Neoliberalismo, progresismo y lucha de clases

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Lunes 25 de Enero de 2021

A menos de dos semanas de las elecciones del próximo 7 de febrero, en las siguientes líneas, planteamos dos escenarios posibles de una reconfiguración o no de la lógica del Estado como resultado de las mismas. El primer escenario plantea una victoria electoral de Guillermo Lasso, que profundizaría la lógica neoliberal emprendida por Moreno durante los últimos cuatro años. En un segundo escenario, con la victoria de Andrés Arauz, se pasaría a revertir la política económica y social del gobierno actual, apostando por una modernización hacia un Estado de bienestar. En términos políticos, en las próximas elecciones se juega el marco de las condiciones que influirá de forma decisiva la lucha de clases en el país.

En una primera instancia, un gobierno presidido por el banquero Lasso pasaría a consolidar la doctrina del shock neoliberal, caracterizada por un continuo endeudamiento insostenible con las instituciones crediticias multilaterales. La deuda externa es un instrumento económico utilizado por los bancos del Norte para crear condiciones materiales que favorezcan a sus intereses, permitan la acumulación mediante la expropiación de recursos estratégicos, y desarrollen marcos legales que terminen por desregular por completo la economía y el control estatal sobre la misma. Este es, en definitiva, el Estado neoliberal.

El Estado neoliberal tiene como objetivo central, maximizar las posibilidades de plusvalía del sector privado, a costa del bienestar del pueblo. Esta lógica tiene como fin la privatización absoluta de todos los bienes y servicios del Estado, con el objetivo de entrar en la competencia del libre mercado. En este sentido, el Estado neoliberal deja de ser el responsable de la producción – distribución de bienes y servicios -como electricidad, agua potable, educación, salud- sino que pasa a privatizar y maximizar para el sector privado las ganancias de la prestación de estos servicios. El Estado neoliberal garantiza a la empresa privada y a los grandes oligopolios, todas las facilidades para que maximicen su ganancia, sin exigencia alguna o condicionamientos de calidad y accesibilidad para el pueblo.

En términos sociales, el escenario se traduce a una sistemática precarización de la vida. Bajo el manto del neoliberalismo, se intensifica la lógica del canibalismo social del capitalismo, en la que la vida en bienestar, los derechos más elementales a salud, educación de calidad y trabajo con sueldo digno, ya no le pertenecen a todxs, sino que los mismos se privatizan. Estas privatizaciones se desarrollan con el fin de garantizar el máximo beneficio para el sector privado, dificultando aún más el acceso adecuado a estos bienes y servicios, para la gran mayoría de la población. Las reformas neoliberales se encuentran intrínsecamente ligadas a la privatización de ámbitos completos del Estado como la condicionalidad de un Banco Central independiente, la privatización del IESS, la concesión de hidroeléctricas, refinerías y demás empresas públicas.

En el caso de que Lasso llegara a la presidencia, pasaría a imponer la política de "chulco" -la cual incluye el cobro de altos intereses inflacionarios con el que ha lucrado por más de 30 años con el Banco de Guayaquil- como política de Estado. Adicionalmente, este férreo defensor del neoliberalismo desenfrenado y el capitalismo salvaje, impondría una liberalización absoluta y agresiva de los marcos legales laborales, contentando a la banca oligopólica y a la oligarquía local y transnacional, profundizando la explotación desenfrenada y la apropiación por desposesión en beneficio de los grandes grupos económicos. Entre la eliminación del impuesto a la salida de divisas y la flexibilización laboral, recientemente se refería a un “salario digno” de 120 USD al mes para la clase trabajadora y el achicamiento del “Estado corrupto”, el cual se traduciría en sostenidos y garantizados despidos masivos a servidorxs públicxs durante su gobierno.

En términos políticos el Estado neoliberal, al precarizar a tal extremo la vida, también genera un grado de descontento popular que solo puede manejarse de una manera: invirtiendo en los aparatos represivos del Estado. Cómo también pudimos palpar en estos cuatro años de mal gobierno, mientras se desfinanciaban todas las carteras del Estado, solo dos sectores se mantuvieron fuertemente sostenidos: la Policía Nacional y las F.F.A.A. Octubre de 2019 fue el ejemplo predilecto de la lógica neoliberal del Estado, con 11 muertes, centenares de personas judicializadas, una ola de persecución política y decenas de personas mutiladas a manos de la policía. Así también en el 2020, se firmó un acuerdo ministerial de gatillo fácil para la policía y el ejército, así como la inversión estatal de miles de millones de dólares en las fuerzas represivas del Estado, y fondos provenientes de cooperación internacional para su fortalecimiento.

Por su parte, Guillermo Lasso representa esta misma lógica neoliberal, impulsada por los grupos económicos de poder, gremios industriales y la élite rentista. El neoliberalismo entiende la empresa privada como única generadora de empleo, eficiencia y rentabilidad, frente a un Estado al cual se precisa achicar y desfinanciar, al descartarlo como ineficiente y corrupto. Esta lógica bien podría pasar a desfigurar al Estado burgués hasta tales consecuencias que el Ecuador pase a ser un Estado fallido antes del 2025.

En el segundo escenario, Andrés Arauz representa la lógica del Estado modernizador, carta de presentación de los progresismos latinoamericanos. Esta lógica apuesta por una fuerte inversión social, al mismo tiempo de entender que el Estado es el ente central encargado de generar empleo y garantizar un acceso a derechos colectivos, como salud, educación y un salario digno. En la propuesta modernizadora de Arauz, el refinanciamiento de sectores fundamentales como salud y educación es elemental, para sostener la vida de la mayoría del pueblo. En un sentido más amplio, los progresismos se centran en políticas proteccionistas en lo económico para el desarrollo de la industria nacional, planteando una redistribución de riqueza social en términos de accesibilidad, y apostando por la cooperación Sur-Sur para el desarrollo de bloques de poder multipolares en términos de política exterior.

En términos políticos desde el pueblo, las calles siguen siendo el escenario en disputa. Si para los progresismos, la acción colectiva debe darse desde las instancias del Estado burgués, la misma dista radicalmente de la lógica de exterminio y de “enemigo interno” del Estado neoliberal, posibilitando un mayor margen de acción y condiciones menos represivas para la organización popular.

Si bien nuestro proyecto político es el comunismo, comprendemos que en este momento histórico, la contienda es por las condiciones de lucha. Esto quiere decir, que la emergencia de un proyecto modernizador como el de los progresismos, termina siendo un condicionante importante -aunque el mismo no sea el fin-. De llegar al poder Lasso, con cuatro años más de neoliberalismo, las condiciones deplorables y extremadamente violentas que priman en la actualidad con el gobierno de Moreno, podrían terminar por extremarse. Impedirlo está en nuestras manos.

En definitiva, en la siguiente jornada electoral se enfrentarán dos lógicas estatales en contienda por la hegemonía del Estado burgués. Sumando una pandemia en marcha, una gran parte del pueblo bien podría no sobrevivir a cuatro años más de precarización, explotación, privatizaciones y deuda insostenible en nombre del libre mercado por sobre la vida. Indudablemente, en este momento la lucha de clases se materializa en el escenario inmediato de las elecciones del 7 de febrero.

 

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