¿Necesitamos al progresismo de vuelta?

BOLSONARO
Martes 10 de Octubre de 2018

La abrumadora victoria en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas de Jair Bolsonaro, candidato de extrema derecha por el Partido Social Liberal (PSL), ha encendido la alarma sobre el decidido avance del fascismo en el continente, hecho que coincide con el retorno del neoliberalismo tras la derrota de los progresismos latinoamericanos y el creciente despliegue del imperialismo norteamericano, anunciando trompetas de guerra contra Venezuela. En este contexto, las fuerzas de izquierda en el continente una vez más no alcanzan a estar a la altura del momento histórico, en su afán por “barrer” con el “desarrollismo capitalista” de los progresismos, han terminado siendo cómplices de la reacción neoliberal, o sumadas en el último vagón progresista y cobijadas bajo una lectura “política real” de la “correlación de fuerzas”, pretenden funcionar como colchón de contención de sus propios errores.

Desde luego, ambas posiciones se hallan en un pantano de difícil salida. La primera, sobre una lectura simplista de la realidad, considera a los progresismos únicamente como procesos de modernización capitalista, reprimarización y nuevo endeudamiento, pues aparentemente da igual si el Estado está en manos del fascismo neoliberal o la tecnocracia desarrollista, al fin y al cabo, el “enemigo es el capitalismo”, definición de por si reduccionista e infantil. De esta forma han terminado siendo los recaderos de la extrema derecha, el fascismo, las oligarquías criollas y el propio imperialismo, celebrando el desmontaje del aparataje estatal progresista y la judicialización de sus principales referentes, hecho que esconde un ataque directo contra el pueblo, no porque estos sean “sus legítimos representantes”. La segunda, como si se tratase de una calculadora hablante, no para de celebrar el crecimiento económico, el fortalecimiento institucional y rol interventor del Estado en los años pasados, descuidando por completo tareas, que si bien no estaban contempladas por los gobiernos, eran impostergables para mantener el curso progresista: la organización de las fuerzas populares, el cambio paulatino en el régimen de propiedad y las relaciones de producción, elementos que pudieron abrir vetas reales para salir del rentismo y la dependencia económica, todo esto pensado en clave regional, sobre la hermandad de los pueblos, y no solo de los gobiernos de turno.

La ambigüedad del progresismo

Progresismo puede significar muchas cosas y nada al mismo tiempo, desde desarrollismo capitalista, sinónimo hegemónico de esta última década, reparto e inversión estratégica de la renta, e incluso, estirando sus márgenes conceptuales, marcha de transición hacia un capitalismo modernizado periférico o hacia un socialismo comunal, como es el caso de Venezuela, proceso hoy en contradicción.

Definitivamente el término progresismo da para largas discusiones, sin embargo, no nos ocuparemos por hilar fino de las diferentes conceptualizaciones resultantes, sino en cómo su ambigüedad ha contribuido a la debacle que actualmente vivimos.

Las limitaciones del progresismo estuvieron al alcance de todos desde un inicio, tras la caída del muro de Berlín el socialismo ya “no era una opción”, el recuerdo burocrático y “salvaje” de la Unión Soviética, anulaba cualquier posibilidad de pensar una sociedad distinta a la engendrada en la modernidad capitalista, a lo mucho había que suavizar el antagonismo entre la sociedad y el Estado. Los progresismos estuvieron muy al tanto de esto, por lo que orientaron sus políticas a realizar reformas para aplacar el saqueo neoliberal, logrando con éxito un margen de maniobra dentro del mismo capitalismo, cuyo resultado sería el crecimiento económico y la solución de importantes necesidades por las que las sociedades latinoamericanas se movilizaron desde los años 90 en adelante.

De esta forma, el progresismo acuñó un antes y después que supo ganar las emociones de millones de personas, inaugurando un mito: la resolución de las necesidades postergadas por el neoliberalismo habían sido obra de los gobiernos que empezaron a emerger desde finales de los 90 e inicios del 2000, más no de un cambio en la correlación de fuerzas, conseguido gracias a la organización y movilización popular anti neoliberal. Así, no solo hubo un borrón de memoria, evento típico en nuestras frágiles sociedades, sino también un cambio en la relación entre las organizaciones populares y el Estado, traducida a cooptación, persecución y clientelismo.

Es obvio que el progresismo no iba a dar el salto final hacia el “socialismo”, esa su suponía era la tarea de la izquierda que empezaba a dibujarse tras la caída del socialismo real y que no supo leer el nuevo escenario, permitiendo la “resurrección” de los cadáveres izquierdistas estatistas, partidos comunistas, movimientos populistas, etc. No solo que no estuvimos al tanto de las tareas por venir, sino que fuimos derrotados por nuestra propia incapacidad de lectura y acción, enfrascada en el autonomismo y el movimientismo, una vez que llegaron los progresismos.

¿La izquierda debe aliarse con el progresismo?

La izquierda revolucionaria en este momento se encuentra en retirada, la revolución social por el momento no es una alternativa que encuentre oídos en el seno del pueblo; tampoco cuenta con las voces, militancia, infraestructura y recursos, para afrontar la avanzada fascista y neoliberal. Los progresismos, con todas las críticas posibles han sido capaces de retener un público espectador y potencial recurso electoral a mediano plazo, sin que esto se garantía de victoria, pues no se tratan de espacios de masas con la suficiente fuerza y unidad para doblegar a los actuales gobiernos y proponer una alternativa real que gane a las mayorías, sino de sectores mayoritariamente movilizados por emociones y recuerdos.

A la final, nunca estuvo en la agenda del progresismo, salvo excepciones como las de Venezuela, organizar al pueblo – incluso militarmente – para que este sea el garante del proceso de transición, de igual forma, no se apostó por transformar la matriz cultural de herencia colonial, sino que se reforzó en la lógica del consumo el “arribismo”, gracias a las bondades de la renta y el crecimiento de la clase media, hoy gran aliado del neoliberalismo y el fascismo.

La preocupante situación no tiene una salida fácil, ni si quiera en el mediano plazo, las voluntades e incluso las más grandes organizaciones populares cercanas o en contraposición del progresismo, no disponen de la capacidad suficiente para levantar una alternativa inmediata. La izquierda, en su lamento por el retorno progresista o en su ataque irracional a lo que queda de este, no identifica las tareas urgentes, se encuentra huérfana, sola, en un mar de lágrimas.

Las diferencias que podamos tener con los referentes de la pasada década no son cosméticas, pero tampoco son justificaciones para golpear por separado al mismo adversario. Es necesario reconocer la potencia que aún sostienen los progresismos, no por los eventuales escenarios electorales por venir o sus propuestas ambiguas, sino por contar con una base importante movilizable, misma que debe ser quien cuestione las limitaciones y errores del progresismo.

Sabemos perfectamente que la izquierda revolucionaria no puede competir con lo que significan para millones de personas Lula, Correa, Fernández de Kirchner, entre otros, pero no por eso, debemos escapar corriendo bajo la excusa del “realismo político” a cobijarnos bajo su vista limitada, sin nada más que buenas intenciones.

La base progresista es un sujeto en disputa, que exige un nuevo vehículo de superación, que en nuestro criterio no es ni la izquierda estatista ni el progresismo recargado. La constitución de ese “movimiento político social”, del que hemos venido hablando meses atrás en nuestros análisis tomará varias décadas, por lo que es importante estar junto al pueblo y sus organizaciones, pese a que quienes son considerados los “líderes legítimos” de las bases progresistas o los viejos movimientos populares, no sean nuestros mejores aliados en la marcha hacia el socialismo.

Tareas a mediano plazo

Con el presente texto no buscamos echar simplemente la culpa a los progresismos y a la izquierda en general desde el altar de la pureza ideológica, sino comprender los límites y oportunidades reales para la recomposición de la izquierda revolucionaria, considerando a las bases progresistas, como uno de los espacios en disputa.

Es necesario comprender que una salida revolucionaria a la crisis es muy poco probable en el corto y mediano plazo, por lo que la izquierda debe apostar por un proceso de repliegue táctico para acumular fuerza. Dicho repliegue tiene dos elementos principales, el primero, la construcción de estructuras conformadas por cuadros disciplinados, y segundo, el despliegue progresivo de la batalla ideológica en base a la agitación y propaganda.

El primer elemento nos debe llevar a repensar problemáticas aparentemente “olvidadas” y “superadas”; principalmente el rol de la organización política revolucionaria. Mientras que el segundo, dentro de un encuadre programático sustentando en el profundo estudio de las aspiraciones populares, debe apostar por levantar todo un sistema simbólico, sustentando en las tareas más urgentes, para luchar ideológicamente contra la arremetida fascista y neoliberal.

Además, resulta tambié urgente debatir casa adentro en términos teóricos e ideológicos, nuestra derrota también se debe a la profunda ignorancia y mecanicismo que impregna a la izquierda. La década pasada abrió el campo para que la izquierda estatista haga alarde de sus teorías, un populismo universitario, desertor de la lucha de clases y el socialismo.

Es primordial empezar a generar fuerza propia con aspiración a influir decisivamente en las masas y sus organizaciones. Sabemos que esta tarea no será fácil, sea por los recursos limitados con los que contamos, como por las dificultades que irán apareciendo, especialmente la represión estatal que poco a poco irá tomando un curso cada vez más violento, selectivo y mediático.

La coyuntura nos llama a converger con las bases del progresismo y los movimientos sociales en una marcha obligatoria y necesaria, respaldada por la crítica y autocrítica; no podemos seguir caminando y golpeando separados. Cualquier recomposición del mundo popular deberá ser calculada en décadas – desde una perspectiva revolucionaria –, sin que esto reste nuestro ánimo y moral; a la final, debemos recordar que los revolucionarios y las revolucionarias, siempre nos hemos tenido que enfrentar a lo largo de la historia a fuerzas monumentalmente superiores en todos los ámbitos.

La derrota de los progresismos, es también la derrota de una izquierda oxidada que revivió momentáneamente tras la caída del muro de Berlín, este recodo, por lo tanto, abre la oportunidad – y esperamos sea la ocasión definitiva – para construir una fuerza lo suficientemente grande y arraigada en el pueblo que logre llevar a nuestra región al socialismo. La tarea es compleja, pero aquí no caben dudas ni desánimos, hay que avanzar con decisión y valentía.

 

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