Las mujeres y el trabajo

Las mujeres y el trabajo
Jueves 9 de Mayo de 2019

En la mayor parte de la sociedad se encuentra instaurado el sentido de que las mujeres empezamos a trabajar cuando nos incluimos al mercado laboral. Lo que sucede es que este sentido se ha construido históricamente a través de los relatos del capitalismo, entendiendo al trabajo sólo como la fuerza que se intercambia por un salario. En la época en la que se configuraba la modernidad, el fin del feudalismo y el nacimiento del capitalismo, sucedieron una serie de cambios en la división del trabajo, del tiempo al igual que en el orden cotidiano de la vida.  La división entre campo y ciudad, industrial-comercial, físico e intelectual, la división sexual del trabajo, entre asalariado y citadino. En fin, el surgimiento de la división de clase, entre trabajadora y dominante, es la expresión final de la división del trabajo, que en última instancia se iguala al concepto de la propiedad privada.

En la división sexual del trabajo, a las mujeres se nos negó la posibilidad de entrar al mercado laboral, o de entrar y ser dignas de tener las mismas condiciones laborales que los hombres. Esa apropiación del trabajo de las mujeres, no reconocido ni con salario ni socialmente, es el que permite la acumulación primitiva del capitalismo. Desde el marxismo clásico, se ha analizado profundamente las condiciones que permitieron la acumulación primitiva a través de la apropiación del trabajo de los obreros masculinos, pero se ha dejado de lado el análisis marxista que, por ejemplo, Silvia Federici plantea hacer: un análisis enfocado en la acumulación a partir de la posición social de las mujeres y su posición en la producción de su fuerza de trabajo.

La división sexual del trabajo no fue impuesta de manera pacífica, sino más bien de forma  extremadamente violenta, punto tan caracterísitco de las estrategias de globalización del capitalismo. La cacería de brujas tuvo como objetivo final una domesticación por medio de la violencia extrema en contra de las mujeres. Se nos expropió el conocimiento, el control reproductivo de nuestros cuerpos, consolidando así al patriarcado como el sistema represivo más servil al capitalismo que jamás hayamos visto. La división sexual del trabajo en ese sentido tiene dos aristas terribles.

 La primera es la posibilidad que le dio a la acumulación primitiva para ser tan potente como fue; y una segunda, es un impedimento radical a la autodeterminación de las mujeres. “Los cuerpos de las mujeres han constituido los principales objetivos -lugares privilegiados- para el despliegue de las técnicas de poder y de las relaciones de poder” (Federici 2010, 27).

El tema no es sencillo ni simple. Desde la cacería de brujas en la época medieval, hasta ahora en pleno siglo XXI, las mujeres somos sometidas sistemáticamente por parte de los sistemas de explotación. No es coincidencia que a nivel global, las mujeres que nos hemos incorporado al mercado de trabajo percibimos un menor salario, ni que la mayoría de trabajadoras informales (sin ninguna seguridad social) seamos mujeres. Tampoco es coincidencia que la mayoría de compañeras trabajadoras sexuales sean mujeres precarizadas –precisamente por la insistencia puritana en no regularizar y legalizar el trabajo sexual como otro servicio más-. Tampoco es coincidencia que más mujeres nos hayamos incorporado masivamente al trabajo asariado, pero que los hombres no se hayan incorporado a los trabajos de cuidado. Las mujeres ejercemos una suerte de doble jornada laboral, una fuera de nuestros hogares, y otra dentro de ellos.

En este sentido, si bien las mujeres nos incorporamos hace décadas al trabajo asalariado, la división sexual del trabajo ha cambiado muy poco y no de manera significativa. La división sexual del trabajo, servil a la acumulación del capitalismo, está presente hasta el día de hoy. Se siguen apropiando de nuestro trabajo, y ese trabajo sigue siendo invisibilizado en las lógicas productivas. Sobre nuestros cuerpos femeninos se asienta la reproducción social, seguimos pariendo trabajadores-consumidores, seguimos alimentando la vida, seguimos trabajando de sol a sol.

Desde la tradición marxista, la clase revolucionaria en el capitalismo es el proletariado. Sin embargo, en las páginas que se les olvidaron a Marx y Engels, creo que versaría que las mujeres serán la clase revolucionaria. Uno de los tantos errores de los socialismos de Estado que hemos tenido la oportunidad de ver surgir, fue que no lograron desarmar el cerco patriarcal con el que construyeron sus sentidos. Si bien en la URSS se reconoció el derecho al aborto y al divorcio como derechos de las mujeres, al mismo tiempo se resaltó e insistió en la figura maternal femenina, en su labor de buenas esposas. Pasó lo mismo en procesos latinoamericanos. Por ejemplo, en el relato del hombre nuevo del Che, las mujeres debíamos ser las fieles compañeras del guerrillero, no las guerrilleras. Insisto, no se logró romper el cerco patriarcal.

Las mujeres y el trabajo siguen siendo la clave para la transformación total de la sociedad. Engels decía que la primera división de clase se encontraba entre el hombre y la mujer, dentro de las lógicas de la familia, y no estaba equivocado. Solo la abolición de la división sexual del trabajo lograrán posicionarnos en la capacidad necesaria para resistir y transformar la realidad miserable y perversa en la que vivimos. “Si nosotras paramos, se para el mundo”, versa el canto feminista. Yo creo que es hora de que paremos.

Categoria