Marx y la fundación del materialismo ecológico

MARX ECOLOGISMO

…la protección de los equilibrios ecológicos del planeta, la preservación de un medio favorable para las especies vivientes –incluida la nuestra– son incompatibles con la lógica expansiva y destructiva del sistema capitalista

Michael Löwy

Hace un cuarto de siglo Alfred Schimdt llamaba la atención respecto a la acusación más o menos generalizada de esa época sobre los supuestos silencios cómplices de los fundadores del materialismo histórico en relación con los límites naturales de nuestro planeta y, por tanto, de su presunta responsabilidad en la promoción de un crecimiento económico ilimitado depredador del medio ambiente. La crítica, argumenta Schmidt, se justificaría en tanto el marxismo clásico otorgó un papel predominante al crecimiento de las fuerzas productivas en el devenir de la historia. Sin embargo, reducir el pensamiento de Marx y Engels a una oda acrítica sobre las virtudes del despliegue de dichas fuerzas productivas, puede llevarnos a conclusiones erróneas.

Por el contrario, como han demostrado durante las últimas décadas destacados estudiosos del tema (entre quienes destacan, además de Schmidt, Jorge Riechmann, John Bellamy Foster, Paul Burkett, Jason W. Moore)  es posible demostrar que Marx y Engels no tuvieron una concepción unilateral sobre la idea de progreso. Y, más importante aún, que desplegaron en diferentes lugares de su obra —sobre todo Marx— una concepción bastante avanzada para su época respecto a las contradicciones que se generan entre el desarrollo del capitalismo y la naturaleza. En lo que sigue presentamos de forma sintética algunos de los principales aportes de Marx —y sus seguidores— al paradigma que puede ser nombrado como materialismo ecológico, siguiendo un argumento que expusimos de forma más amplia en un texto publicado en Ecuador Debate.

Atento conocedor de los  avances de las ciencias naturales de su época, Marx sostuvo que, en cualquier tipo de sociedad, el trabajo era la base del metabolismo [Stoffwechsel] o intercambio orgánico entre los seres humanos y la naturaleza. Para Marx, las fuentes de la riqueza social son esencialmente dos: la tierra y el trabajo. Así, bajo cualquier circunstancia, el metabolismo comprende el conjunto de intercambios de materia y energía que las sociedades tienen con la totalidad de sus medios de subsistencia (tierra, agua, minerales, alimentos, herramientas de trabajo, etcétera). Cada modo de producción y reproducción de la vida que ha desarrollado la humanidad es un régimen particular de organización de dicho metabolismo social/natural.

De acuerdo al autor de El Capital, lo específico del modo de producción capitalista es que, al subordinar de forma permanente la producción de valores de uso a la producción de un tipo de riqueza abstracta que se puede acumular casi sin límites (el valor), el capital va a generar constantemente una fractura del metabolismo social/natural. Este tipo de trastocamiento habría comenzado con la emergencia misma del capitalismo, como resultado de la primigenia división social del trabajo entre el campo y la ciudad. Si en los modos de producción que le antecedieron existían circuitos más o menos cerrados de circulación de materia y energía, la progresiva especialización productiva del campo y la ciudad va a expresarse en términos metabólicos como un ciclo fracturado, en tanto se comienza a desarrollar un tipo de agricultura/ganadería a gran escala que va a sustraer cantidades cada vez mayores de nutrientes que no van a ser restituidos a la tierra. La contracara de la progresiva devastación de la fertilidad de la tierra, es la emergencia de espacios urbanos en donde se van a acumular los residuos de los procesos productivos de tipo industrial, contaminando el suelo, el agua y el aire. En su obra señera La ecología de Marx, J.B. Foster anotó al respecto: “Para Marx, la fractura metabólica relacionada en el nivel social con la división antagónica entre ciudad y campo se ponía también de manifiesto a un nivel más global: colonias enteras veían el robo de sus tierras, sus recursos y su suelo en apoyo de la industrialización de los países colonizadores”. Por su parte, Schmidt sostiene que las preocupaciones de Marx sobre las alteraciones de los equilibrios en la naturaleza debidos al tipo de interacción predatoria propios del capitalismo, se adelantan ligeramente a las del biólogo alemán Ernst Haeckel, quien introdujo el término ecología en los debates científicos hacia 1869. Los planteamientos de Marx también adelantan algunas ideas que poco más tarde sostendrían algunos geógrafos críticos, como Jean Brunhes quien a comienzos del Siglo XX, y teniendo en mente al modo de producción capitalista, lo definió como una economía de rapiña: “una modalidad peculiar de ‘ocupación destructiva’ del espacio por parte de la especie humana, que tiende a arrancarle primero materias minerales, vegetales o animales, sin idea ni medios de restitución”.

Tomando como punto de partida las proposiciones marxianas respecto a la fractura metabólica, a partir del último cuarto del siglo XIX y hasta a la actualidad se ha venido construyendo un importante campo de pensamiento e investigación que también podríamos llamar marxismo ecológico. Uno de sus momentos más fructíferos floreció como resultado de la toma de conciencia de los límites y contradicciones de la sociedad industrial a partir de la década de los sesenta. De esa época a la actualidad se ha hecho cada vez más evidente que el crecimiento económico desembridado propio del capitalismo (y esto incluye a la modalidad de desarrollo industrial de tipo soviético) es de tal naturaleza que ha dejado una basta estela de devastación socioambiental, tanto por los efectos inmediatos de los procesos productivos, como por las implicaciones del modelo de consumo y desecho de mercancías que le son inherentes: desde la contaminación atmosférica y de los océanos, hasta el cambio climático; pasando por la deforestación y el envenenamiento de los ecosistemas, la erosión de la biodiversidad, el despojo de los medios de subsistencia a las poblaciones, y la superexplotación del trabajo.

Recientemente, el marxismo ecológico, en tanto herramienta de interpretación de la lógica devastadora del capitalismo, se ha ido transformando en una tendencia que se plantea un horizonte de lucha que apunta a conciliar dos aspectos que cada vez parecen más inseparables: la transformación de las relaciones de producción en clave de justicia social y el control de las fuerzas productivas del capital que se han tornado cada vez más fuerzas destructivas. Algunos llaman a este nuevo paradigma, movimiento por el ecosocialismo. En tanto programa político en construcción, el ecosocialismo se plantea la urgencia de transitar hacia una nueva civilización basada en la generalización de relaciones sociales (económicas, políticas, culturales) de cooperación entre los seres humanos; relaciones que nos permitan satisfacer nuestras necesidades materiales y espirituales, así como desplegar libremente nuestras potencialidades creativas, sin poner en riesgo la supervivencia a largo plazo de la propia especie, ni la reproducción de los ecosistemas que le dan sustento al resto de la vida. Es un paradigma que abre algunas interrogantes de no fácil respuesta: ¿Cómo transitar del actual estado de desequilibrios múltiples (inequidad en la distribución de las riquezas, mala repartición de la cantidad y la calidad del tiempo de trabajo y el tiempo libre entre las diferentes clases sociales, alteraciones radicales en los ciclos biogeoquímicos planetarios) hacia un estado de restablecimiento de dichos equilibrios? ¿Cómo podemos construir una sociedad mundial que garantice la reproducción de la vida buena para la presente y para las futuras generaciones?

 

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