Las entrañas de la bestia: la fábrica de dinero en el capitalismo desquiciado (III)

Entrañas de la bestia (III)
Jueves 28 de Abril de 2022

 El siguiente texto sirvió de base para las presentaciones del libro “Las entrañas de la bestia. La fábrica de dinero en el capitalismo desquiciado, en abril de 2022, por nuestro compañero Alfredo Apilánez. El texto se divide en cuatro partes, comenzando por la introducción y síntesis de las tesis centrales, seguido por una aproximación teórica, histórica y política a las tesis presentadas. En la tercera entrega, se presenta una crítica al escenario actual, mediado por una caracterización del momento histórico neoliberal; y la cuarta entrega aborda el fascismo financiero y plantea una propuesta política como solución a la dictadura del capital.

La superestructura política: el fascismo financiero y la bancarrota del reformismo

El principal daño colateral de la hegemonía creciente de la fábrica de dinero en las entrañas de la bestia es el absoluto vaciamiento de las posibilidades de siquiera atenuar su embate a través de las instituciones estatales y de las reformas de aspectos parciales del engranaje del funcionamiento del sistema: el sistema es irreformable. De ello se encargan los mamporreros.

Mamporreros ideológicos: ¿cuál es la ideología que sustenta el capitalismo neoliberal?

El monetarismo de Milton Friedman -”un conjuro de espíritus malvados”, según Nicholas Kaldor-, es el ariete político del capital financiero, y la lucha contra la inflación, la coartada pseudoteórica para aplicar manu militari las políticas impopulares necesarias para restablecer la tasa de ganancia tras la crisis de los 70. Este mecanismo representa un golpe contra las finanzas públicas, a la vez que legitima la austeridad a través de la banca central “independiente” -dejando a los estados a los pies de los caballos de los “mercados” financieros-. Los sucesivos ajustes fondomonetaristas para aplicar el torniquete de la deuda externa y la apertura de capitales -el Consenso de Washington- contra los infortunados pueblos del Sur global, y, last but not least, la destrucción de los sindicatos y de las organizaciones sociales antagonistas en aras de exacerbar la sobreexplotación laboral, imperiosamente necesaria para el abaratamiento de la fuerza de trabajo. La rabiosa cruzada inflacionaria emprendida por los apóstoles neoliberales era, en definitiva, únicamente la respuesta del capital para restablecer la tasa de beneficio, igual en la pospandemia que en la estanflación de los años 70.

En realidad, como dice Michel Husson: la inflación resulta de la voluntad de las empresas de enderezar su tasa de beneficio si ella es inferior al nivel que desean”. Eso es lo que ha ocurrido de nuevo precisamente tras el brutal impacto de la pandemia y la consiguiente paralización de la actividad y la parálisis económica provocadas por la completa dislocación de los flujos globales de mercancías. La disparada inflación actual es pues principalmente la respuesta del capital, tratando de repercutir al máximo sobre el sufrido consumidor el sobrecoste provocado por la crisis pandémica, tras el caos de los flujos globales causado por la tormenta perfecta de la guerra en Ucrania, el atasco pospandémico y la sempiterna destrucción ambiental con el agotamiento de recursos que conlleva.

La prueba definitiva del carácter de clase de la cruzada inflacionaria es que la inflación de activos -inmobiliarios y bursátiles-, que favorece a las élites rentistas y a la clase media patrimonial. Resulta totalmente inocua -al igual que la deuda privada, el gran negocio de la banca- para los implacables guardianes de la estabilidad de precios, mientras que la inflación de precios se atribuye a irresponsables alzas salariales, a inesperados shocks de oferta, o al desmesurado gasto público. De lo anterior se deduce que la inflación no es un expediente técnico, sino una consecuencia más del poder de clase ejercido por el gran capital. El miedo a la inflación ha sido, en definitiva, la trampa del modelo económico vigente y el sacrosanto mandamiento de las políticas de austeridad. El control de la inflación, por su parte, representa la trampa del modelo económico vigente y la excusa tecnocrática para destruir la soberanía nacional.

Mamporreros institucionales

La consecuencia política directa de esta ideología neoliberal-monetarista es el fascismo financiero. La arquitectura institucional del gran capital global -FMI, BM, OMC, grandes auditoras, tribunales privados de inversiones, tratados de libre comercio, etc.- es la reforzada infraestructura política del capital financiero para acabar de cercenar la soberanía nacional. El sociólogo De Sousa Santos acuñó el término fascismo financiero para referirse a esa amputación de la democracia a cargo del poder financiero global: “en vez de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, el fascismo social promueve una versión empobrecida de la democracia que vuelve innecesario, e incluso inconveniente, el sacrificio”.

Las calificadoras de riesgos son el paradigma del fascismo financiero y el ariete perfecto del imperialismo yanqui contra los enemigos del mundo libre: el mundo posterior a la Guerra Fría tiene dos superpotencias: los Estados Unidos y la agencia Moody’s si bien es verdad que los Estados Unidos pueden aniquilar a un enemigo utilizando su arsenal militar, Moody’s tiene el poder de estrangular financieramente a un país, atribuyéndole una mala calificación”.

Los ejemplos prácticos de la aplicación fulminante de este fascismo financiero abundan. Se trata de los denominados “golpes blandos”, que provocaron la completa bancarrota y el canto del cisne del reformismo socialdemócrata: la Francia de Mitterrand, durante el primer embate neoliberal de los 80; la España del “progresista” Zapatero, durante la quiebra completa de las arcas públicas que provocó la resaca de la crisis subprime y, por último, la humillante claudicación de la “Primavera griega” de Syriza, ante la artillería conjunta del BCE, la Comisión Europea y el omnipresente FMI en el año 2015.

Consecuencias del fascismo financiero: Farsa reformista y curanderismo económico

La farsa reformista oculta la irreformabilidad del sistema, como lo prueba fehacientemente el incumplimiento de las dos premisas clásicas de la herejía socialdemócrata de Eduard Bernstein: capitalismo redistributivo y parlamentarismo, para elevar el nivel de vida de la clase obrera y profundizar la democracia. Por tanto, el reformismo -retornar el “genio malo” neoliberal a la botella poniendo a dieta al capital- se ha convertido en una farsa que sólo genera falsas expectativas y desaliento ante el reiterado fracaso y ha perdido su legitimidad histórica, como prueban los ejemplos recientes mencionados.

La evidencia material se refleja en las recetas agónicas y mágicas de lxs curanderxs económicxs, como corolario de la farsa reformista. La esencia del curanderismo reside en la falacia de que el dinero puede usarse para cosas buenas -”lo único que necesitamos más dinero”- sin ir a la raíz de la acumulación, mediante trucos circulatorios e ilusión estatista -como si el poder político fuera neutral y se pudiera usar para mejorar las condiciones de vida de las mayorías-. Detrás está siempre el iluso discurso de que “el culpable es el neoliberalismo, la especulación desaforada y la conquista de las instituciones por parte de las élites”.

Podríamos diferenciar dos tipos de curanderxs. Lxs curanderxs fiscales: impuesto sobre el capital de Piketty o la ilusoria demanda de una renta básica incondicional de lxs iguales. Y lxs curanderxs monetarixs: excéntricxs del dinero soberano libre de deuda creado únicamente por el estado -quitándole esa facultad a la banca privada-. A este grupo pertenecen también los excéntricos libertarixs de las criptomonedas -deseosxs de cerrar el banco central y devotxs del patrón oro- y los pseudokeynesianos de la Teoría Monetaria Moderna, creyentes en la mágica receta de usar al banco central público para garantizar el pleno empleo y compensar los desequilibrios del mercado.