Afganistán: saqueo imperialista

acab
Martes 8 de Marzo de 2022

El sometimiento de una nación por otra -el colonialismo- adopta diversas expresiones y formas a lo largo de la historia. Los objetivos de las naciones colonialistas pueden variar en función del contexto socio-espacial que se presente, pero en todos los casos hay un objetivo central y común a todos estos países: la usurpación y desposesión de la riqueza de las naciones colonizadas. Desde el colonialismo de los siglos XIV y XVII, con las naciones europeas invadiendo el "nuevo mundo", hasta los procesos neocolonialistas de los siglos XIX y XX -dividiendo África y Asia con la legitimación etnocéntrica de la Conferencia de Berlín (1884 - 1885)- las naciones dominantes impusieron violentamente sus culturas, apropiándose de las riquezas de las naciones dominadas. Sin embargo, estos procesos no terminaron con el fin de la Guerra Fría, los procesos de descolonización del siglo XX o el comienzo de un nuevo orden mundial. De hecho, estas características se han profundizado y reformulado.

El colonialismo neoliberal, surgido de la post-bipartición del mundo y liderado por la Organización del Tratado del Atlántico Norte -OTAN- y principalmente por Estados Unidos, se encuentra renovando sus colonias y expropiando sus riquezas, siendo el ejemplo más notorio el de Afganistán -y actualmente Ucrania-, incluso después de la retirada de EE.UU. del país.

La toma de Kabul

El 15 de agosto de 2021, Kabul -capital de Afganistán- fue tomada por los Talibanes, sirviendo de evento simbólico al mundo de una pronta toma del país entero. Tras la llegada de la fracción nacionalista islámica a la ciudad, la población entró en estado de pánico e intentó desesperadamente abandonar el país; imágenes de aglomeraciones en aeropuertos y del caos generalizado en la ciudad expresaron este sentimiento. El grupo fundamentalista islámico no llegaba a Kabul desde 2001, donde fue derrotado por Estados Unidos en su "Guerra contra el Terrorismo". Apenas volvieron a apoderarse de la capital afgana, los Talibanes pasaron a poner en práctica su vieja versión, distorsionada y autoritaria, del islamismo. Todo este desarrollo histórico y social sólo fue posible porque, en abril de 2021, Joe Biden, presidente de EE.UU., siguió adelante con la retirada de las tropas del país, que se venía pensando desde el gobierno de Donald Trump (2017-2021). Esta ocupación en territorio extranjero no contaba con ningún apoyo interno ni externo -con numerosas naciones que incluso la condenaron- por lo que el gobierno de Biden siguió adelante con la retirada.

La retirada de tropas se produjo según lo previsto, pero la falta de elaboración y ejecución creó riesgos tanto para las fuerzas de ocupación estadounidenses como para la propia población del país. Si comparamos la retirada de tropas de Afganistán con la salida de EE.UU. de Vietnam, el país quedó extremadamente perjudicado en términos geopolíticos. Quizás la derrota más cruda y tajante de EE.UU. se dio en Afganistán y sus zonas de influencia, la cual se diferencia de la salida de Saigón, en el sentido de que después de la misma, los EE.UU. contaron con un “premio de consolación” por medio del acercamiento a China durante la administración Nixon (1969-1974). Además, la invasión imperialista dejó al descubierto innumerables contradicciones y críticas a las dos décadas de ocupación estadounidense en el país, entre las que destacan dos: en primer lugar, por razones socio económicas, Afganistán quedó destrozado y arruinado, en una situación considerablemente peor que hace veinte años, mientras el complejo militar-industrial gozaba de la bonanza económica de miles de millones de dólares gracias al negocio de la guerra. En segundo lugar, en términos ideológicos, se develó el falso papel pacificador de EE.UU., ya que los talibanes se volvieron a apoderar del país en cuestión de días, demostrando que eran inclusive más fuertes y populares que dos décadas atrás -imponiendo la apariencia de que la guerra con Occidente jamás había ocurrido-.

En medio de esto, nos preguntamos: ¿cuál era el objetivo real de la ocupación? Ni los propios estadounidenses ni los afganos lo saben, pero sí sabemos que nunca fue una prioridad ni objetivo alguno traer democracia, libertad y paz. De hecho, estas legitimaciones sólo existen en las narrativas del sensacionalismo estadounidense. La ocupación del país y las actitudes del imperio refuerzan la tesis de críticos a su política exterior: al país no le importan en lo más mínimo los pueblos de las naciones dominadas, sino únicamente las ganancias de las corporaciones militaristas y sus oligarquías.

Saqueo y hambruna: prácticas comunes de las políticas imperialistas

Incluso después de abandonar al país a su suerte, en ruinas y en una considerablemente peor situación que hace veinte años, la administración de Joe Biden decide unilateralmente congelar 7.000 millones de dólares pertenecientes al pueblo afgano. El gobierno estadounidense ha dicho que distribuirá aquellos fondos entre las víctimas estadounidenses del 11-S, supuestamente retornando este dinero al mismo Estado estadounidense al final del ciclo económico, y beneficiando indirectamente también al pueblo afgano sin pasar por los talibanes, en definitiva: algo imposible. Además de esta actitud de una supuesta redistribución económica como medida coercitiva de apropiación de fondos, el gobierno estadounidense continúa promoviendo sanciones brutales contra el país y le impide desarrollar sus fuerzas productivas, amplificando aún más una situación desastrosa y desoladora. Estas actitudes generaron una ola de indignación internacional e hicieron que numerosos países denunciaran al gobierno estadounidense, exigiendo que devolviera el dinero y no obstaculice el desarrollo del pueblo de Afganistán.

Las consecuencias de este accionar, mismas que podríamos catalogar como genocidas, fueron la ampliación del desabastecimiento en el país y el empeoramiento de la calidad de vida del pueblo afgano. Deborah Lyons, representante de la ONU en Afganistán, indicó que estas actitudes podrían desembocar en problemáticas estructurales que se perpetuarán durante generaciones futuras, en un país que ya tiene a la mitad de su población sufriendo una hambruna aguda, según la Organización de las Naciones Unidas. Rusia, China, Pakistán, otras naciones y muchos congresistas estadounidenses denuncian esta actitud de la administración Biden, pero, como demuestra la historia, la hambruna en otras naciones no conmueve a Estados Unidos y Occidente. En la actualidad, se perpetran genocidios de hambruna en Yemen -cometidos por la repugnante alianza entre Arabia Saudita, Occidente y sus aliados regionales- y en varios países de África desde hace décadas, que no causan preocupación alguna a Washington, mientras sigue haciendo la vista gorda frente a los agentes implicados generadores de caos.

Por lo tanto, el Tío Sam, al igual que los modernos Estados mercantiles e imperialistas de los siglos XIV y XVII, también sigue el principal objetivo de la tradicional dominación imperialista: la apropiación de las riquezas de los países dominados. "Civilizar" -en la interpretación eugenista del término- o "aportar valores occidentales", no pasan de ser meros discursos políticos legitimantes y a la vez carentes de contenido, cumpliendo su objetivo de complacer el ego del excepcionalismo estadounidense. En este contexto, lo que en realidad busca el poder estadounidense es complacer a las corporaciones que gobiernan su falsa república. Afganistán fue invadido por un grupo de individuos, en su mayoría de Arabia Saudita, que cometieron crímenes en otros países; el país fue ocupado durante dos décadas, abandonándolo a su propia suerte y pasando a figurar entre los primeros puestos en los rankings de pobreza y hambre extrema, siendo considerado el país más pobre del mundo por la ONU; después de todo eso, el país fue saqueado, traicionado, subyugado y despedazado. En definitiva, el mundo cambia, mientras los imperios siguen siendo los mismos.

 

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