menos de 48 horas. EE.UU. había firmado un acuerdo con los Talibanes en Doha en 2020, en el cual acordaron su retirada total a cambio de que después de la toma de poder, este grupo “no represente una amenaza directa en contra de EE.UU. y sus aliados”.

Huye el imperio

Como cayó Vietnam cayó también Afganistán. A diferencia del primero, -una revolución socialista--, los EE.UU. ahora fueron derrotados por sus propios ex aliados: grupos fundamentalistas islámicos. “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Sin embargo, este resultado no es una coincidencia, sino un desenlace planificado y estratégico. A los EE.UU. les conviene la perpetuación de la potencial amenaza de los Talibanes y Al Qaeda, disponibles a conveniencia para provocar una nueva intervención en Medio Oriente en el momento en que se precise. El imperialismo crea sus propios espectros, a los que después les declara la guerra en nombre de la libertad. Esta libertad, “democrática y real”, se forja acorde al cumplimiento de los intereses de acumulación de capital de las empresas transnacionales depredadoras de recursos, parte de su afamado poder blando.

La maquinaria imperialista yanqui, la cual da financiamiento de grupos paramilitares, se despliegan a nivel mundial. El mismo manual antiinsurgente y el financiamiento a grupos paramilitares se utilizó con los Contras en Nicaragua y El Salvador; es el mismo libreto que se repitió también en Colombia -con el paramilitarismo uribista financiado por el Departamento de Estado-; en Haití como golpes de Estado, en Somalia con intervencionismo franco. El imperialismo y la exportación de la democracia traen consigo destrucción, muerte, apropiación, depredación de recursos y descomposición social. Esto permite que fuerzas paramilitares -de índole fundamentalista religiosa y de ultra derecha- ocupen el centro del poder, imponiendo el terror sobre los pueblos. El pesar y dolor de los pueblos de mundo, son herencia del paso de los EE.UU. por los territorios.

No cabe duda de que la retirada yanqui de Afganistán -el 15 de agosto pasado-, representa un elemento más del declive definitivo de un imperio en decadencia. Desde una lectura dialéctica, esta decadencia viene siempre acompañada de una radicalización en términos de intervencionismo y militarismo imperialista, antes de su implosión súbita y asegurada. Ciertamente, el pueblo de Afganistán -como todos los pueblos bajo el yugo del imperialismo yanqui- merece futuros mejores, el derecho de vivir en paz y el derecho a la autodeterminación. Todo imperio se encuentra preconcebido a descomponerse tarde o temprano, por medio de su propia entrada en decadencia. Que la caída inminente del imperio yanqui no nos cueste la vida.

 

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