Un ensayo crítico y literario acerca de una vida dentro de la violencia intrafamiliar patriarcal

pajaro brujo
Martes 5 de Abril de 2022

El petirrojo que reconstruyó sus alas con el amor del apoyo mutuo

Una tarde de lluvia, hace catorce años atrás, un petirrojo golpeó a mi ventana buscando refugio de la tormenta que desde lontananza, asustado huía. Su ala izquierda tenía pequeñas vendas con dibujos de un mundo fantástico que él había trasado en ellas, pero denotaban heridas de la más dura de las guerras que cualquier ser haya librado. El petirrojo con mucho miedo entró a mi cuarto y desde ese día empezó a visitarme para contarme su historia. Sus primeras palabras fueron de agradecimiento por darle acogida en mi cuarto, no obstante, su mirada, dulce muy dulce, daba cuenta de un ser de luz cuya táctica era jugar y conseguir todas las sonrisas posibles como muestra de amor y apoyo mutuo. Esta ave majestuosa me confiaría un sinfín de historias que ahora espero retratar con la mayor justicia y, también, sinceridad como un intento por un grito insoslayable de su revolución.

La vida de esta pequeña ave había sido truncada por varios años a causa del miedo, el dolor y la violencia que implican las leyes tiránicas del mundo de lo absurdo y la competencia ilógica. Su padre, un mirlo grande, confundido y despiadado, había sido quien rompería su ala con golpes y crueles palabras que generaron en él un miedo tal que le obligó -al pequeño petirrojo-, a esconderse en una cueva oscura por diecinueve años. Esa tarde de lluvia había sido la primera vez que lograba huir de su encierro consiguiendo vencer al miedo, al menos por un instante.

La primera historia que me contó implicaba a su padre y retrata la vez que este rompió su ala izquierda a patadas. Cuenta el petirrojo que su padre, el mirlo, en un ataque de furia absurda le reprochó por una pequeña travesura que este había hecho. Con sus alas, el petirrojo, había llenado de talco y pintura el portafolio de su padre. Ante esto el mirlo despiadado se enfureció y la única forma que encontró para “educar” a su hijo fueron varios golpes que no solo fracturó su ala, sino que también rompieron su alma en mil pedazos. El petirrojo cuenta que después de eso sintió un gran dolor y que, tras varios días de no desaparecer, tuvo que ser revisado por un doctor, un halcón. El halcón al ver el estado de las alas preguntó: ¿qué le sucedió a este pequeño y lindo petirrojo? Su padre el mirlo, antes de que su hijo pueda expresarse, dijo: se ha rodado las gradas con los patines que le regalé y por eso se fracturó su ala izquierda. El petirrojo sorprendido se quedó atónito porque esa no era la verdad, pero fiel a su padre se quedó callado. Al salir de la consulta, su padre le dijo: nadie puede enterarse de lo que ha sucedido y si guardas silencio te compraré un juguete. El petirrojo ilusionado por encontrar en aquel regalo un pequeño atisbo de cariño por parte de su padre, accedió y nunca, hasta ese día que llegó a mi ventana, había hablado del tema. De esta manera, el petirrojo fue confinado a una vida de silencio y dolor encarnado, del cual pudo salir luego de dos décadas de militancia por el amor propio, el sonido y la palabra.

Al cabo de dos semanas el petirrojo volvió y esta vez quería hablar de su mamá, la golondrina, y su hermano, el pequeño canario. Su madre, un ave preciosa con alas azules como el cielo, tenía una mirada que expresaba un dolor profundo. La golondrina -cuenta el petirrojo- había tenido una relación anterior, pero esta había terminado dejando heridas muy fuertes en su corazón. En esa etapa de dolor la golondrina conoció al mirlo y se casaron debido a que ella estaba embarazada del petirrojo. Este matrimonio por obligación trajo duras etapas de mucha violencia y desconsuelo para la pareja y, también, para el pequeño petirrojo. El mirlo y la golondrina nunca se llevaron bien, y su relación siempre estuvo marcada por discusiones, infidelidades del mirlo y peleas que, incluso, terminaban a golpes. Al ir creciendo el petirrojo aprendió a poner el cuerpo en las peleas de sus padres y defendió con él, a su madre de los golpes del mirlo. Así el petirrojo se ganó varias palizas, y lo hacía con el honor que implica defender y entregar amor a los demás.

Cuenta el petirrojo, que una vez se estaba bañando y de repente escuchó gritos e insultos en la primera planta de su casa, entonces acudió y vio al mirlo golpeando a la golondrina. Estupefacto y sin saber realmente qué hacer se metió en el medio y recibió varios golpes por parte del mirlo, mientras gritaba: a mi mamá no le pegas, desquítate conmigo mirlo despiadado. Así el dulce petirrojo consiguió que otra vez su ala se vuelva a romper y, con ello, otra parte de su alma. De esta manera cuenta el petirrojo que aprendió a defender a las y los demás, tomando un camino duro, pero reparador de la mano del amor liberador.

En otra de sus visitas el petirrojo me contó que luego de seis años de su nacimiento, sus padres trajeron a la vida al mas lindo canario que el petirrojo había visto jamás. Al ver por primera vez a su pequeño hermano en la cuna, el petirrojo encontró una misión: cuidarlo y defenderlo de todo el mal que este mundo trae consigo y, sobre todo, decidió sanar sus heridas a través del amor y el apoyo mutuo que se generaría entre los dos. Así el petirrojo se convirtió en el hermano mayor de esta familia de avechuchos. El pequeño canario era un pajarito muy juguetón y siempre estaba atrás de su hermano, cuenta el petirrojo. Juntos jugaban y veían todos los partidos de fútbol que podían; también, cantaban las canciones que a los dos más les gustaban. El pequeño canario, al igual que el petirrojo, sufrió las arremetidas del despiadado mirlo, pero este tenía una ventaja, y es que su hermano mayor siempre iba a poner su cuerpo y su ala izquierda, la cual se había curado y endurecido, para defenderlo. Los dos hermanos, el petirrojo y el canario, siempre se quisieron mucho y crecieron con la fortaleza de un amor que es capaz de vencer el más difícil de los inviernos. El mayor regalo del petirrojo al canario fue defenderlo, pero también enseñarle a defenderse y a identificar lo que está mal, para que no se exponga a esto. Ahora el pequeño canario vuela libre por los aires y está creando una linda familia junto a su compañera.

Un día oscuro el petirrojo encontró a su madre, la bella golondrina de alas azules, llorando en una esquina de la casa, porque su padre -el mirlo despiadado-, había sido infiel varias veces y recién, en un ataque de ansiedad, se lo había confesado. Todo el dolor, el sufrimiento y la violencia habían producido un miedo infinito en el petirrojo, quien durante muchos años se creyó incapaz de hacer cualquier cosa, y tuvo largas temporadas de tristeza inconmensurable. El mirlo despiadado no solo había golpeado varias veces al petirrojo, sino que también lo insultaba y vilipendiaba. Las palabras del mirlo al petirrojo eran: eres feo petirrojo, y no veo que puedas llegar a ser nada en la vida; en vano gasto dinero y esfuerzo en tus estudios. El petirrojo, tras varios golpes e insultos de su padre creyó en efecto que no lograría nada y aprendió a lastimarse a si mismo. En su adolescencia el petirrojo empezó a consumir mucha miel verde y honguitos mágicos, sabiendo que esto alteraba su estado y podía llevarlo a la muerte. Nunca le importó su estado de salud al petirrojo, porque había crecido con este profundo dolor tras los vejámenes de su padre y, con ello, aprendió del mirlo, a vivir en una vida que era un eterno transitar por un bosque oscuro, lúgubre y desolado.

Sin embargo, en ese contexto, el petirrojo se acercó a la música y con ello descubrió en el sonido y la palabra su salvación, además de su mayor don. Desde los catorce años comenzó a tocar la guitarra e incursionó en los escenarios de la música de carácter radical. Allí encontró a varios de sus mejores amigos y amigas con lo cual, vio por primera vez la luz que estaba afuera de su cueva. Durante su adolescencia el petirrojo conoció los libros de cuentos fantásticos, filosofía e historia; por ende, aprendió a vivir en los mundos metafísicos que estos proponían. La lectura fue para el petirrojo un elemento clave para su salvación de cara a entender por qué su padre era tan duro y cruel. La historia de violencia física y psicológica que había enfrentado fue, también, la de su padre, su abuelo, su bisabuela y así por eones. Esta violencia era una característica usual en su mundo, y la única forma de terminar con ella era abandonar su cueva y convertirse en un ave revolucionaria de alto vuelo.

Hoy en día el petirrojo es un hombre fuerte y dulce de treinta y tres años. Es músico, antropólogo e insurrecto, que lucha por la salvación suya a través de ayudar a los y las demás de un mundo caracterizado por el oprobio y la vacuidad. Ese pequeño petirrojo se llama José Xavier y se ha prometido nunca mas sentir miedo y, peor aún, seguir en el silencio. Con estas palabras el petirrojo perdona a su padre, el mirlo despiadado, y a su madre, la golondrina, por la vida de violencia a la que le confinaron; pero, y más importante aún, se perdona a si mismo por haberlos odiado.

Este petirrojo no callará jamás y sus palabras serán el fuego con el que se prendan las antorchas de la lucha; su sangre el rojo carmín con los que se pintan los falsos ídolos del dolor y el sufrimiento; su revolución, la liberación que implica entregar amor reparador a las y los demás para cambiar el mundo y dar paso a los mundos mejores.

¡Que viva el amor y apoyo mutuo! canta hoy el petirrojo.

 

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