Sobre la moral, el capital y la corrupción

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Jueves 9 de Julio de 2020

Como sociedad nos enfrentamos sin duda a una coyuntura compleja en varios sentidos. La pandemia y sus subsecuentes efectos nos obligan, de una u otra forma, a repensar la lógica de funcionamiento no solo individual sino colectiva.

Nosotros, sociedades del tercer mundo, atravesadas históricamente por los efectos de un sistema jerárquico y despiadado, hemos tenido que lidiar, en el devenir de la construcción de nuestros procesos civilizatorios, con los vicios y virtudes propios de un sistema de acumulación y gestión social que prioriza la riqueza por sobre la vida.

La premisa del capitalismo depredador es producir, a cualquier costo, bajo cualquier circunstancia; para conseguir que esta máxima salte de la palabra al acto es preciso que cuente con individuos, con personas dispuesta a llevarla a cabo sin reparo alguno. Sin embargo, no son sólo las élites las que mueven los hilos y las que se prestan de títeres, quienes ponen en acción la maquinaria del sistema de la gran empresa.Estas cuentan con la valiosa complicidad de cientos, miles y millones de sujetos que, a diario, y desde la pobreza, no solo defienden las manos de quienes con su látigo los azotan, sino que también construyen entusiastas los cueros del látigo.

El capitalismo para funcionar no sólo requiere una maquinaria jurídica y económica que le permita desplegar su actividad depredadora de la vida, sino también, y por sobre todo, requiere personas con una construcción antropológica bastante específica, que internalicen como suyos propias las normas y principios morales del sistema que los engendro. Requiere en palabras simples nos sólo de la fuerza de las personas, sino también de sus mentes y de sus almas.

A la luz de estos requerimientos es que las sociedades que -con pueril desamparo- se han entregado al capital, encuentran en su seno todo tipo de “monstruosas actitudes” que atentan contra los valores de cualquier “persona de bien”.

La compleja situación por la que atraviesa el país, la inminente crisis económica, la debacle social y la completa perdida de legitimidad de los espacios de ejercicio de la política nos sitúan en un escenario sin duda complejo, del cual resultará difícil salir si no encontramos alternativas que logren superar los vicios de un sistema democrático resquebrajado y carente de autoridad y capacidad para procesar las demandas y necesidades inmediatas de quienes nos hallamos bajo su yugo.

Y es que los escandalosos actos de corrupción, sistemática y cínica, pululan en el país. Vemos con indignación cómo en medio de una emergencia sanitaria, los hospitales se han vuelto negocios para lavar activos y sustraer fondos del menguante erario público. Somos testigos de cómo el nepotismo está a la orden del día, nos impactamos ante una justicia impávida que poco o nada hace ante los evidentes desfalcos de fondos públicos. Por mencionar el más reciente escándalo, ahora presenciamos la bajeza en su máxima expresión, al develarse como varios funcionarios públicos de alto nivel se aprovechan infames de los beneficios tributarios que rigen para las personas con capacidades especiales, a través de las dolosas adquisiciones de documentos que los certifican como tal.

Sentimos que todo sentido de moral se ha esfumado de la política. Sin embargo, este sentir recae en un error categórico. La moral está muy presente en todos estos actos de corrupción descarada, una moral muy específica y bien construida. La moral del capital y la libre empresa es la que rige en la política de este país, y sus lacayos en las diferentes esferas y espacios del gobierno no hacen sino actuar fieles a sus mandatos.

Pedir, exigir o siquiera esperar justicia en la dictadura del capital es una tremenda ingenuidad. La doctrina neoliberal que se ha enquistado en la política ecuatoriana desde hace un par de años atrás, deja ver sus amargos frutos.

Bajo el mandato del dinero, no importa hacer harina del resto para amasar una fortuna, y los asambleístas y demás funcionarios han tomado al pie de la letra esta máxima. No es que no tengan moral, es que la tienen, pero no es una moral que se orienta al beneficio de las grandes mayorías, sino a satisfacer la necesidad de poseer riqueza, sin importar los medios. El país tiene moral, la moral que desarrolla el neoliberalismo.

Sin embargo, la situación es a todas luces un tanto más compleja que solo apuntar a una moral pútrida desarrollada por una doctrina inhumana. La cooptación sistémica de todos los ámbitos de control en el país en nombre del beneficio de las minorías es lo que permite que actos de corrupción tales sean cometidos de forma sistemática, masiva, e impune.

La alternativa frente a esta situación no recae en exigir un sistema punitivo que purgue y haga pagar con la vida a los corruptos. Pasa por comprender que el sistema capital, y la doctrina neoliberal que permite su desarrollo son la corrupción en sí. No podemos exigir cambios en un sistema que basa su accionar en la competencia y no la cooperación.

La única salida, por utópica que suene, está en construir de a poco nuevas formas de relacionarse entre nosotros, formas que privilegien la vida por sobre la riqueza, que desarrollen la cooperación por sobre la competencia, que en síntesis, favorezcan a la construcción de una nueva moral en la que todas y todos quepamos por igual.

 

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